13 de enero de 2019

El asesinato de Rosa Luxemburgo y Carlos Liebknecht, contado por la bolchevique Elisabeta Yakovlevna Drabkina

Elisaveta Yakovlevna Drabkina, hija de la bolchevique Feodosia Drabkin ("Natasha") y de Iakov Drabkin, quien, con el seudónimo "Sergei Gusev", luego sería Presidente del Comité Militar Revolucionario del Soviet de Petrogrado, tuvo una vida íntimamente ligada al Partido Bolchevique y a la Revolución Rusa.
Imagini pentru rosa luxemburgo y karl liebknecht
En su infancia, Drabkina acompañaba a su madre en viajes a Helsinki para comprar armas para los bolcheviques. Cuando tenía cinco años la represión que siguió a la Revolución de 1905 obligó a su padres a pasar a la clandestinidad. Ella no volveria a verlos hasta la Revolución de Octubre, 1917. 

En su adolescencia se incorporó al Partido Bolchevique, fue voluntaria de los Guardias Rojos y participó en la toma del Palacio de Invierno. A los 17 años de edad pasó a servir de secretaria a Yakov Sverdlov en el Instituto de Smolny. En los años siguientes se casó con el también bolchevique, Aleksandr Solomonovich Iosilevich, de quién luego se divorciaría.

Sus obras, algunas publicadas póstumamente, enfocan en los eventos y las figuras que definieron su vida, principalmente su experiencia revolucionaria, los revolucionarios con los que compartió militancia y la Revolución de Octubre hasta aquel 26 de octubre, 7 de noviembre de 1917, en el que Lenin, en Smolny, diría aquello de "Camaradas: la revolución obrera y campesina, cuya necesidad han proclamado siempre los bolcheviques, ha triunfado...".

Imagini pentru spartakus rosa luxemburgoEn su obra Pan duro y negro, Elizaveta Drabkina, que representa el papel activo y protagonista de la mujer rusa en la lucha revolucionaria que dio lugar al primer estado obrero de la historia, la Rusia Soviética y, luego, la URSS, describe su vida previa a la Revolución, la militancia clandestina de sus padres y, en definitiva, la suya propia, sus experiencias junto a Lenin, o Nadejda Krupskaia, y su participación en primera persona en los acontecimientos principales del triunfo de la clase trabajadora y campesina rusa en la noche del 6-7 de noviembre de 1917 (25-26 del calendario juliano oriental), además de la posterior guerra civil contra el terror blanco y los estados imperialistas que lo apoyaron que terminaría, como continuación del espíritu revolucionario de Octubre, en la victoria del proletariado soviético y el triunfo total de la Revolución.

También conocería a Rosa Luxemburgo y a Carlos Liebknecht, estando en Berlín aquel funesto día, 15 de enero de 1919, en el que la burguesía acabara con la vida de ambos intentando destruir al movimiento obrero y revolucionario alemán.

Compartimos a continuación los capítulos en los que Feodosia Drabkin describe su estancia en Alemania y su contacto con los máximos representantes del movimiento espartaquista, además de narrar el cobarde asesinato  durante su traslado a prisión, por sicarios del gobierno del socialdemócrata Friedrich Ebert, de Rosa Luxemburgo y Carlos Liebknecht.

Así termina Drabkin su relato:

"Detrás de los dentados tejados de Kitaigorod apuntaba el disco anaranjado de la luna. Entre las columnas de la Casa de los Sindicatos pendían, enmarcados en rojo y con crespones de luto, los retratos de Carlos Liebknecht y Rosa Luxemburgo, al pie de los cuales estaba escrito con grandes letras: El mejor desquite por la muerte de Liebknecht y Luxemburgo es la victoria del comunismo!""

Entrevistas en Berlín

Desde la estación nos encaminamos a casa de una hermana de Kurt llamada Erna. Kurt sabía que la única hija de ésta había muerto y el marido había caído en Verdún.
En las calles se agolpaba un gran gentío. Constantemente se oía un ruido extraño. Eran las suelas de madera que golpeaban las losas de las aceras. Un inválido ciego al que faltaban las dos piernas, sentado en un carrito, arrancaba a un acordeón las notas de una melancólica canción. En las paredes de las casas había pegados carteles en colores negro, blanco, rojo y verde. En letras gruesas repetían infinitamente: "¡"Spartak" nos conduce a la tumba; el orden nos dará el pan!", "¡Orden o bolchevismo!", "¡Orden o hambre!", "¡Orden o muerte!" "Abajo "Spartak"!", "¡Abajo los bolcheviques!"
La hermana de Kurt vivía en una casa grande de ladrillo, habitada por gente pobre de la ciudad. En el patio jugaban sin alegría niños macilentos y mal vestidos. Por una escalera estrecha y empinada, con barandilla de hierro, subimos al sexto piso. Nos abrió la puerta una mujer de rostro demacrado con las manos llenas de espuma de jabón. Hacía sólo tres años que no se veían los hermanos. Sin embargo, de momento, no se reconocieron.
Según habíamos convenido, Kurt previno a la hermana que debía presentarme a los vecinos como su esposa. Erna me sacó un vestido y ropa interior de su difunta hija y puso agua a calentar. Mientras Kurt y yo nos lavábamos uno después de otro, la hermana salió de compras.
Sobre la mesa apareció una pomposa tarta de bizcocho con fruta confitada, salchichón y el té servido en las tazas. Pero la tarta era de patata helada; la fruta confitada, de una viscosa pasta de almidón con sacarina; el chorizo, de guisantes y el té, una infusión de hojas de haya. Para comprar todo aquello, Erna había vendido su único anillo de oro.
Estábamos tan cansados que dormimos casi 24 horas como lirones. Al día siguiente, Kurt marchó a buscar a sus camaradas y yo me quedé en casa. Llamaban constantemente a la puerta: eran vecinas que venían a ver a la "pequeña mujer rusa". Conseguimos entendernos de alguna manera; ellas me preguntaban y yo les preguntaba a ellas. Cualquiera que fuera el tema de la conversación, ineludiblemente iba a parar a lo que más torturaba su imaginación: el hambre.
En Rusia conocíamos bien lo que era el hambre. Meses enteros vivimos con medio cuarterón de pan y hubo días que ni siquiera eso recibíamos.
Y de todos modos el hambre que nosotros sufríamos era distinta de la que me contaban las mujeres de los obreros alemanes. Nosotros pasábamos hambre a causa de la guerra; ellos, en aras de la guerra. Nuestro hambre era una desgracia de la que siempre teníamos la esperanza de librarnos tan pronto tomáramos el Poder, tan pronto derrotáramos a los blancos y a los intervencionistas y pusiéramos en marcha la producción. El hambre de ellos era el hambre de los condenados.
Era un hambre calculada, reglamentada por la máquina implacable de la guerra. Se había previsto con muchos años de antelación cada espiga que debía crecer, cada recién nacido que debía morir de hambre apenas venido al mundo, cada adolescente que debía llegar a mozo para después hacer de él carne de cañón.
Ahora la máquina militar alemana se había derrumbado, pero el hambre continuaba. La socialdemocracia encaramada en el poder rechazó el pan de los obreros rusos prosternándose ante el Presidente de EE.UU. Hacía ya mes y medio que estaba tirada a sus pies, y Wilson hacía con Alemania el frío juego del ratón y el gato. Hasta entonces, no había dado ni un gramo de víveres. En lugar de pan asaeteaba con incontables mensajes, en los que con repugnante gazmoñería e hipocresía se extendía en consideraciones acerca del humanismo y la civilización, exigiendo al mismo tiempo que Alemania acabara con "Spartak", estrangulara a los comunistas alemanes. Entonces Norteamérica daría pan. El pan lo serviría solamente sobre la tumba de la revolución.
Ebert y Scheidemann no deseaban otra cosa. Señalaban a la clase obrera alemana la muerte por hambre que se cernía sobre sus cabezas y decían: "¡Mira! ¡Esa es tu alternativa: el hambre o la revolución! ¡Si no quieres morir de hambre, acaba con la revolución!"
Al segundo o tercer día de llegar asistimos a una reunión sindical de los electricistas del distrito. La reunión se celebraba en una cervecería, repleta de gente. Los obreros estaban sentados alrededor de las mesitas, bebían cerveza adulterada, echaban bocanadas de humo de algo que quería parecerse al tabaco. Muchos estaban de pie en los pasillos o sentados en las ventanas. En el estrado, sobre la mesa de la presidencia, se elevaban las canosas cabezas de los "bonzos sindicales". Cada uno tenía delante una jarra llena de cerveza hasta los bordes.
Empezó la reunión. Se concedió la palabra a unos de aquellos "bonzos". Mostró suavemente su disconformidad con las acciones de Wilson y su acerba indignación contra la actuación de los espartaquistas y propugnó que se hicieran voluntariamente restricciones: solamente éstas podían asegurar la victoria de la revolución. Afirmaba que era necesario defender la propiedad y el capitalismo, pues sin el capitalismo no hay trabajo ni pan. Algún día, cuando llegara la hora, se degollaría al marrano, pero hasta entonces, debían evitar que estirara la pata, cebado bien, para que diera más tocino.
El discurso del orador era interrumpido por ruido y gritos que partían de distintos sitios.
La atmósfera se fue caldeando. Pero de pronto los "bonzos" de la presidencia se intranquilizaron y todos al mismo tiempo dirigieron la vista a la puerta de entrada. La sala se estremeció. En las filas de atrás se oyeron exclamaciones de saludo. Todos se pusieron en pie, muchos se quitaron los sombreros y empezaron a lanzarlos a lo alto gritando: "¡Viva Liebknecht!", "¡Viva el jefe del proletariado alemán!"
Liebknecht entró lentamente en la sala. Era un hombre de elevada estatura, entrecano, de cara delgada, ojos profundos y relucientes que parecían iluminar su rostro. En los últimos años, la vida le había deparado una cadena continua de pruebas: el frente, el tribunal de guerra, trabajos forzados; ahora, hacía esfuerzos sobrehumanos para salvar la revolución.
El discurso de Liebknecht fue una resuelta condena a los scheidemannistas, que habían vendido y traicionado la revolución, una condena a las gentes fluctuantes: los Kautsky, los Haase y otros de su jaez, cuya traición enmascarada era más peligrosa aún.
Liebknecht dijo que el 9 de noviembre los obreros y soldados habían tomado el poder, pero lo perdieron inmediatamente debido a que los scheidemannistas, con la connivencia de los "independientes", débiles de carácter, fueron devolviendo por partes el poder a la oficialidad reaccionaria. Exigió que Hindenburg y los generales del Kaiser, que de hecho dirigían los Soviets de Soldados, fueran inmediatamente destituidos y arrestados. Desenmascaró a Ebert y Scheidemann y mostró que no se ocupaban de otra cosa que de perseguir al "Spartak", desarmar a los obreros y armar a las bandas contrarrevolucionarias. Citó hechos que atestiguaban con evidencia irrebatible que ya se había creado la guardia blanca, que disponía de infantería, caballería, artillería pesada y ametralladoras. Los regimientos de guardias blancos, acantonados entre Berlín y Potsdam, estaban destinados a aplastar al proletariado revolucionario de Berlín.
- ¡El Gobierno Ebert-Scheidemann ha asestado una puñalada a la revolución! -exclamó Liebknecht-. Si triunfa la contrarrevolución, estos perros sin escrúpulo alguno llevarán al paredón a decenas de miles de obreros. Si el proletariado tolera que Ebert y Scheidemann sigan mandando, pronto volverá la más negra reacción. ¡Que se vayan al infierno esos señores! ¡Viva la revolución alemana y mundial!
Desde la presidencia, los "bonzos" trataron de interrumpir a Liebknecht con gritos, pero luego optaron por callar, al darse cuenta de que los ánimos del auditorio no estaban de su lado. Parte de los que llenaban la sala ahogó las palabras de Liebknecht con sus clamorosos aplausos, los restantes escuchaban en medio de un silencio sombrío, abatidos por la incontestable verdad de sus argumentos. Aunque aquellos honestos proletarios berlineses experimentaban gran confusión a causa de los muchos años de mentiras scheidemannistas, la intuición de clase les llevaba hacia Liebknecht, hacia el "Spartak".
Para que esta tendencia interna se convirtiera en apoyo activo, real, hacía falta tiempo. Los scheidemannistas decidieron no dar este tiempo al proletariado alemán y empezaron a buscar pretextos para echar a las masas a la calle y provocar una matanza sangrienta.
Cuando partí de Moscú, el Comité Central del Komsomol me encomendó transmitir a los jóvenes espartaquistas alemanes un saludo del Primer Congreso de la Unión de Juventudes Comunistas. Ahora hablaba dos y tres veces al día ante los jóvenes obreros berlineses.
Escuchaban con fija atención, hacían miles de preguntas, me ayudaban a hallar las palabras que me faltaban, a veces estallaban en carcajadas ante los inverosímiles descubrimientos que hacía en el idioma alemán.
Después de las reuniones me rodeaban. Todos deseaban reiterar una y otra vez las palabras de amistad y fraternidad revolucionaria que yo debía transmitir en su nombre a la juventud revolucionaria de la Rusia Soviética.
Aquellos días me entrevisté con Rosa Luxemburgo, "Rosa Roja", como la llamaban los obreros alemanes. A través de los camaradas me pidió que fuera a verla a una casa en Schöneberg. Difícilmente fuera su casa; debía ser de alguno de sus amigos.
Llegué un poco antes de la hora señalada. Rosa no había venido todavía. Hojeaba yo un volumen de Goethe, cuando sonó brevemente el timbre, como si lo hubiera rozado un pájaro con sus alas.
Rosa se quitó las botinas en el recibidor y, con el sombrero y el abrigo de piel puestos, corrió a la habitación y me atrajo hacia sí. Me conocía desde mi niñez y quería mucho a mi madre. La última vez que nos habíamos visto fue cuando estuvimos un verano en el litoral alemán siete años atrás. A la sazón hacía un tiempo claro, el cielo era transparente, y de la mañana a la noche nos estábamos en la dorada arena o recogíamos flores en el campo para formar un herbario.
Los recuerdos de aquellos tiempos reconfortaron por un instante nuestras almas. Rosa quería verme, ante todo, para conocer lo más posible de la Rusia Soviética, de la Revolución rusa. Me preguntó por Lenin, se interesó por su salud, me asediaba a preguntas acerca de los días de Octubre y de los frentes de la guerra civil, escuchaba con el semblante arrebolado y de nuevo volvía a preguntar.
... Estuvimos hablando hasta muy tarde. Antes de terminar, Rosa me dijo que soñaba con hacer un viaje a la Rusia Soviética.
- Iré, iré sin falta, iré en los próximos meses. ¡Necesito tanto ver a Lenin, hablar con él! -repetía.
Llegó la hora de separarnos. Nos despedimos. Rosa me contempló desde la puerta, alegre, animosa, con sus hermosos ojos negros.
- ¡Hasta pronto! -dijo.
¿Podía yo pensar, acaso, que era la última vez que la viera?
El 29 de diciembre, domingo, se enterraba a los marinos caídos en las calles de Berlín durante el sangriento desarme de la división revolucionaria de marina. Era el tercer entierro de víctimas, en Berlín, en las siete semanas de revolución. Pero esta vez, en los ataúdes forrados de tela roja iban los cadáveres de los que habían sido masacrados por orden del Gobierno socialdemócrata.
Era un frío y nuboso día de diciembre. Cuando llegamos al lugar ya se había congregado mucha gente. Venían de todas partes. Llamaba la atención la multitud de banderas y carteles rojos.
El cortejo fúnebre se encaminó a Friedrichshain, el cementerio de los caídos en las jornadas de marzo de la revolución de 1848. El camino pasaba a través de los barrios de la burguesía. Sobre las casas ondeaban provocativas las banderas negro-blanquirojas. Los féretros con los cadáveres fueron colocados en elevados catafalcos, tirados por negros corceles cubiertos de gualdrapas fúnebres.
"¡Abajo Ebert y Scheidemann!" -decía la consigna escrita en las pancartas. Lo mismo gritaban los que acompañaban a los camaradas caídos.
En las aceras se agolpaba el público burgués. Cubría de improperios y maldiciones a los que iban en los ataúdes y a quienes formaban el cortejo. El aire mismo parecía pesado, hasta tal punto estaba saturado de odio.
Se acercaba el Año Nuevo. Aunque los tiempos que corrían eran alarmantes, los espartaquistas amigos de Kurt decidieron celebrarlo juntos. Organizaron la cena, aportando cada uno lo que pudo: éste, unas pocas patatas; aquél, unos nabos; otro, un paquete de café de bellotas. Un camarada consiguió, incluso, una botella de vino de Mosela.
Se bebió el vino; se dio buena cuenta de la frugal cena y la conversación giró en torno al tema que interesaba a los allí presentes: la suerte de la revolución alemana.
Entre los reunidos en la velada de Año Nuevo se pusieron de manifiesto profundas divergencias en los problemas de la lucha práctica; muchas cosas no estaban claras para ellos, otras las confundían y se equivocaban. Pero les unía lo principal: la decisión de luchar hasta el fin y una fé inquebrantable en el futuro. Parafraseando las famosas palabras de Lutero, uno de los camaradas dijo:
- ¡La Alemania socialista triunfará! ¡Esta es mi opinión y no puede suceder de otro modo!
Eran cerca de las dos cuando golpearon a la puerta de una manera convenida: dos golpes seguidos, el tercero después de un intervalo. Entró un camarada al que yo desconocía y a quien todos llamaban Walter.
- ¡Queridos amigos! -dijo-. En la vida del proletariado alemán acaba de producirse un gran acontecimiento: el Congreso de partidarios del "Spartak" ha tomado el acuerdo de crear el Partido Comunista de Alemania.
De haber estado allí solamente nosotros, los jóvenes, nos hubiéramos puesto a gritar de entusiasmo. Pero había gente que acababa de salir de la clandestinidad sufrida en la época del Kaiser y que sabían que el mañana habría de depararles quizás una clandestinidad más dura todavía. Se unieron las manos, entrelazándolas sobre la mesa en un solo apretón. Entonaron La Internacional como la cantan en los presidios, con la boca cerrada, pronunciando las palabras para adentro. ¡Qué impresionante fuerza, cuánta ira y esperanza había en aquellos solemnes acordes apenas audibles del himno de la clase obrera mundial!
Nos dispersamos al amanecer. Por la amplia calle desierta corría en dirección a nosotros un hombre que cojeaba un poco. En una mano sostenía un cubo con engrudo, en la otra un rollo de proclamas de vivo color verde. Corría de una casa a otra; con un ágil movimiento untaba la proclama de engrudo y la pegaba en la pared.
Kurt encendió la linterna de bolsillo y leímos un llamamiento de la "Liga antibolchevique", dirigido al pueblo alemán, en la que se anticipaba la futura voz de Hitler:
¡Duermes, Bruto!
¡Despierta!
¡Despierta, pueblo alemán!
¡Comprende el peligro que te amenaza: el bolchevismo!
. . . . .
¡Todos a la lucha contra el «Spartak"!
¡Pueblo alemán, despierta!

"¡Fui, soy y seré!"

Hacía ya una semana que habíamos llegado a Berlín. Se acordó que, en la primera posibilidad que se presentara, marcharía a Moscú. Mientras tanto, ayudaba a Erna; lavaba para las casas ricas. En Alemania habían quedado muchos señores, así que trabajo no faltaba.
El sábado, cuatro de enero, Kurt regresó antes de caer la noche; traía los bolsillos llenos de octavillas. Era portador de importantes noticias: el Gobierno había destituido del cargo de jefe de policía al "independiente" Eichhorn y designado en su lugar al socialdemócrata de derecha Eugen Ernst.
- Estos señores han decidido hacernos la guerra -dijo Kurt reuniendo en la escalera a la gente obrera de la casa-. ¡Pero nos veremos las caras!... ¡Los vamos a mandar al diablo!
A la mañana siguiente nuestra casa se puso en movimiento temprano, cosa que no era habitual los domingos. Por lo menos en una tercera parte de los pisos se oían portazos y silbaban los infiernillos en los que se hacía el café.
Al principio salieron de nuestra casa unas treinta personas. Luego se les unieron otras. Un inválido del tercer piso, que había perdido en la guerra el brazo derecho, tenía una bandera roja que había escondido después de las jornadas de noviembre.
De todas partes afluían grupos de gente que se dirigía a Unter den Linden. En la densa niebla matutina surgían aquí y allá banderas rojas, se oían gritos: "¡Abajo Ebert y Scheidemann!", "¡Viva Liebknecht!", "¡Viva Eichhorn!"
Cerca del mediodía alguien propuso dirigirse al palacio del canciller del Reich, residencia del Gobierno. En el enorme edificio parecía que no había vida, las ventanas tenían corridos los tupidos y oscuros cortinajes; las altas puertas macizas parecían cerradas con siete candados.
Volvimos de nuevo a Unter den Linden. Los manifestantes continuaban de pie. Luego, no sabiendo qué hacer, empezaron a dispersarse. Regresé a casa con los vecinos. Kurt se marchó a buscar a los camaradas. Tardó en regresar y dijo que una parte de los manifestantes había ocupado las redacciones del periódico socialdemócrata Vorwärts y de varios periódicos burgueses y que se había acordado ir a la huelga general al día siguiente.
Aquella noche apenas si se durmió en nuestra casa. Antes de amanecer, los obreros se encaminaron a sus fábricas. No se publicó ni un sólo periódico burgués.
Kurt no quería llevarme con él; pero yo le convencí. Era muy temprano, la mañana se despertaba en medio de una niebla grisácea. Todavía estaban encendidos los faroles, proyectando sombras difusas.
En la plaza situada delante de la Jefatura de Policía se congregó mucha gente. Había empezado a clarear. La niebla se esfumaba. La muchedumbre se agolpaba cada vez más. Por todas las calles adyacentes a la plaza avanzaban acompasada e inconteniblemente oscuras columnas, sobre las cuales ondeaban las banderas rojas. Muchos llevaban armas. Kurt vio aparecer entre la niebla a un muchachillo obrero que llevaba en cada hombro un fusil.
- ¡Camarada: dame uno! -pidió Kurt.
- ¡Toma!
La plaza no podía dar cabida a todos los que llegaban; la gente llenaba las calles vecinas y se apretaba, formando una masa compacta que se extendía a lo largo de varios kilómetros. Se había reunido no menos de medio millón de personas. Nunca había visto Berlín una manifestación tan potente de proletarios revolucionarios.
Hacía mucho frío. Por el cielo se arrastraban muy bajas las nubes. La gente aterida y mal abrigada se movía sin cesar para combatir el frío, mirando pacientemente el edificio de la Jefatura de Policía. Allí se celebraba una amplia reunión de los "decanos revolucionarios" cuyos componentes eran en su mayoría "independientes". De vez en cuando uno de los reunidos salía al balcón y decía algo. El gentío transmitía sus palabras: "La reunión continúa", "Se examina la cuestión", "De un momento a otro se llegará a un acuerdo".
De este modo transcurrió una hora, otra y otra. La gente continuaba esperando. Una hora más, dos, tres. Ya oscurecía, la niebla se iba haciendo de nuevo más densa, pero la gente permanecía en pie, temblando de frío con finas cazadoras de poco abrigo, cosidas en su mayoría de viejos capotes de soldado. Había venido para vencer o morir, y estaba dispuesta a aguardar, en tanto le quedaran fuerzas, hasta que la lanzaran al combate.
En la Jefatura de Policía continuaban reunidos. Al fin apareció en el balcón el orador de turno.
- ¡Camaradas! -gritó-. Hemos acordado entrar en negociaciones con el Gobierno. ¡Marchaos a casa! ¡Si hacéis falta os llamaremos!
Por la muchedumbre rodó un murmullo de perplejidad y de ira: "¿Cómo? ¿Qué conversaciones puede haber con Ebert y Scheidemann?"
- Tenemos noticias de que el Gobierno está dispuesto a hacer concesiones de buen grado y acepta las negociaciones -gritó el orador-. ¡Como nosotros, está interesado en que lo haya derramamiento de sangre!
Pero el orador se equivocaba por entero. Mientras 500.000 proletarios berlineses permanecían en la calle y en la Jefatura de Policía estaban reunidos sin cesar, en el despacho de Ebert, en el palacio del canciller del Reich, en la Wilhelmstrasse, se habían reunido los líderes del partido socialdemócrata. Allí se encontraba también el socialdemócrata de derecha Gustavo Noske, ex gobernador de Kiel.
Los que habían visto a Noske decían que era un hombre de tronco corto y pesado y con unas manazas enormes que no correspondían a su estatura. Nunca intervenía el primero, escuchaba largo tiempo a los demás, volviéndose hacia el orador con todo su cuerpo. Luego se levantaba, apoyándose en la mesa con sus puños descomunales y empezaba a decir sin rodeos, con frases cortas y desabridas, lo que Ebert y Scheidemann aderezaban con todo género de equívocos.
Así ocurrió en esta ocasión. La destitución de Eichhorn fue el primer acto de la provocación tramada por estos señores, a fin de sacar las masas a la calle y a renglón seguido organizar una represión sangrienta. La provocación se había logrado, las masas se echaron a la calle; era llegada la hora de proceder a la represión.
Unos años después, en su libro de memorias De Kiel a Kapp, Noske contaba: "Alguien me preguntó: "¿No pones manos al asunto?" A esto respondí brevemente: "¡Por qué no! ¡Alguno de nosotros tiene que asumir el papel de perro sanguinario!"
Noske fue designado comandante en jefe de las tropas encargadas del orden. Sin perder ni un minuto, acompañado de un capitán joven vestido de paisano, se dirigió al edificio del Estado Mayor General, al objeto de examinar la situación con los generales del Kaiser que allí se encontraban y tomar las medidas necesarias. Pasada la Wilhelmstrasse tropezaron en la Unter den Linden con una patrulla obrera; pero les bastó con urdir una patraña inverosímil para que les dejaran pasar.
En una habitación del edificio del Estado Mayor estaban reunidos muchos oficiales y varios generales. Tenían preparada la orden nombrando al general Hoffmann jefe de las fuerzas punitivas. La aparición de Noske y su declaración de que a él se le había encomendado el mando supremo de las fuerzas punitivas fueron acogidas con ruidosas muestras de aprobación: los oficiales y generales del Kaiser habían aprendido algo en los últimos meses y se daban perfecta cuenta de que, en aquellas condiciones, Noske era mucho más útil que Hoffmann.
En aquella reunión se acordó trasladar el Estado Mayor de Berlín a Dalem, y concentrar en la región de Potsdam las fuerzas de choque para reprimir al Berlín revolucionario.
Regresamos tarde a casa. Erna había preparado una sopa de nabos.
Después de comer, me senté en una silla junto a la estufa.
- ¿En qué piensas? -me preguntó Kart.
-En nada...
Sentía escalofríos; por mi imaginación pasaban ideas incoherentes. En un estado semiinconsciente vi un gran barco, brillantemente iluminado, que navegaba raudo en la noche por un anchuroso río. Luego me di cuenta que no era un buque, sino el Smolny resplandeciente de luces, tal y como apareciera en las grandes jornadas de Octubre.
Sonó el timbre. Vino uno de los camaradas con los que habíamos celebrado el Año Nuevo. Me dijo que no fuera a ningún sitio. Todos los ciudadanos soviéticos que se encontraban en Berlín debían permanecer en casa; los scheidemannistas podían organizar cualquier provocación si caía en sus manos alguien de los rusos.
El camarada propuso a Kurt que fuera con él. Kurt se vistió y tomó el fusil que le había dado por la mañana un joven obrero. Una fuerza incontenible me impulsaba a abrazarle y besarle. Permanecí de pie, acariciando la manga de su capote hasta que se marchó.
Entonces empezaron para mí tormentosos y duros días de espera. Kurt no regresó aquel día, ni al siguiente, ni al otro. No había periódicos y la gente que iba a la ciudad traía los rumores más fantásticos y contradictorios.
El jueves recibimos una breve nota de Kurt, Decía que se encontraba en la redacción del periódico Vorwärts ocupada por los obreros revolucionarios. El camarada que trajo la nota dijo que Liebknecht hablaba de la mañana a la noche en diversos lugares de la ciudad. Rosa también. Los obreros habían conseguido apoderarse de varios establecimientos oficiales y estaciones. En distintos confines de la ciudad se producían choques con los partidarios del Gobierno.
La noche del viernes al sábado llegó a nuestros oídos un fuerte tiroteo. Hasta entonces en la ciudad había fuego de fusilería, pero ahora se oían las ametralladoras y artillería.
El sábado llamó a nuestra puerta el inválido del tercer piso. Dijo que por la parte de Potsdam habían entrado en la ciudad tropas gubernamentales, a la cabeza de las cuales iba Noske. Habían asaltado el local del periódico Vorwärts.
Todo el día estuvimos esperando a Kurt; durante la noche del sábado al domingo no pegamos un ojo. Pero Kurt no vino.
Las tropas del Gobierno continuaron limpiando de insurgentes la ciudad. El lunes, los obreros fueron desalojados de sus últimos reductos fortificados. Después de un intervalo de una semana, salieron los periódicos burgueses y Vorwärts. En las primeras páginas se destacaba en gruesos titulares: "¡La tranquilidad es completa en Berlín!"
"¡La tranquilidad es completa en Berlín"! -escribía por aquellos días Rosa Luxemburgo- "¡La tranquilidad es completa en Berlín!" -afirma la prensa burguesa triunfante, corroboran Ebert y Noske, repiten los oficiales del "ejército victorioso", a los que la muchedumbre burguesa saluda en las calles de Berlín… "Spartak" es el enemigo y Berlín, el lugar donde nuestros oficiales pueden vencer. Noske es el general que sabe obtener victorias donde fuera incapaz de lograrlas el general Ludendorff".
Y dirigiendo a los enemigos del proletariado las últimas palabras que había de escribir en su vida, "Rosa Roja" exclamaba con odio:
"¡La tranquilidad es completa en Berlín!" Sois unos lacayos obtusos. Vuestra tranquilidad se asienta sobre arena movediza. La Revolución se alzará de nuevo mañana y a los sones de trompetas que os harán temblar anunciará: "¡Fui, soy y seré!"

Tristis

Pasaron el sábado y el domingo. Erna y yo permanecimos todo ese tiempo tratando de vencer la emoción, atendiendo a cada ruido en la escalera. Pero Kurt no venía.
El domingo decidimos ir al lugar de donde había llegado la última noticia de él, a la redacción de Vorwärts.
Las calles eran un hormiguero de gente endomingada. Señoras y señores atildados se paseaban, contemplando alegremente las huellas del reciente combate; daban cariñosos golpecitos en la coraza de acero de los blindados que habían entrado en Berlín, encabezando el desfile de las tropas de Noske; se deleitaban en la lectura de las consignas que se veían por todas partes: "¡Muera Liebknecht!" "¡Muera Rosa Luxemburgo!"
La soldadesca saciada, ebria de sangre, era el héroe de la jornada. Los oficiales, atusándose los bigotes a lo Kaiser, acogían benevolentes las sonrisas de las damas. Los soldados rebuscaban por sótanos y buhardillas a los obreros escondidos. Cuando la caza daba resultado, arrojaban al hombre golpeado y sangriento a la muchedumbre, y las engalanadas damas lo pisoteaban con los altos tacones de sus botinas de moda, sujetas con cordones hasta las rodillas.
Helada de espanto me agarré al brazo de Erna. Aquello me recordaba la represión contra los hombres de la Comuna de París, que conocía por mis lecturas. Estos señores no habían leído ni a Arnould ni a Lissagaray, pero actuaban exactamente del mismo modo que los versalleses. Evidentemente, para ser verdugo burgués bastaba ser simplemente burgués.
Por fin, conseguimos dominarnos y entrar junto con aquella enfurecida muchedumbre en la redacción del Vorwärts. Allí olía a sangre y a humo de pólvora. A la entrada se veían los restos de la barricada que los obreros habían levantado con resinas de periódicos y. rollos de papel. Los rollos formaban la base de la barricada, las resmas estaban reforzadas con alambre y colocadas de manera escaqueada, a fin de dejar orificios para las troneras.
Seguimos adelante, esperando y temiendo al mismo tiempo ver alguna cosa que denotara la suerte que había corrido Kurt. Por todas partes se veían salpicaduras de sangre, en las paredes había fragmentos de sesos humanos. Los que habían perecido allí no habían muerto en combate, sino rematados a culatazos por los feroces mercenarios.
Cinco días, cinco terribles días, estuvimos buscando a Kurt por hospitales, clínicas y depósitos de cadáveres. Todo estaba atestado de heridos y muertos. Los heridos se encontraban tirados en los pasillos, unos delirando y otros muriendo. Unos cadáveres estaban apilados, otros en informe montón. Aun después de muertos, los rostros conservaban la intensa y desesperada decisión que tuvieran en el momento del último combate.
El miércoles 15 de enero en Die Rote Fahne apareció un artículo de Liebknecht titulado "¡A pesar de todo!" Con inmensa emoción leímos sus ardientes palabras:
"... Nuestro barco mantiene decididamente y con orgullo su rumbo hacia la meta final, hacia la victoria.
Vivamos o no nosotros cuando esta victoria se logre, nuestro programa vivirá. ¡Abarcará a todo el mundo de la humanidad liberada, pase lo que pase!
Las masas proletarias ahora dormidas serán despertadas por el imponente estruendo del derrumbamiento que se aproxima, cual si sonaran las trompetas anunciando el juicio final. Entonces resucitarán los luchadores asesinados y exigirán cuentas a los asesinos malditos. Hoy se oye solamente el ruido subterráneo del volcán, pero mañana vomitará su fuego y en los torrentes de su lava ardiente enterrará a todos esos asesinos".
La tarde de aquel mismo día le mataron. A él y a Rosa...
Todos sabían que iban a la caza de ellos. La burguesía aullaba exigiendo que se diera con su paradero, que se les apresara y se les hiciera pedazos. Scheidemann prometió 100.000 marcos a quien los presentara vivos o muertos. Dos días antes del asesinato, Vorwärts publicó unos versos que terminaban con un llamamiento abierto al asesinato de Carlos y Rosa: "¡Los muertos están tendidos en fila por centenares; pero Carlos no figura entre ellos! ¡No están Rosa y compañía!"
Nadie creyó lo que decía un comunicado gubernamental publicado el jueves, en el que se afirmaba que Liebknecht había resultado muerto por intento de fuga, y que a Rosa la había despedazado una muchedumbre casualmente congregada. Investigaciones posteriores evidenciaron que el comunicado oficial fue del principio al fin una mentira consciente y premeditada.
Carlos y Rosa fueron capturados el miércoles, a las 9 y media de la noche, por los matones del regimiento socialdemócrata del Reichstag. Condujeron a los arrestados al hotel "Eden", situado en la parte oeste de Berlín, y los entregaron al estado mayor de la división de caballería de fusileros de la guardia, al frente de la cual se encontraba el capitán Pabst, mano derecha de Noske.
A Carlos y Rosa los tuvieron en el "Eden" muy poco tiempo; luego les comunicaron que les trasladaban a la cárcel de Moabit. Primero llevaron a Liebknecht. Le acompañaron el capitán Pflugk-Hartnung y el ober-teniente Vogel, futuro hitleriano.
Cuando conducían a Liebknecht al automóvil, tal y como había sido previamente ordenado por Pabst, se acercó a él un tal Runge y le asestó varios culatazos en la cabeza. Chorreando sangre, metieron a Liebknecht en el automóvil que se dirigía a Tiergarten. En medio del parque, el automóvil se detuvo simulando una avería. A Liebknecht se le ordenó salir y marchar adelante. Apenas anduvo unos pasos, el teniente Liepmann y el mencionado Pflugk-Hartnung le dispararon a bocajarro por la espalda, causándole la muerte. Llevaron el cuerpo de Liebknecht a un puesto de socorro urgente situado no lejos de allí y lo entregaron como el cadáver de un "desconocido".
Desde la salida de Liebknecht con sus asesinos del hotel "E den" hasta la entrega del cadáver en el puesto de socorro transcurrieron solamente diez minutos. A las 23 y 20 minutos se informó a Pabst que el asunto había concluido. A los veinte minutos Pabst entregó Rosa Luxemburgo a Vogel.
Cuando Rosa, a la que conducían agarrada de los brazos el director del hotel y Vogel, bajaba por la escalera, corrió a su encuentro el mencionado Runge y con la misma culata le golpeó la cabeza.
Rosa perdió el conocimiento. La llevaron a rastras y la arrojaron al automóvil. Tan pronto el coche se puso en marcha Vogel y el teniente Krul dispararon sobre Rosa. Krul quitó a la muerta el reloj de pulsera y se lo metió en el bolsillo. El automóvil se detuvo junto al canal situado entre el puente Cornelius y el de Lichtenstein. Sacaron el cadáver de Rosa a la calzada, lo ataron con un alambre, le colocaron un peso y lo arrojaron al canal.
Fue descubierto tan sólo varios meses después.
La noche del jueves, ya muy tarde, al salir del depósito de cadáveres de la ciudad, oímos unos pasos sordos que resonaban en la calle desierta. Cuando llegó a nuestra altura reconocí a un amigo íntimo de Rosa, Leo Joguiches. Hablé con él. Preguntó con tristeza si no habíamos visto en el depósito el cadáver de Rosa. No, allí no estaba.
Dos meses después Leo Joguiches fue capturado por los perros de la jauría de Noske y asesinado en la cárcel.
Sólo el viernes por la mañana identificamos a Kurt entre unos cadáveres en el depósito de un hospital en Pankov. Tenía la cabeza destrozada, los ojos saltados de las órbitas, la cara era un cuajaron sanguinolento. Se le podía reconocer solamente por las manos y la ropa.
Al otro día dimos sepultura a Kurt, A la mañana siguiente vino a por mí un camarada. Dijo que había una ocasión y que podía ir a Moscú con dos colaboradores de la Comisión Soviética encargada de asuntos de los prisioneros. Se habían retenido en Berlín después de la expulsión de nuestra embajada, en vísperas de la Revolución de noviembre, y ahora regresaban a la Rusia Soviética.
Como mareada, me despedí de Erna, así mismo subí al tren y transcurrió para mí todo el camino; como mareada oí que en las elecciones a la Asamblea Constituyente de Alemania los socialdemócratas de derecha habían obtenido la mayoría. Mi boca tenía un sabor a herrumbre, en todas partes me parecía que había un olor denso a cadáveres y a fenal.
Una fría noche de enero nuestro tren llegó al andén de la estación de Moscú. Hacía tan sólo dos meses y medio que había partido de allí y me parecía que había transcurrido una vida entera.
Mis acompañantes se despidieron de mí y marché sola por las calles nevadas de Moscú. Era difícil andar, estaba resbaladizo. A causa de la inanición, me daban mareos.
Cerca del Soviet de Moscú había un coche cerrado. La puerta del edificio se abrió y apareció un hombre con cazadora de cuero. Era Yákov Mijáilovich Sverdlov. Ya se había subido al automóvil cuando me acerqué a él. La emoción me agarrotaba la garganta y no podía pronunciar ni palabra. Me miró y al reconocerme dijo algo en alta voz; luego me metió en el coche, me llevó al Kremlin y me condujo a la comandancia. Allí ordenó que inmediatamente calentaran el baño, que arrojaran todos mis efectos al fuego y me dieran ropa de soldado rojo. Dijo que luego le llamaran y vendría a recogerme para llevarme a casa.
Una hora después estaba sentada en la comandancia con las mangas de la guerrera recogidas por ser demasiado largas. Bebía té caliente en una jarra de hojalata. La comandancia estaba instalada en una habitación espaciosa y mal alumbrada. En los bancos colocados a lo largo de las paredes había sentados unos jóvenes soldados rojos que hablaban a media voz, evidentemente de algo relacionado conmigo. Oí palabras sueltas: "de Berlín", "los mencheviques han vencido allí...", "el pueblo las pasará muy mal..."
Descansé. Me sentía bastante bien y a fin de no restar tiempo a Sverdlov me fui a pie hasta mi casa.
Atardecía. El cielo tenía tonalidades verdes y argentadas.
Detrás de los dentados tejados de Kitaigorod apuntaba el disco anaranjado de la luna. Entre las columnas de la Casa de los Sindicatos pendían, enmarcados en rojo y con crespones de luto, los retratos de Carlos Liebknecht y Rosa Luxemburgo, al pie de los cuales estaba escrito con grandes letras: "¡El mejor desquite por la muerte de Liebknecht y Luxemburgo es la victoria del comunismo!"
En el retrato, Carlos estaba mucho más joven que en los últimos meses de su vida. Rosa aparecía tal y como yo la vi al despedirme de ella en Berlín; era igualmente tierna y penetrante la mirada de sus hermosos ojos oscuros.
"El hombre debe vivir como una vela que arde por ambos extremos" -gustaba decir Rosa.
Así vivieron los dos: Rosa y Carlos. ¡Que su memoria perdure eternamente!

12 de enero de 2019

200 millones de trabajadores en huelga general en la India

200 millones de trabajadores (de un mercado laboral de unos 470 millones de trabajadores). han participado en la huelga general de dos días organizada en India en protesta contra el gobierno de Narendra Modi y contra el capitalismo que esclaviza a la clase obrera de uno de los paises más poblados del planeta mientras enriquece a una minoria fascista y a las grandes corporaciones extranjeras, entre ellas a conocidos canallas como el español Amancio Ortega y su grupo Inditex.

La huelga convocada por los sindicatos de trabajadores ha afectado a las grandes ciudades,
paralizando durante dos días parte del transporte público, comercio y servicios bancarios, en protesta a las políticas laborales del Gobierno del actual primer ministro, Narendra Modi, del partido conservador y nacionalista hindú Bharatiya Janata Party.

Una decena de organizaciones sindicales que agrupan a más de 100 millones de trabajadores en todo el país lideraron la huelga, con especial seguimiento en los estados de Kerala, Bengala, Odisha, Maharashtra, Karnataka y Delhi.

Se trata de la tercera gran huelga que se vive en el país bajo el actual gobierno, después de las de 2015 y 2016.

Los convocantes de la huelga señalaron, entre otras razones, el aumento de los precios de los alimentos básicos y otras necesidades, además del creciente desempleo, y el aumento de la precariedad de los empleos y la pérdida de derechos sanitarios. A todas estas causas, se ha unido la gota que ha colmado el vaso: la nueva ley laboral que quiere aprobar el Gobierno y que terminó por detonar la convocatoria a la huelga de 48 horas

Las organizaciones sindicales denuncian que esta ley, aprobada el 2 de enero favorecerá todavía más la explotación de los empleados y aniquilaría los derechos de los sindicatos. Según Asia News "la ley prevé un reconocimiento obligatorio para los sindicatos, tanto a nivel central como estatal. Sin embargo, los trabajadores consideran que dicha ley habilita al gobierno a asumir un “poder discrecional” a la hora de reconocer o no a las agrupaciones sindicales, eliminando de hecho la actual negociación, basada en el consenso conjunto de empleados, empleadores y gobierno. Los sindicatos también exigían la aprobación de una Ley de Seguridad social, el Social Security Act, para proteger a los trabajadores y un salario mínimo de 24.000 rupias (casi 300 euros) para el sector del Transporte.
Imagini pentru huelga general en la india 2019
Por otro lado, hablar de seguridad laboral en India se puede considerar un oxímoron. Cada año en el país asiático pierden la vida unas 48.000 personas en sus puestos de trabajo. Es una media de más de 130 trabajadores muertos por día.

1,3 millones de jóvenes se unen a las filas de los desempleados cada mes. Recientemente, en marzo de 2018, según informaron los medios, para 90,000 empleos en Indian Railways, 28 millones) de personas.

Según un informe reciente de la OIT, en 2018, hasta 18,3 millones de indios estaban desempleados en 2017, y se prevé que el desempleo aumentará a 18,9 millones para 2019.

India tiene una de las tasas de suicidio más altas del mundo para jóvenes de 15 a 29 años. En 2016, 9,474 estudiantes se suicidaron, casi 26 todos los días. Más de 75,000 estudiantes se han suicidado en la India durante los 10 años hasta 2016.

El censo de 2011 reveló que solo el 4,5 por ciento de la población en el país está educada hasta el nivel de graduados o educación superior, mientras que el 32,6 por ciento de la población ni siquiera ha superado el nivel de la escuela primaria. No hay necesidad de señalar, cuáles son las clases y castas con el mayor número de jóvenes educados sin esperanza.

El número de millonarios en dólares en la India en 2014 aumentó en un 25% desde 2013 a 2017, duplicándose su número posiblemente para 2023. Mientras tanto, la India rural constituye el 66% de la población total, mientras el miembro mejor pagado del 75% de los hogares de la India cobra al mes 72 $. Todo esto muestra el camino del capitalismo de la India (¿puede el capitalismo seguir otro camino?): mientras aumenta enormemente la riqueza de unos cuantos, la gran mayoría se empobrece. 

Por otro lado, existe una creciente solidaridad de propósitos entre el campesinado rural y la clase obrera urbana. El 29 de noviembre del pasado año, trabajadores y estudiantes marcharon junto al campesinado en las calles de Delhi, mostrando su solidaridad. También como consecuencia de la movilización de los campesinos y el fenómeno sin precedentes de una manifestación conjunta, desencadenada por las políticas desastrosas del régimen de Modi, que afectan a todos los sectores de la población, la huelga general de dos días actual ha sido inevitablemente, participando en ella el número record de 200 millones de trabajadores.

Los grandes beneficiados de la situación, además de la oligarquía local hindú representada por Modi, son las grandes corporaciones capitalistas occidentales, como el citado más arriba Grupo Inditex. El gigante textil español, propietario de Zara o Massimo Dutti, facturó 18.437 millones de euros en los nueve primeros meses de 2018, un 2,64% más que en el mismo periodo del año anterior, aumentando su beneficio un 4,1%, hasta 2.438 millones. Todo ello a costa, entre otros crímenes, del trabajo precario e inhumano de sus empleados camboyanos, cingales o indios (por supuesto, en el gigante asiático, pocos de ellos de la minoria hindú, sino en su mayoría de origen indígena, de las castas más bajas de la sociedad, los adivasi).

Lo ocurrido en la India muestra y confirma las directrices y enseñanzas de Engels y Marx en El Manifiesto Comunista sobre las contradicciones del capitalismo y su inevitable destrucción, más temprano que tarde, por la clase que su propio desarrollo crea: «Lo que la burguesía produce, ante todo, son sus propios sepultureros. Su hundimiento y la victoria del proletariado son igualmente inevitables». 

8 de enero de 2019

Mao Anying, el bolchevique hijo de Mao Tse-tung

“¡Querido camarada Stalin!

Soy un joven chino.  En el país que lideras, la Unión Soviética, estudio desde hace cinco años. Amo a la URSS de la 
misma manera que amo a China. No puedo ver como los fascistas alemanes pisotean su país. Quiero vengarme por los millones de soviéticos muertos. Estoy decidido a ir al frente. Por favor, apoye mi solicitud.

Mao Anying (Seriozha)
Mayo de 1942
” 

Imagini pentru Mao Anying
Mao Anying y su padre Mao Tse-Tung ante de que el primero
partiera a defender Corea del imperialismo yankee.
Mao Anying, el hijo mayor de Mao Tse-tung, nació en Changsha, Hunan en 1922. En 1930 mientras su padre estaba en la clandestinidad, su madre fue torturada y asesinada por las fuerzas del Kuomintang. Logró escapar con su hermano menor a Shangai donde fueron protegidos por agentes del Partido Comunista. Finalmente, en 1936 fue enviado a Moscú, donde estudió bajo la protección del PCUS.

Su amor a la Unión Soviética hizo que se considerara a sí mismo un hombre soviético, un bolchevique. Tres veces solicitó a Stalin que le permitiera ir al frente. Finalmente,  combatió en el Frente Oriental y entró en Berlín como teniente del Ejército Rojo.  En esta época utilizó el alias de Xie Liaosha (謝廖沙).

Regresó a China tras el final de la guerra, en 1946, y en 1950, ya proclamada la República Popular China, se alistó en el ejército de voluntarios chinos que participaría en la Guerra de Corea, bajo las órdenes de Peng Dehuai, cruzando el río Yalu el 25 de octubre con el cuerpo principal del ejército. Un mes más tarde, el 25 de noviembre y mientras se desempeñaba como traductor de ruso en el cuartel general de Peng, falleció durante un ataque aéreo. Tenía 28 años.

Cuando su padre fue informado de ello, después de pasar un rato en silencio, declaró: "En la guerra hay sacrificios. Sin sacrificios no habrá victoria".

7 de enero de 2019

Castelao en la URSS, 1938: "En ningún otro país del mundo se ofrece mejor porvenir a los trabajadores"

“En un país capitalista organizado en régimen de liberalismo económico, se puede llegar a ser millonario, en la URSS, se puede llegar a hombre feliz”

Hace 69 años, el 7 de enero de 1950, fallecía Alfonso Rodríguez Castelao en Buenos Aires, en el exilio, escritor, pintor, médico y dibujante, así como uno de los padres del nacionalismo gallego.

Diputado republicano en 1931 y del Frente Popular en 1936, sería también ministro sin cartera del gobierno de la República española en el exilio tras el triunfo fascista en la Guerra Civil.

En  1938 viajaría a la Unión Soviética para participar en una exposición artística, y quedaría encantado por el mundo nuevo que encontró allí donde, según sus palabras, "se estaba preparando una época nueva para la humanidad". Además de que, como expuso en la carta que sigue, "En ningún otro país del mundo se ofrece mejor porvenir a los trabajadores", también quedó convencido plenamente de la solución al problema de las nacionalidades en el país socialista, donde "La libertad de las nacionalidades y su autonomía hicieron posible la coordinación de los intereses morales y materiales (...) En este aspecto creo que debemos aceptar para España una solución idéntica a la que dio la URSS y no conformarnos con otra".

Se trata de uno de los grandes intelectuales gallegos en la historia de este pueblo, y su admiración hacia la Unión Soviética, que compartían tantos otros republicanos como el propio presidente del gobierno Juan Negrín, no deja lugar a dudas de que, por aquel entonces, el estado de los trabajadores, la URSS, era el lugar más avanzado de la humanidad y el nucleo alrededor del cual giraban las esperanzas de los trabajadores y de los intelectuales del mundo entero.

No obstante, poco después, en la Segunda Guerra Mundial, la Unión Soviética acabaría derrotando al capitalismo, tanto al que había dejado ver su cara fascista como al que mantenía oculto su carácter bárbaro tras la máscara de la falsa democracia, y demostrando la superioridad social, económica y militar del Socialismo.

Veamos la carta que envío Alfonso Rodriguez Castelao durante su regreso de la Unión Soviética a su amigo Rodolfo Prada, en mayo de 1938:

Carta a Rodolfo Prada, desde el buque “Coopertzia”, a 27 de mayo de 1938:

Sr. Don Rodolfo Prada

Mi querido hermano: Ya estoy de vuelta, sumergido en una niebla saludable. Ya retrasamos el reloj dos horas y sólo nos falta una hora para llegar a nuestro meridiano. Las aguas del Báltico son negras. Y yo llevo en la retina la despedida que los buenos amigos soviéticos nos hicieron en el puerto de Leningrado. Se cumplió mi predicción: “de la URSS no se vuelve jamás”.

Recorrimos varios miles de kilómetros en la Unión Soviética, desde el Golfo de Finlandia hasta el mar Caspio, y comprobamos que la URSS se está preparando para inagurar el hecho histórico que abra una nueva época para la humanidad. Visitamos las grandes fábricas, con las nuevas ciudades anexas; convivimos con los obreros en los clubs; visitamos los palacios de la cultura y de la formación profesional de los pioneros; convivimos con los Koljosianos y comprobamos su relativa felicidad; estuvimos en la región de los hospitales y clínicas y balnearios donde los empleados intelectuales, técnicos y stajanovistas curan su salud y sus fuerzas desgastadas por el trabajo; asistimos a la enseñanza en las escuelas, etc, etc,. Visitamos dos Repúblicas (Ucrania y Azerbaiyán) y comprobamos que el problema de las nacionalidades quedó resuelto, previa y definitivamente por medio de la libertad y de la democracia (claro está que hay que dar una nueva definición a estos dos conceptos). Fuimos recibidos por Sverning, el Secretario General de los sindicatos, y por Kalinin, y en ambas entrevistas fuimos informados ampliamente, satisfaciendo nuestras curiosidades o nuestros deseos de información. Durante un mes de trabajo intenso estuvimos en condiciones de poder juzgar en provecho del progreso soviético. La jornada del Primero de Mayo en la Plaza Roja de Moscú es algo indescriptible. Más de dos millones de almas desfilaron por delante de nosotros mostrándonos su placer por vivir. Y la importante máquina guerrera que defiende las creaciones soviéticas nos dio la sensación de que es invencible. Esto hizo sentirme triste, porque aún no me deshice del antimilitarismo que mamé.

Imagini pentru escudo de galicia castelao
Escudo de Galicia diseñado por Castelao en 1937.
"Antes muertos que esclavos"
En esta carta quiero desarrollar tres impresiones: 

1º – La previa solución del problema nacional es un  acierto político, porque al asentar la estructura del Estado en realidades vivas y permanentes, dejó consolidar el sistema económico y social avanzado. La libertad de las nacionalidades y su autonomía hicieron posible la coordinación de los intereses morales y materiales de la URSS. Liquidar definitivamente un problema de raíz sentimental favoreció el desarrolló de los planes, porque las preocupaciones estatales no estaban interferidas por otras clase de preocupaciones. La libertad de las nacionalidades acrecienta el patrimonio cultural y su autonomía vitaliza el régimen local. En Bakú asistí a una representación de la mejor ópera nacional, “el hijo del ciego“. Los instrumentos nacionales (Kamanchas y Taras) se combinan con instrumentos europeos y le daban a las composiciones orquestales un nuevo color extraordinario. Esta obra -surgida por el desarrollo de la cultura azerbaiyana- forma parte de un repertorio considerable del Teatro Nacional, que no existiría sin la libertad de las nacionalidades soviéticas. La enseñanza está dividida exclusivamente por un Comisario local, sin intervención central. En materia de enseñanza, la independencia de las nacionalidades es absoluta y la única garantía de coordinación reside en la unidad del Partido único. En Azerbaiyán se hablan cuatro idiomas: el azerbaiyano, el armenio, el tártaro y el ruso. Pues bien; en cada escuela primaria -siempre graduada- hay cuatro secciones -una para cada idioma-… Los niños reciben su instrucción en el idioma materno y solamente al cabo de dos años de enseñanza se les obliga a estudiar un segundo idioma, como asignatura. En la Universidad se enseña en tres idiomas: el azerbaiyano, el armenio y el ruso. En fin; las nacionalidades son independientes para regir sus creaciones culturales y gozan de una enorme autonomía para administrar su vida nacional. Me di cuenta de los peligros que existen para mantener a largo plazo las diferencias; pero desaparecieron las violencias asimilistas y la comprensión es sincera. No hay que olvidar que Stalin es georgiano y tiene un marcado acento nacional. No concibo como los españoles que visitan la URSS pueden seguir despreciando el problema de las nacionalidades e intentan relegarlo a un segundo plano, como si no tuviese importancia o como si su solución permitiera aplazamientos sin perjuicio de las concepciones económicas y sociales. En este aspecto creo que debemos aceptar para España una solución idéntica a la que dio la URSS y no conformarnos con otra.

2º – Los estímulos individuales aseguran el éxito de los planes, y en la URSS se tiende a crear una élite, no vitalicia ni hereditaria, para regir la vida y los destinos del pueblo. Así como en las creaciones industriales aprovecharon las normas del progreso norteamericano, también se aprovecharon de los estímulos del liberalismo económico, adaptándolos al sistema socialista. En ningún otro país del mundo se ofrece mejor porvenir a los trabajadores. Un stajanovista puede ganar cinco veces más que un obrero ordinario. Voy a reproducir lo que le escuché a un stajanovista en una conversación: “Cuando nací eramos siete hermanos y teníamos dos pares de zapatos para todos. Mi esfuerzo me llevó a ser técnico de esta fábrica y ahora tengo nueve pares de zapatos y ocho trajes. Mi mujer tiene treinta trajes y quince pares de zapatos. Compré un piano y el Comisario de Industrias pesadas me regaló un automóvil. Descanso dos meses en un balneario y el año pasado conviví con Stalin. Y a mi, que soy un simple obrero, me estrechó la mano“. La selección de hombres se hace en la escuela, en el taller, en la fábrica, en los koljoses y soljoses, y los hombres se elevan automáticamente gracias a su fuerza intelectual o física y salen de su nivel original. La élite que se forma en este país de 170 millones de habitantes asegurará en un plazo breve la hegemonía de la URSS. Y después no se trata de “salvar a los débiles”. Este deber de la humanidad se cumple como en cualquier país capitalista. Allí lo que preocupa principalmente es “fortalecer a los fuertes” e conservarles la fuerza. Las “casas de reposo”, los hospitales, y los balnearios merecen nuestra admiración. Es algo asombroso. Para reponer las fuerzas y restaurar la salud de los obreros y stajanovistas, existen instituciones superiores a las de los millonarios de Inglaterra y Norteamérica. Y la visita que hicimos a los clubs, a los palacios de los pioneros y a los palacios de la cultura, me dieron la impresión de que pronto se creará una élite extraordinaria.

3º – Una inteligente orientación del progreso detiene la fabricación en serie de los objetos puramente utilitarios y jamás estandariza los objetos de privilegio. El metro de Moscú, al ser una obra de carácter utilitario, es una maravilla del arte. Cada estación tiene su estilo y fue dirigida por un arquitecto diferente. Son verdaderos palacios subterráneos, construidos con materiales nobles y preciosos. Ninguna empresa ni ningún Estado capitalista podría llevar a cabo esa obra para el uso y disfrute del pueblo. Se me acaba el papel y no puedo seguir profundizando; pero se me queda en el tintero lo mejor que podía contar a favor de la URSS. Vengo encantado.

En Moscú fui examinado por el gran oculista Oberbaj y resulta que según sus exámenes, perdí el tiempo tratándome como luético, pues, según él, tengo una lesión tuberculosa…esto después de llevar cientos de inyecciones y de saturarme de mercurio. Es para desesperarse si no fuese como soy. En fin; creo que podré ver aún por algún tiempo. Ahora que se me plantea un problema difícil, ¿qué diagnóstico es el verdadero? Para esto necesitaría someterme a un examen que ahora no se puede llevar a cabo en España.

Mañana o pasado llegamos a Londres y pronto saldremos para París. Allí sabré lo que decidió, por fin, Álvarez del Vayo, que como ya le dije en las cartas anteriores, quiere que vaya a Argentina. No sé qué hacer. Y el caso es que debo decidirme pronto. Me duele abandonar Barcelona después de dos años de comportamiento sin mancha, pues aún que no soy un héroe, creo que nuestro deber está en vivir el peligro que corren los demás. Pero por otra parte no tengo nada que hacer allí, porque jamás se me confió ninguna misión y como Diputado nada tengo que hacer. De todos modos hice muchas cosas u salvé nuestro estatuto de una muerte ignominiosa que ya le contaré, si es que llego allí vivo para contarlo.

En Moscú expuse mis diseños (treinta obras). En el Museo de Arte Occidental Moderno (uno de los mejores museos del mundo, basta decir que tiene una sala de Picasso) me dieron una sala. Tuve un éxito rotundo y por allí desfilaron los mejores artistas de la URSS. Ahora VOCS quiere editarme los diseños en una tirada especial, ya les di la autorización e hicieron las fotos necesarias para reproducirlos. Desde luego puedo augurar que en la URSS soy el dibujante revolucionario más admirado y en el Museo de la revolución figuraba en un lugar preferente con los dos álbumes de guerra.

Nada más. Ya le dije que por las prisas en preparar el equipaje perdí las direcciones y solamente recuerdo la suya, que retengo en la memoria. Por eso estas cartas van para usted y para todos los hermanos. Un fuerte abrazo.

Castelao.

A bordo del “Coopertzia” y a punto de atravesar el canal de Kiel
27 de Mayo de 1938

“Obras de Castelao”. Tomo VI: Epistolario. Coord. Henrique Monteagudo. Ed. Galaxia. 2000 (Vigo). Traducido por Cultura Proletaria de Radikales Libres

5 de enero de 2019

Por el 5 de enero, las abarcas desiertas (poema de Miguel Hernández musicalizado por Francisco Curto)



Por el cinco de enero
cada enero ponía
mi calzado cabrero
a la ventana fría.
-
Imagini pentru miguel hernandez reyes magosY encontraba los días 
que derriban las puertas,
mis abarcas vacías,
mis abarcas desiertas.
-
Nunca tuve zapatos,
ni trajes, ni palabras:
siempre tuve regatos,
siempre penas y  cabras.
-
Me vistió la pobreza,
me lamió el cuerpo el río
y del pie a la cabeza
pasto fui del rocío.
-
Por el cinco de enero,
para el seis, yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.
-
Y al andar la alborada
removiendo las huertas,
mis abarcas sin nada,
mis abarcas desiertas.
-
Ningún rey coronado
tuvo pie, tuvo gana
para ver el calzado
de mi pobre ventana.
-
Toda gente de trono,
toda gente de botas
se río con encono
de mis abarcas rotas.
-
Rabié de llanto, hasta
cubrir de sal mi piel,
por un mundo de pasta
y unos hombres de miel.
-
Por el cinco de enero
de la majada mía
mi calzado cabrero
a la escarcha salía.
-
Y hacia el seis, mis miradas
hallaban en sus puertas
mis abarcas heladas,
mis abarcas desiertas.

Poema de Miguel Hernández
Interpretación musical: Francisco Curto
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