El Día Internacional de los Trabajadores o Primero de Mayo, es la fiesta por antonomasia del movimiento obrero mundial. Desde su establecimiento en la mayoría de países por acuerdo del
Congreso Obrero Socialista de la Segunda Internacional, celebrado en París en 1889, es una jornada de lucha reivindicativa y de homenaje a los Mártires de Chicago, ejecutados por la oligarquía como chivos
expiatorios para intentar detener la lucha de clases llevada a cabo por
los trabajadores norteamericanos, tras su participación en la Revuelta
de Haymarket.
El Primero de Mayo fue un dia consagrado a la lucha por la emancipación obrera, muy lejos de en lo que lo han convertido los sindicatos mayoritarios, amarillos, de la mayor parte del mundo, dedicados, al contrario, a mantener en calma a los trabajadores y alejados de la lucha de clases. Eso a pesar de que mas de 124 años después todavia se sigue trabajando 8 horas al dia con suerte, sino estan condenados a trabajar incontables horas por miedo al despido o por la imposibilidad de vivir con el salario recibido. Mas de un siglo después, la jornada laboral tiene pocos visos de reducirse y muchos, si los trabajadores no lo impiden, de aumentarse.
En 1885 volaba de mano en mano entre los trabajadores de EEUU una octavilla que contrasta con el rebaño en que hoy se ha convertido la mayor parte de la clase trabajadora. Decía:
"¡Un día de rebelión, no de descanso! (...) Un día en que con
tremenda fuerza la unidad del ejército de los trabajadores se moviliza
contra los que hoy dominan el destino de los pueblos de toda nación. Un
día de protesta contra la opresión y la tiranía, contra la ignorancia y
la guerra de todo tipo. Un día en que comenzar a disfrutar ocho horas de
trabajo, ocho horas de descanso, ocho horas para lo que nos dé la
gana". La víspera del Primero de Mayo, el periódico anarquista Arbeiter Zeitung, dirigido por August Spies, publicó los siguientes comentarios que muestran el tono de confrontación que imperaba: "¡Adelante
con valor! El Conflicto ha comenzado. Un ejército de trabajadores
asalariados está desocupado. El capitalismo esconde sus garras de tigre
detrás de las murallas del orden. Obreros, que vuestra consigna sea: ¡No
al compromiso! ¡Cobardes a la retaguardia! ¡Hombres al frente!"
El 1º de Mayo de 1886 la paralización de los centros de trabajo se
generalizó. La huelga paralizó cerca de 12.000 fábricas a través de los
EEUU. En Detroit, 11.000 trabajadores marcharon en un desfile de ocho
horas. En Nueva York, una marcha con antorchas de 25.000 obreros pasó
como torrente de Broadway a Union Square; 40.000 hicieron huelga. En
Cincinnati un batallón obrero con 400 rifles Springfield encabezó el
desfile. En Louisville, Kentucky, más de 6000 trabajadores, negros y
blancos, marcharon por el Parque Nacional violando deliberadamente el
edicto que prohibía la entrada de gente de color. En Chicago que era el
baluarte de la huelga, paró casi completamente la ciudad. 30.000 obreros
hicieron huelga, aunque empresas como en la fábrica de materiales de Mc
Cormick y alguna otra se dieron a la tarea de contratar esquiroles. El
día 2 se realizó un mitin de los obreros despedidos de Mc Cormick para
protestar por los 1.200 despidos y los brutales atropellos policiales.
Mientras Spies dirigía su discurso a un grupo de 6000 a 7000
trabajadores, unos cuantos centenares fueron a recriminar su actitud a
los esquiroles que en ese momento salían de la planta. Rápidamente llegó
la policía, cuya acción dejó seis muertos y gran cantidad de heridos.
La indignación ganó los corazones de los trabajadores movilizados. Spies
corrió a las oficinas del Arbeiter Zeitung y publicó allí un manifiesto que fué distribuido en todas las reuniones obreras: "(...) Si se fusila a los trabajadores responderemos de tal manera que nuestros amos lo recuerdarán por mucho tiempo (...)".
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| Disturbios durante la concentración frente a Mc Cormick |
El 3 de mayo, el crecimiento de la huelga era "alarmante". En el
movimiento participaban más de 340.000 trabajadores por todo el país,
190.000 de ellos en huelga. Solo en Chicago, 80.000 hacían huelga. En
este momento candente, el diario Arbeiter Zeitung hizo un llamamiento a la
lucha armada, como siempre lo había hecho, salvo que ahora tenía un
claro tono de urgencia:
"La sangre se ha vertido. Ocurrió lo que tenía que ocurrir. La
milicia no ha estado entrenándose en vano. A lo largo de la historia el
origen de la propiedad privada ha sido la violencia. La guerra de clases
ha llegado.... En la pobre choza, mujeres y niños cubiertos de retazos
lloran por marido y padre. En el palacio hacen brindis, con copas llenas
de vino costoso, por la felicidad de los bandidos sangrientos del orden
público. Séquense las lágrimas, pobres y condenados: anímense esclavos y
tumben el sistema de latrocinio."
En las salas de reunión de los proletarios rugían intensos debates;
"el tigre capitalista" efectivamente había atacado y miles debatían cómo
responder. Importantes facciones querían una insurrección. Se convocó
una reunión popular en la plaza Haymarket para la noche del 4 de mayo.
Preocupados por la posibilidad de una emboscada, los organizadores
escogieron un lugar abierto y grande con muchas rutas de escape. Después
de una reñida disputa retiran su llamamiento a un mitin armado y en su
lugar convocan un mitin con el mayor número de asistentes posible. El 4
de mayo, todo Chicago está en huelga.
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Grandes oradores harán presencia para denunciar las últimas atrocidades cometidas
por la policia, los disparos a nuestros compañeros de clase ayer por la tarde.
¡Trabajadores armaros y haced fuerte presencia!
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Por la mañana la policía atacó una columna de 3000 huelguistas. Por
toda la ciudad se formaron grupos de trabajadores. Al atardecer,
Haymarket era una de las muchas reuniones de protesta, con 3000
participantes. Los discursos siguieron, uno tras otro, desde la parte de
atrás de un vagón. Al comenzar a llover, la reunión se disolvió.
De repente, cuando solamente quedaban 200 asistentes, un destacamento
de 180 policías fuertemente armados se presentó y un oficial ordenó
dispersarse, a pesar de tratarse de un mitin legal y pacífico. Cuando el
capitán de policía se volvió para dar las órdenes a sus hombres, una
bomba estalló en sus filas. La policía transformó a Haymarket en una
zona de fuego indiscriminado, descargando salva tras salva contra la
multitud, matando a varios e hiriendo a 200. En el barrio reinaba el
terror; las farmacias estaban apiñadas de heridos. Siete agentes
murieron, la mayoría a causa de balas de armas de la policía.
La clase dominante usó este incidente como pretexto para desatar su
planeada ofensiva en las calles, en los tribunales y en la prensa.
Comenzó una caza de brujas en contra, principalmente, de los
anarquistas. Se clausuraron los periódicos, se allanaron las casas y
locales obreros y los mítines fueron prohibidos a lo largo y ancho de
todo el pais. Los medios de comunicación se abalanzaron contra todo lo
que tuviera signo de revolucionario o subversivo y a los mil vientos
lanzaban proclamas a la horca y al patíbulo.
El 5 de mayo en Milwaukee, la milicia del Estado respondió con una
masacre sangrienta en un mitin de trabajadores; acribillaron a ocho
trabajadores polacos y un alemán por violar la ley marcial. En Chicago,
se llenaron las cárceles de miles de revolucionarios y huelguistas.
Arrestaron a todo el equipo de imprenta del Arbeiter Zeitung y
la policía detuvo a 8 anarquistas: George Engel, Samuel Fielden, Adolf
Fischer, Louis Lingg, Michael Schwab, Albert Parsons, Oscar Neebe y
August Spies. Todos eran miembros de la IWPA (Asociación Internacional del Pueblo Trabajador), asociación de corte -de lo que años después se denominaría como- anarcosindicalista.
El juicio fue totalmente manipulado, en todos los sentidos, siendo
mas bien un linchamiento. Se les acusaba de complicidad de asesinato
aunque nunca se les pudo probar ninguna participación o relación con el
incidente de la bomba ya que la mayoría no estuvo presente y uno de los
dos que estuvieron presentes era el orador en el momento que la bomba
fue lanzada.
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| Imagen de Haymarket momentos antes de la explosión |
No se siguió el procedimiento normal para la elección del jurado, que
acabó siendo formado por hombres de negocios y un pariente de uno de
los policías muertos, y en su lugar se nombró un alguacil especial quien
se jactó: "estoy manejando este proceso y sé qué debo hacer. Estos tipos van a colgar de una horca con plena seguridad".
Tuvieron lugar una infinidad de manipulaciones, amenazas y sobornos
para que se dieran testimonios ridículos sobre conspiraciones. El asunto
era simple y estaba todo muy claro; el mismo fiscal Grinnel lo dijo: "La
ley está en juicio. La anarquía está en juicio. El gran jurado ha
escogido y acusado a estos hombres porque fueron los líderes. No son más
culpables que los miles que los siguieron. Señores del jurado, condenen
a estos hombres, denles un castigo ejemplar, ahórquenlos y salven
nuestras instituciones, nuestra sociedad". Todos fueron encontrados culpables y sentenciados a muerte, a excepción de Oscar Neebe, condenado a 15 años de prisión.
La cuestión de quién arrojó la bomba se ha debatido pero jamás se ha
resuelto. Parece que fue un tal Rudolf Schnaubelt y que la fabricó Louis
Lingg (quien ciertamente defendía a gritos el uso de la dinamita). Una
importante pregunta es quien era realmente Schnaubelt, pero no se ha
encontrado respuesta. Despues de un siglo sabemos muy bien como se las gasta la clase capitalista para justificar sus crímenes, siendo capaz de autohundir sus propios barcos o bombardear sus propios puertos, preparar atentados, o incluso derribar sus propios rascacielos.
A los condenados los llamaron a hablar antes de sentenciarlos. No
mostraron ni arrepentimiento ni remordimiento, era la sociedad la que
estaba en juicio, no ellos. El 20 de agosto de 1886, ante el Tribunal
en pleno, fue leído el veredicto del Jurado: condenados a muerte Spies, Schwab,
Lingg, Engel, Fielden, Parsons, Fischer y a 15 años de trabajos forzados, Oscar
W. Neebe.
Se les concedió el uso de la palabra a los
sentenciados. Sus discursos se conservan y algunos fragmentos de ellos se
reproducen aquí, en el orden en que fueron pronunciados. Hiela la sangre
leerlos. Se trata de hombres que sabían de antemano que serían condenados a la
pena capital y por un crimen que no habían cometido. Sus palabras, inspiradas y
proféticas, tienen un patetismo que los años pasados desde entonces no logran
borrar.
DISCURSO
DE AUGUST SPIES
(Director del “Arbeiter Zeitung”, 31 años.
Nacido en Alemania Central)
“Al dirigirme a este Tribunal lo hago
como representante de una clase social enfrente de los de otra clase enemiga, y
empezaré con las mismas palabras que un personaje veneciano pronunció hace
cinco siglos en ocasión semejante: "Mi defensa es vuestra acusación; mis
pretendidos crímenes son vuestra historia".
Se me acusa de complicidad en un
asesinato y se me condena, a pesar de que el ministerio público no ha
presentado prueba alguna de que yo conozca al que arrojó la bomba, ni siquiera
de que en tal asunto haya tenido yo la menor intervención. Sólo el testimonio
del procurador del Estado y el de Bonfield, y las contradictorias declaraciones
de Thompson y de Gillmer, testigos pagados por la Policía, pueden hacerme aparecer
como criminal.

Y si no existe un hecho que pruebe mi
participación o mi responsabilidad en el asunto de la bomba, el veredicto y su
ejecución no son más que un crimen maquiavélicamente concebido y fríamente
ejecutado, como tantos otros que registra la historia de las persecuciones
políticas y religiosas.
Se han cometido muchos crímenes
jurídicos aun obrando de buena fe los representantes del Estado, creyendo
realmente delincuentes a los sentenciados. En esta ocasión, ni esa excusa
existe. Por sí mismos, los representantes del Estado han fabricado la mayor
parte de los testimonios, y han elegido un Jurado viciado en su origen. Ante
este Tribunal, ante el público, yo acuso al procurador del Estado, y a
Bonfield, de conspiración infame para asesinarnos.
La tarde del mitin de Haymarket encontré
a un tal Legner. Este joven me acompañó, no dejándome hasta el momento en que
bajé de la tribuna, unos cuantos segundos antes de estallar la bomba. El sabe
que no vi a Schwab aquella tarde. Sabe también que no tuve la conversación que
me atribuye Thompson. Sabe que no bajé de la tribuna para encender la bomba.
¿Por qué los honorables representantes del Estado rechazan a este testigo que
nada tiene de socialista? Sencillamente porque probaría el perjurio de Thompson
y la falsedad de Gillmer. Y el nombre de Legner estaba en la lista de los
testigos presentados por el ministerio público. No fue, sin embargo, citado a
declarar, y la razón es obvia. Se le ofrecieron 500 dólares para que abandonara
la ciudad, y rechazó indignado el ofrecimiento. Cuando yo preguntaba por
Legner, nadie sabía de él ¡el honorable, el honorabilísimo fiscal Grinnell, me
contestaba que él mismo lo había buscado sin conseguir encontrarlo! Tres
semanas después supe que aquel joven había sido llevado detenido por dos
policías a Buffalo, Estado de Nueva York. ¡Juzgad quiénes son los asesinos!
Si yo hubiera arrojado la bomba o
hubiera sido el causante de que se la arrojara, o hubiera siquiera sabido algo
de ello, no vacilaría en afirmarlo aquí... Mas, decís, "habéis publicado
artículos sobre la fabricación de dinamita". Y bien, todos los periódicos
los han publicado, entre ellos los titulados "Tribune" y
"Times", de donde yo los trasladé, en algunas ocasiones, al
"Arbeiter Zeitung" ¿Por qué no traéis al estrado a los editores de
aquellos periódicos?
Me acusáis también de no ser ciudadano
de este país. Resido aquí hace tanto tiempo como Grinnell, y soy tan buen
ciudadano como él cuando menos, aunque no quisiera ser comparado con tal
personaje. Grinnell ha apelado innecesariamente al patriotismo del Jurado y yo
voy a contestarle con las palabras de un literato inglés: ¡El patriotismo es el
último refugio de los infames!
¿Qué hemos dicho en nuestros discursos y
en nuestros escritos?
Hemos explicado al pueblo sus
condiciones y las relaciones sociales; le hemos hecho ver los fenómenos
sociales y las circunstancias y leyes bajo las cuales se desenvuelven; por
medio de la investigación científica hemos probado hasta la saciedad que el
sistema del salario es la causa de todas las iniquidades, iniquidades tan
monstruosas que claman al cielo. Nosotros hemos dicho, además, que el sistema
del salario, como forma específica del desenvolvimiento social, habría de dejar
paso, por necesidad lógica, a formas más elevadas de civilización; que dicho
sistema preparaba el camino y favorecía la fundación de un sistema cooperativo
universal, que tal es el socialismo. Que tal o cual teoría, tal o cual diseño
de mejoramiento futuro, no eran materia de elección, sino de necesidad histórica,
y que para nosotros la tendencia del progreso era la de una sociedad de
soberanos en la que la libertad y la igualdad económica de todos produciría un
equilibrio estable como base y condición del orden natural.
Grinnell ha dicho repetidas veces que es
el anarquismo lo que se trata de sojuzgar. Pues bien, la teoría anarquista
pertenece a la filosofía especulativa. Nada se habló de la anarquía en el mitin
de Haymarket. En ese mitin sólo se trató de la reducción de horas de trabajo.
Pero insistid: "Es el anarquismo al que se juzga".
Si así es, por
vuestro honor que me agrada: yo me sentencio, porque soy anarquista. Yo creo
como Burke, como Paine, como Jefferson, como Emerson y Spencer y muchos otros
grandes pensadores del siglo, que el estado de castas y de clases, el estado
donde una clase vive a expensas del trabajo de otra clase -a lo cual llamáis
orden- yo creo, digo, que esta bárbara forma de organización social, con sus
robos y asesinatos legales, está próxima a desaparecer y dejará pronto paso a
una sociedad libre, a la asociación voluntaria o a la hermandad universal, si
lo preferís. ¡Podéis, pues, sentenciarme, honorable Jurado, pero que al menos
se sepa que aquí, en Illinois, ocho hombres fueron condenados por creer en un
bienestar futuro, por no perder la fe en el triunfo final de la Libertad y de
la Justicia!
Grinnell ha repetido varias veces que
éste es un país adelantado. ¡El veredicto corrobora tal aserto!
Este veredicto lanzado contra nosotros
es el anatema de las clases ricas sobre sus expoliadas víctimas, el inmenso
ejército de los asalariados. Pero si creéis que ahorcándonos podéis contener el
movimiento obrero, ese movimiento constante en que se agitan millones de
hombres que viven en la miseria, los esclavos del salario; si esperáis salvaros
y lo creéis, ¡ahorcadnos!... Aquí os halláis sobre un volcán, y allá y acullá,
y debajo, y al lado, y en todas partes surge la Revolución. Es un fuego
subterráneo que todo lo mina.
Vosotros no podéis entender esto. No
creéis en las artes diabólicas, como nuestros antecesores, pero creéis en las
conspiraciones. Os asemejáis al niño que busca su imagen detrás del espejo. Lo
que veis en nuestro movimiento, lo que os asusta, es el reflejo de vuestra
maligna conciencia. ¿Queréis destruir a los agitadores? Pues aniquilad a los
patrones que amasan sus fortunas con el trabajo de los obreros, acabad con los
terratenientes que amontonan sus tesoros con las rentas que arrancan a los
miserables y escuálidos labradores... Suprimíos vosotros mismos, porque
excitáis el espíritu revolucionario.
Ya he expuesto mis ideas. Ellas
constituyen una parte de mí mismo. No puedo prescindir de ellas, y aunque
quisiera no podría. Y si pensáis que habréis de aniquilar esas ideas, que ganan
más y más terreno cada día, mandándonos a la horca; si una vez más aplicáis la
pena de muerte por atreverse a decir la verdad -y os desafiamos a que
demostréis que hemos mentido alguna vez-, yo os digo que si la muerte es la
pena que imponéis por proclamar la verdad, entonces estoy dispuesto a pagar tan
costoso precio. ¡Ahorcadnos! La verdad crucificada en Sócrates, en Cristo, en
Giordano Bruno, en Juan Huss, en Galileo, vive todavía; éstos y otros muchos
nos han precedido en el pasado. ¡Nosotros estamos prontos a seguirles!”.
El discurso de Spies, interrumpido sin
cesar por el juez, duró más de 2 horas. Hablaba como un iluminado, y las
interrupciones parecían hacerlo más enérgico y elocuente.
DISCURSO
DE MICHAEL SCHWAB
(Nacido en Baviera, Alemania. Tipógrafo.
Tenía 33 años en el momento del juicio)
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| Sala del juicio durante la declaración de Parsons |
“Hablaré poco, y seguramente no
despegaría mis labios si mi silencio no pudiera interpretarse como un cobarde
asentimiento a la comedia que acaba de desarrollarse.
Habláis de una gigantesca conspiración.
Un movimiento social no es una conspiración, y nosotros todo lo hemos hecho a
la luz del día. No hay secreto alguno en nuestra propaganda. Anunciamos de
palabra y por escrito una próxima revolución, un cambio en el sistema de
producción de todos los países industriales del mundo, y ese cambio viene, ese
cambio no puede menos que llegar...
Si nosotros calláramos, hablarían hasta
las piedras. Todos los días se cometen asesinatos; los niños son sacrificados
inhumanamente, las mujeres perecen a fuerza de trabajar y los hombres mueren
lentamente, consumidos por sus rudas faenas, y no he visto jamás que las leyes
castiguen estos crímenes...
Como obrero que soy, he vivido entre los
míos; he dormido en sus tugurios y en sus cuevas; he visto prostituirse la
virtud a fuerza de privaciones y de miseria, y morir de hambre a hombres
robustos por falta de trabajo. Pero esto lo había conocido en Europa y abrigaba
la ilusión de que en la llamada tierra de la libertad, aquí en América, no
presenciaría estos tristes cuadros. Sin embargo, he tenido ocasión de
convencerme de lo contrario. En los grandes centros industriales de los Estados
Unidos hay más miseria que en las naciones del viejo mundo. Miles de obreros
viven en Chicago en habitaciones inmundas, sin ventilación ni espacio
suficientes; dos y tres familias viven amontonadas en un solo cuarto y comen
piltrafas de carne y algunos restos de verdura. Las enfermedades se ceban en
los hombres, en las mujeres y en los niños, sobre todo en los infelices e
inocentes niños. ¿Y no es esto horrible en una ciudad que se reputa civilizada?
De ahí, pues, que haya aquí más
socialistas nacionales que extranjeros, aunque la prensa capitalista afirme lo
contrario con objeto de acusar a los últimos de traer la perturbación y el
desorden desde fuera.
El socialismo, tal como nosotros lo entendemos,
significa que la tierra y las máquinas deben ser propiedad común del pueblo. La
producción debe ser regulada y organizada por asociaciones de productores que
suplan a las demandas del consumo. Bajo tal sistema todos los seres humanos
habrán de disponer de medios suficientes para realizar un trabajo útil, y es
indudable que nadie dejará de trabajar.
Tal es lo que el socialismo se propone.
Hay quien dice que esto no es americano. Entonces, ¿será americano dejar al
pueblo en la ignorancia, será americano explotar y robar al pobre, será
americano fomentar la miseria y el crimen? ¿Qué han hecho los partidos
políticos tradicionales por el pueblo? Prometer mucho y no hacer nada, excepto
corromperlo comprando votos en los días de elecciones. Es natural después de
todo, que en un país donde la mujer tiene que vender su honor para vivir, el
hombre se vea obligado a vender su conciencia...
"El anarquismo está muerto",
ha dicho el fiscal. El anarquismo hasta hoy sólo existe como doctrina, y Mr.
Grinnell no tiene poder para matar ninguna doctrina. El anarquismo es hoy una
aspiración, pero una aspiración que se realizará algún día... La anarquía es un
orden sin gobierno. Es un error emplear la palabra anarquía como sinónimo de
violencia, pues son cosas opuestas. En el presente estado social, la violencia
se emplea a cada momento, y por eso nosotros propagamos la violencia también,
pero solamente contra la violencia, como un medio necesario de defensa”.
DISCURSO
DE OSCAR NEEBE
(Nacido en Filadelfia, de padres alemanes,
no era obrero, sino vendedor de levaduras en una empresa propiedad de su
familia. Desde su adolescencia trabajó a favor de los desheredados y organizó
varios importantes sindicatos por oficio. Fue condenado a 15 años de prisión)
“Durante los últimos días he podido
aprender lo que es la ley, pues antes no lo sabía. Yo ignoraba que pudiera
estar convicto de un crimen por conocer a Spies, Fielden y Parsons...
Con anterioridad al 4 de mayo yo había
cometido ya otros delitos. Mi trabajo como vendedor de levaduras me había
puesto en contacto con los panaderos. Vi que los panaderos de esta ciudad eran
tratados como perros... Y entonces me dije: "A estos hombres hay que
organizarlos; en la organización está la fuerza". Y ayudé a organizarlos.
Fue un gran delito. Aquellos hombres ahora, en vez de estar trabajando catorce
y dieciséis horas, trabajan diez horas al día... Y aún más: cometí un delito
peor... Una mañana, cuando iba de un lado a otro con mis trastos, vi que los
obreros de las fábricas de cerveza de la ciudad de Chicago entraban a trabajar
a las cuatro de la mañana. Llegaban a su casa a las siete u ocho de la noche.
No veían nunca a su familia; no veían nunca a sus hijos a la luz del día...
Puse manos a la obra y los organicé.
En la mañana del 5 de mayo supe que
habían sido detenidos Spies y Schwab, y entonces fue también cuando tuve la
primera noticia de la celebración del mitin de Haymarket durante la tarde
anterior. Después que terminé mis faenas fui a las oficinas del "Arbeiter
Zeitung", en donde me encontraba cuando fue allanado el periódico...
Veinticinco policías allanaron mi casa
el mismo día y encontraron un revólver y una bandera roja, de un pie cuadrado,
con la que jugaba frecuentemente mi hijo.
Yo no creo que sólo los anarquistas y
socialistas tengan armas en su casa... Habéis probado que organicé asociaciones
obreras, que he trabajado por la reducción de horas, que he hecho cuanto he
podido por volver a publicar el "Arbeiter Zeitung": he ahí mis
delitos. Pues bien: me apena la idea de que no me ahorquéis, honorables jueces,
porque es preferible la muerte rápida a la muerte lenta en que vivimos. Tengo
familia, tengo hijos, y si saben que su padre ha muerto lo llorarán y recogerán
su cuerpo para enterrarlo. Ellos podrán visitar su tumba, pero no podrán, en
caso contrario, entrar en el presidio para besar a un condenado por un delito
que no ha cometido. Esto es lo que tengo que decir. Yo os suplico: ¡Dejadme
participar de la suerte de mis compañeros! ¡Ahorcadme con ellos!”.
DISCURSO
DE ADOLF FISCHER
(Nacido en Bremen, Alemania. Periodista.
Tenía 30 años)
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Tras el estallido la policia cargó contra los manifestantes
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“No hablaré mucho; solamente tengo que
protestar contra la pena de muerte que me imponéis, porque no he cometido
crimen ninguno. He sido tratado aquí como asesino y sólo se me ha probado que
soy anarquista. Pero si yo he de ser ahorcado por profesar mis ideas, por mi
amor a la libertad, a la igualdad y a la fraternidad, entonces no tengo nada
que objetar. Si la muerte es la pena correlativa a nuestra ardiente pasión por
la redención de la especie humana, entonces yo lo digo muy alto: disponed de mi
vida.
Aunque soy uno de los que prepararon el
mitin de Haymarket, nada tengo que ver con el asunto de la bomba. Yo no niego
que he concurrido a tal mitin, pero tal mitin... (Se le acerca, entonces, el defensor, Mr. Solomon,
aconsejándole que no continúe en tal tono, que no es conveniente, etcétera.) ... Sois muy bondadoso, Mr. Solomon. Sé muy bien lo
que estoy diciendo: Ahora bien, el mitin de Haymarket no fue convocado para cometer
ningún crimen; fue, por el contrario, convocado para protestar contra los
atropellos y asesinatos de la Policía en la fábrica McCormik.
Pocas horas antes del mitin en Haymarket
habíamos tenido una reunión para tomar la iniciativa y convocar a esa manifestación
popular. Se me comisionó para que me hiciera cargo de buscar oradores y
redactar los volantes. Cumplí este encargo invitando a Spies a que hablara en
el mitin y mandando a imprimir veinticinco mil volantes. En el original
aparecían las palabras "¡Trabajadores, acudid armados!": Yo tenía mis
motivos para escribirlas, porque no quería que, como en otras ocasiones, los
trabajadores fueran ametrallados impunemente, indefensos. Cuando Spies vio
dicho original, se negó a tomar parte en el mitin si no se suprimían aquellas
palabras. Yo accedí a sus deseos, y Spies habló en Haymarket. Esto es todo lo
que tengo que ver en el asunto del mitin...
Yo no he cometido en mi vida ningún
crimen. Pero aquí hay un individuo que está en camino de llegar a ser un criminal
y un asesino, y ese individuo es Mr. Grinnell, que ha comprado testigos falsos
a fin de poder sentenciarnos a muerte. Yo le denuncio aquí públicamente. Si
creéis que con este bárbaro veredicto aniquiláis nuestras ideas, estáis en un
error, porque éstas son inmortales. Este veredicto es un golpe de muerte dado a
la libertad de imprenta, a la libertad de pensamiento, a la libertad de
palabra, en este país. El pueblo tomará nota de ello. Es cuanto tengo que
decir”.
DISCURSO
DE LOUIS LINGG
(Era el único acusado efectivamente
dispuesto a utilizar métodos terroristas, experto, además, en fabricar bombas.
Carpintero. Tenía 22 años. Había nacido en Alemania)
“Me acusáis de despreciar la ley y el
orden. ¿Y qué significan la ley y el orden? Sus representantes son los
policías, y entre éstos hay muchos ladrones. Aquí se sienta el capitán Schaack.
El me ha confesado que mi sombrero y mis libros habían desaparecido de su
oficina, sustraídos por los policías. ¡He ahí vuestros defensores del derecho
de propiedad!
Yo repito que soy enemigo del orden
actual y repito también que lo combatiré con todas mis fuerzas mientras
respire. Declaro otra vez franca y abiertamente que soy partidario de los
medios de fuerza. He dicho al capitán Schaack, y lo sostengo, que si vosotros
empleáis contra nosotros vuestros fusiles y cañones, nosotros emplearemos
contra vosotros la dinamita. Os reís probablemente porque estáis pensando:
"Ya no arrojará más bombas". Pues permitidme que os asegure que muero
feliz, porque estoy seguro que los centenares de obreros a quienes he hablado
recordarán mis palabras, y cuando hayamos sido ahorcados, ellos harán estallar
la bomba. En esta esperanza os digo: ¡Os desprecio; desprecio vuestro orden,
vuestras leyes, vuestra fuerza, vuestra autoridad! ¡Ahorcadme!”.
DISCURSO
DE GEORGE ENGEL
(Alemán de nacimiento, había emigrado a
los EEUU en 1873, estableciéndose primero en Nueva York y Filadelfia. Tipógrafo
y periodista. Tenía 50 años al ser condenado a la horca en Chicago)
“Es la primera vez que comparezco ante
un Tribunal americano, y en él se me acusa de asesinato. ¿Y por qué razón estoy
aquí? ¿Por qué razón se me acusa de asesino? Por la misma que tuve que
abandonar Alemania, por la pobreza, por la miseria de la clase trabajadora.
Aquí también, en esta "libre
república", en el país más rico del mundo, hay muchos obreros que no
tienen lugar en el banquete de la vida y que como parias sociales arrastran una
vida miserable. Aquí he visto a seres humanos buscando algo con que alimentarse
en los montones de basura de las calles.
Cuando en 1878 vine a esta ciudad, creí
hallar más fácilmente medios

de vida aquí que en Filadelfia, donde me había
sido imposible vivir por más tiempo. Pero mi desilusión fue completa. Empecé a
comprender que para el obrero no hay diferencia entre Nueva York, Filadelfia o
Chicago, así como no la hay entre Alemania y esta república tan ponderada. Un
compañero de taller me hizo comprender científicamente la causa de que en este
rico país no pueda vivir decentemente el proletariado. Compré libros para
ilustrarme más, y yo, que había sido político de buena fe, abominé de la
política y de las elecciones y también comprendí que todos los partidos estaban
degradados... Entonces entré en la Asociación Internacional de Trabajadores.
Los miembros de esta asociación están convencidos de que sólo por la fuerza
podrán emanciparse los trabajadores, de acuerdo con lo que la Historia enseña.
En ella podemos aprender que la fuerza libertó a los primeros colonizadores de
este país, que sólo por la fuerza fue abolida la esclavitud, y así como fue
ahorcado el primero que en este país agitó la opinión contra la esclavitud,
vamos a ser ahorcados nosotros.
¿En qué consiste mi crimen?
En que he trabajado por el
establecimiento de un sistema social en que sea imposible el hecho de que
mientras unos amontonan millones utilizando las máquinas, otros caen en la
degradación y en la miseria. Así como el agua y el aire son libres para todos,
así la tierra y las invenciones de los hombres de ciencia deben ser utilizadas
en beneficio de todos. Vuestras leyes están en oposición con las de la
Naturaleza, y mediante ellas robáis a las masas el derecho a la vida, a la
libertad y al bienestar...
En la noche en que fue arrojada la
primera bomba en este país, yo me hallaba en mi casa. Yo no sabía ni una
palabra de la conspiración que pretende haber descubierto el ministerio
público.
Es cierto que tengo relaciones con mis
compañeros de proceso, pero a algunos sólo los conozco por haberlos visto en
reuniones de trabajadores. No niego tampoco que haya yo hablado en varios
mítines, afirmando que si cada trabajador llevase una bomba en el bolsillo,
pronto sería derribado el sistema capitalista imperante. Esa es mi opinión y mi
deseo.
Yo no combato individualmente a los
capitalistas; combato el sistema que da el privilegio. Mi más ardiente deseo es
que los trabajadores sepan quiénes son sus enemigos y quiénes son sus amigos.
Todo lo demás yo lo desprecio; desprecio el poder de un Gobierno inicuo, sus
policías y sus espías. Nada más tengo que decir”.
DISCURSO
DE SAMUEL FIELDEN
(Pastor metodista y obrero textil. Tenía
39 años. Había nacido en Inglaterra)
“Habiendo observado que hay algo injusto
en nuestro sistema social, asistí a varias reuniones gremiales y comparé lo que
decían los obreros con mis propias observaciones. Mas no conocía el remedio
para los males sociales. Pero discutiendo y analizando las cosas en boga
actualmente, hubo quien me dijo que el socialismo significaba la igualdad de
condiciones, y ésta fue la enseñanza. Comprendí en seguida aquella verdad, y
desde entonces fui socialista. Aprendí cada vez más y más; reconocí la medicina
para combatir los males sociales, y como me juzgaba con derecho para
propagarla, la propagué. La Constitución de los Estados Unidos, cuando dice
"el derecho a la libre emisión del pensamiento no puede ser negado"
da a cada ciudadano, reconoce a cada individuo, el derecho a expresar sus
pensamientos. Yo he invocado los principios del socialismo y de la economía
social y por ésta, y sólo por ésta razón me hallo aquí y soy condenado a
muerte...
Se me acusa de excitar las pasiones, se
me acusa de incendiario porque he afirmado que la sociedad actual degrada al
hombre hasta reducirlo a la categoría de animal ¡Andad! Id a las casas de los
pobres, y los veréis amontonados en el menor espacio posible, respirando una
atmósfera infernal de enfermedad y muerte...
La cuestión social es una cuestión tanto
europea como americana. En los grandes centros industriales de los Estados
Unidos el obrero arrastra una vida miserable, la mujer pobre se prostituye para
vivir, los niños perecen prematuramente aniquilados por las penosas tareas a
las que tienen que dedicarse, y una gran parte de los vuestros se empobrece
también diariamente. ¿En dónde está la diferencia de país a país?
Habéis traído aquí a los corresponsales
de la prensa burguesa para probar mi lenguaje revolucionario, y yo os he
demostrado que a todas nuestras reuniones han podido acudir nuestros
adversarios... y, en resumen, os digo que esos periodistas son hombres que no
dependen de sí mismos, que no son libres, que obran a instigación ajena, y lo
mismo pueden acusarnos de un crimen que proclamarnos el más virtuoso de todos
los hombres. Un ciudadano de Washington que aquí vino a combatirnos en 1880 nos
ha escrito repetidas veces ofreciéndonos declarar que nuestras reuniones no
tenían por objeto excitar al pueblo a la rapiña, como decís vosotros, sino
simplemente a la discusión de las cuestiones económicas. Veinte testigos más
estaban dispuestos a confirmar lo mismo. Esto era en el supuesto de que se nos
acusase en aquel sentido. Pero vimos aquí que de lo que se nos acusaba
realmente era de "anarquistas", y por eso no vinieron aquellos
testigos, porque no eran necesarios...
Si me juzgáis convicto de haber propagado
el socialismo, y yo no lo niego, entonces ahorcadme por decir la verdad...
Si queréis mi vida por invocar los
principios del socialismo, como yo entiendo que los he invocado en favor de la
Humanidad, os la doy contento y creo que el precio es insignificante ante los
resultados grandiosos de nuestro sacrificio...
Yo amo a mis hermanos, los trabajadores,
como a mí mismo. Yo odio la tiranía, la maldad y la injusticia. El siglo XIX
comete el crimen de ahorcar a sus mejores amigos. No tardará en sonar la hora
del arrepentimiento. Hoy el sol brilla para la Humanidad, pero puesto que para
nosotros no puede iluminar más dichosos días, me considero feliz al morir,
sobre todo si mi muerte puede adelantar un solo minuto la llegada del venturoso
día en que aquél alumbre mejor para los trabajadores. Yo creo que llegará un
tiempo en que sobre las ruinas de la corrupción se levantará la esplendorosa
mañana del mundo emancipado, libre de todas las maldades, de todos los
monstruosos anacronismos de nuestra época y de nuestras caducas instituciones”.
DISCURSO
DE ALBERT PARSONS
(De 38 años, ex candidato a la Presidencia
de los EEUU, había nacido en el Sur, en Alabama, y peleado en la guerra de
secesión. Luego abandonó fortuna y familia -que, de paso, lo había repudiado por
casarse con una mexicana de origen indígena- para dedicarse a la propagación de
ideas socialistas)
“Me preguntáis qué fundamentos hay para
concederme una nueva prueba de mi inocencia. Yo os contesto y os digo que
vuestro veredicto es el veredicto de la pasión, engendrado por la pasión y
realizado, en fin, por la pasión de la ciudad de Chicago. Por este motivo, yo
reclamo la suspensión de la sentencia y una nueva prueba inmediata. ¿Y qué es
la pasión? Es la suspensión de la razón, de los elementos de discernimiento, de
reflexión y de justicia necesarios para llegar al conocimiento de la verdad. No
podéis negar que vuestra sentencia es el resultado del odio de la prensa
burguesa, de los monopolizadores del capital, de los explotadores del
trabajo...
Hay en los Estados Unidos, según el
censo de 1880, dieciséis millones doscientos mil jornaleros. Estos son los que
por su industria crean toda la riqueza de este país. El jornalero es aquél que
vive de un salario y no tiene otros medios de subsistencia que la venta de su
trabajo hora tras hora, día tras día, año tras año. Su trabajo es toda su
propiedad; no posee más que su fuerza y sus manos. De aquellos dieciséis
millones de jornaleros, sólo nueve millones son hombres; los demás, mujeres y
niños...
Ahora bien, señores; yo, como
trabajador, he expuesto los que creía justos clamores de la clase obrera, he
defendido su derecho a la libertad y a disponer del trabajo y de los frutos de
su trabajo...
Este proceso se ha iniciado y se ha
seguido contra nosotros, inspirado por los capitalistas, por los que creen que
el pueblo no tiene más qué un derecho y un deber, el de la obediencia.
¿Creéis, señores, que cuando nuestros
cadáveres hayan sido arrojados a la fosa se habrá acabado todo? ¿Creéis que la
guerra social se acabará estrangulándonos bárbaramente? ¡Ah, no! Sobre vuestro
veredicto quedará el del pueblo americano y el del mundo entero, para
demostraros vuestra injusticia y las injusticias sociales que nos llevan al
cadalso...
Yo estaba libre y lejos de Chicago
cuando vi que se había fijado la fecha de la vista de este proceso.
Juzgándome
inocente y sintiéndome asimismo que mi deber era estar al lado de mis
compañeros y afrontar con ellos, si era preciso, la sentencia; que mi deber era
también defender desde aquí los derechos de los trabajadores y la causa de la
libertad y combatir la opresión, regresé sin vacilar a esta ciudad. Me dirigí a
la casa de mi amiga miss
Ames, en la calle Morgan. Hice venir a mi
esposa y conversé con ella algún tiempo. Mandé aviso al capitán Black,
señalándole que estaba aquí pronto a presentarme y constituirme preso. Me
contestó que estaba dispuesto a recibirme. Vine y le encontré a la puerta de
este edificio, subimos juntos y comparecí ante este Tribunal. Sólo tengo que
añadir: aún en este momento no tengo de qué arrepentirme”