1 de octubre de 2021

Bajo la luz de octubre, Juan Gelman


El poeta argentino Juan Gelmán siempre estuvo comprometido en la lucha revolucionaria, y, de hecho, no dudó en participar en los movimientos guerrilleros creados en su país contra la dictadura, formando parte de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y, después, de la rama militar de montoneros, lo que provocó, tras su final, el exilio en Francia hasta los años 90 del siglo pasado.

No tuvo tapujo alguno en defender a todos los movimientos revolucionarios con sus poemas y con sus actos, y de hecho se reconoció tanto stalinista como maoista, algo lógico en todo verdadero marxista-leninista, por encima de personalismos dogmáticos y de la teoría hueca alejada de la práctica, única capaz de hacerla verdaderamente revolucionaria.

A principios de los años 60 visitaría Pekin, y allí quedaría atrapado por el espíritu transformador y revolucionario que daría lugar a la República Popular China y que provocaría, tras el triunfo del revisionismo en la URSS y el inicio de la campaña contra Stalin, un movimiento de resistencia comunista para mantener la lucha de clases y evitar la reinstauración del capitalismo (se estaba gestando ya la futura Revolución Cultural).

Gelman, que terminaría su vida en una lucha personal para encontrar a su nieta, después de la salvaje dictadura argentina que acabaría con miles de desaparecidos, plasmaría su admiración por la Revolución China en poemas como el siguiente, Bajo la luz de Octubre, en el que describe como los "obreros mezclados al otoño" formaban "una corriente de rostros en libertad" en el desfile con motivo del XI Aniversario del triunfo revolucionario:

Era posible en una calle de Pekín,
la mañana pasaba con obreros mezclados al otoño
como llena de rastros de parientes amados, casos íntimos, vuelos,
y cabezas, cabezas,
ondeando al sol entre banderas.

Bajo la luz de octubre
otra luz encendía la oscuridad del aire:
un río de ternura frente a la paz celeste de las puestas,
quiero decir un río de victoria,
o sea: una corriente de rostros en libertad como de plata,
es decir: el otoño sonaba como pisado por millones de pies dulces,
mejor dicho: ocurría la suavidad del alma
como Pekín, como banderas, casos íntimos, rostros
y la Revolución.

Juan Gelman

Camarada Charles Chaplin

¿Fue Chaplin comunista? Nadie lo sabe. Lo que si es cierto, es que, tanto en sus películas como en sus declaraciones, sus palabras hacia la Unión Soviética, los comunistas y sus amigos perseguidos por la política represiva del gobierno de EE.UU, indicaban que simpatizaba con esta ideología. De hecho, el gobierno de EE.UU. le investigó, le persiguió y acabó echándole del país por ser, no solo en el país americano, sino en todo el mundo, un símbolo de la simpatía hacia la Revolución y contra el país que había tomado el testigo del III Reich tras haber sido derrotado este por la Unión Soviética.

Tiempos Modernos
En septiembre de 1952, Charlie Chaplin (1889-1977) miraba a Nueva York desde el barco Queen Elizabeth. Iba rumbo a Europa, para presentar al continente su última película, Mousieur Verdoux . En el barco, Chaplin se enteró de que el gobierno de EE.UU. solo le permitiría regresar a EE. UU., ciudad donde había vivido durante las últimas tres décadas, si se sometía a una investigación de inmigración y naturalización sobre su carácter moral y político. "Adiós", dijo Chaplin desde la cubierta del barco. Se negó a someterse a la investigación. No regresaría a los Estados Unidos hasta 1972, cuando la Academia de Cinematografía le otorgó un Oscar a su trayectoria.

¿Por qué el gobierno de Estados Unidos exilió a Chaplin? La Oficina Federal de Investigaciones (FBI), la policía política del país, investigó a Chaplin desde 1922 en adelante por sus supuestos vínculos con el Partido Comunista de los Estados Unidos (CPUSA). El dosier de Chaplin, de 1.900 páginas de largo, está lleno de insinuaciones y calumnias: los agentes se agotaron hablando con sus compañeros de trabajo y adversarios para encontrar algún indicio de asociación comunista. No encontraron ninguno. En diciembre de 1949, por ejemplo, un agente en Los Ángeles escribió: "No hay testigos disponibles para declarar afirmativamente que Chaplin ha sido miembro de CP en el pasado, que ahora es miembro o que ha contribuido con fondos a este partido".

Tiempos Modernos
Por supuesto que, a partir de 1920, estaba claro que Chaplin simpatizaba con la izquierda. Ese año, Chaplin se sentó con Buster Keaton, el famoso actor de cine mudo, para beber una cerveza en la cocina de la casa del segundo en Los Ángeles. Chaplin estaba en el apogeo de su éxito. Con Douglas Fairbanks, Mary Pickford y DW Griffith, Chaplin había creado la United Artists, una compañía que rompió con el sistema tradicional de los estudios de cine para dar a estos cuatro actores y directores el control de su trabajo. Chaplin estaba entonces trabajando en The Kid (1921), una de sus mejores películas, basada casi con certeza en su infancia. Keaton relató que Chaplin habló "sobre algo llamado comunismo que acababa de escuchar". "El comunismo", le dijo Chaplin, siempre según Keaton, "iba a cambiar todo, abolir la pobreza". Chaplin golpeó la mesa y dijo: “Lo que quiero es que cada niño tenga suficiente para comer, zapatos en los pies y un techo sobre su cabeza”. La respuesta de Keaton fue, siempre según su propio testimonio: "Pero Charlie, ¿conoces a alguien que no quiera eso?"

Chaplin llegó a Estados Unidos poco después de la Revolución Rusa. Vio las crecientes cifras de desempleo y pobreza en los Estados Unidos, una población desempleada que creció de 950.000 (1919) a cinco millones (1921). Esta fue una época de una intensa lucha de clases: las redadas de Palmer llevadas a cabo por el gobierno contra los comunistas, por un lado, y la huelga general en Seattle, así como la batalla de Blair Mountain por parte de los mineros del condado de Logan, Virginia Occidental, por otro.

Las películas mudas de Chaplin estaban bsadas en la figura del Vagabundo, el pobre icónico de una sociedad capitalista moderna. “Soy como un hombre que siempre ha sido perseguido por un espíritu, el espíritu de pobreza, el espíritu de privación”, afirmaba Chaplin. Eso es precisamente lo que se ve en sus películas, desde El vagabundo (1915) hasta Tiempos modernos (1936). "El punto del Little Fellow", dijo Chaplin en 1925 sobre la figura del vagabundo, "es que no importa lo mal que esté, no importa lo bien que los chacales logren destrozarlo, sigue siendo un hombre digno (...) La clase trabajadora, los trabajadores pobres, son personas de gran ingenio y dignidad, que no deben ser derrotados ni burlados". La simpatía de Chaplin por la clase trabajadora define todas sus películas mudas más famosas.

El gran dictador
Fue la popularidad de Chaplin y su mensaje lo que perturbó al FBI. “Hay hombres y mujeres en los rincones más lejanos del mundo que nunca han oído hablar de Jesucristo; sin embargo, conocen y aman a Charlie Chaplin ”, señaló un artículo que un agente del FBI recortó y destacó en el dosier político del actor. La crítica claramente descrita de Chaplin al capitalismo no dejó de impresionar a los pueblos del mundo ni de perturbar al FBI. “No quiero el viejo individualismo rudo”, decía Chaplin en noviembre de 1942, “rudo para unos pocos y andrajoso para muchos”.

Lo que llevó a Chaplin directamente a la órbita de la política institucional de izquierda fue el surgimiento del fascismo. Estaba muy preocupado por la invasión nazi en Europa. La película de Chaplin El gran dictador (1940) fue su sátira del fascismo, una película que todos deberían ver en nuestro tiempo.

Dos años después de que se estrenara esa película, Chaplin voló a la ciudad de Nueva York para ser el orador principal en un evento del Frente de Artistas para Ganar la Guerra, respaldado por los comunistas. Chaplin subió al escenario en el Carnegie Hall el 16 de octubre de 1942, se dirigió a la multitud como "camaradas" y dijo que los comunistas son "gente común como nosotros, que ama la belleza, que ama la vida". Luego, Chaplin ofreció su declaración más clara sobre el comunismo: “Dicen que el comunismo puede extenderse por todo el mundo. Y yo digo - ¿y qué? ( Daily Worker , 19 de octubre de 1942). En diciembre de 1942, Chaplin afirmaba : "No soy comunista, pero me enorgullece decir que me siento bastante procomunista".

Chaplin quedó impresionado por la posición de principios e inflexible adoptada por los comunistas contra el fascismo, ya fuera durante la Guerra Civil española o en el Frente Oriental contra la invasión nazi de la URSS. En 1943, Chaplin dijo de la URSS que era  "un mundo nuevo y feliz" que dio "esperanza y ánimo al hombre común". Esperaba que la URSS “se hiciera más gloriosa año tras año. Ahora que la agonía del nacimiento ha terminado, que la belleza de su crecimiento perdure para siempre ”. Cuando se le preguntó, una década después,por qué era tan elocuente sobre su apoyo a la URSS, incluso con apariciones en los frentes comunistas como el Consejo Nacional para la Amistad entre Estados Unidos y la Unión Soviética y el Socorro de Guerra Ruso, Chaplin dijo: “durante la guerra simpaticé mucho con Rusia porque creo que estaba aguantando el frente ”. Esta simpatía permaneció durante el resto de su vida.

The Kid
Chaplin no había calculado la toxicidad de la era de la Guerra Fría en Estados Unidos. En 1947, dijo a los periodistas: “En estos días, si te bajas de la acera con el pie izquierdo, te acusan de comunista”. Chaplin no se apartó de sus creencias ni traicionó a sus amigos. En esa misma rueda de prensa se le preguntó si conocía al músico austriaco Hanns Eisler, que era comunista y que escribió la música de muchas de las obras de Bertolt Brecht. Había huido de la Alemania nazi a Estados Unidos para trabajar en Hollywood. Eisler había compuesto canciones para el Partido Comunista (también compondría la música para el himno de la República Democrática Alemana - Auferstanden Aus Ruinen). Chaplin salió en su defensa. Cuando se le preguntó sobre su asociación con Eisler en esa conferencia de prensa de 1947, Chaplin dijo que Eisler “es un amigo personal y estoy orgulloso del hecho ... No sé si es comunista o no. Sé que es un buen artista, un gran músico y un amigo muy comprensivo ”. Cuando se le preguntó directamente si para Chaplin habría alguna diferencia si Eisler fuera comunista, dijo: "No, no la habría". Se necesitaba mucho coraje para defender a Eisler, que sería deportado de Estados Unidos unos meses después.

Quizás su película más representativa de la visión que Chaplin tenía de la tiranía capitalista fue "Tiempos Modernos" (1936), donde muestra la brutal explotación a la clase obrera en las fábricas, dónde describe la pobreza de la clase trabajadora americana en los años 30 previos a la II Guerra Mundial. Lógico que admirara la lucha del pueblos soviético contra todo lo que él denunciaba en sus películas. Pero tampoco hay que olvidar otras obras, como "The Kid" (1921), una denuncia contra la extrema pobreza del pueblo americano, o "Un rey en Nueva York" (1957), realizada ya desde el exilio, en Inglaterra, y que es una parodia-denuncia hacia Estados Unidos y la ideología capitalista al más puro estilo Chaplin, pero esta vez ya como cine sonoro (el discurso que pone en boca de su propio hijo pequeño, que actúa también en la película, es una declaración de intenciones del pensamiento de su padre). Y, por supuesto, "El gran dictador", una valiente crítica del fascismo en un momento en el que Estados Unidos todavía no había entrado en la guerra y la clase capitalista norteamericana simpatizaba, y negociaba, enormemente, con el nacionalsocialismo alemán .

En resumen, Chaplin jamás fue militante del PC de EE.UU., nunca se significó como miembro de este, pero siempre estuvo del lado de los pobres, de los explotados, agradecido a la URSS por haber vencido al fascismo en Europa y del lado de todos sus colegas de profesión que eran acusados de comunistas por el país que, al contrario que la Unión Soviética, había recogido el testigo del fascismo enterrado bajo las ruinas del III Reich.

¿Conoces el país de los obreros?, un poema de Louis Aragon y Rafael Alberti.

 ¿Conoces el país de los obreros?, de Louis Aragon, completado por Rafael Alberti, es un poema que apareció publicado en la revista El Mono Azul el 11 de noviembre de 1937.

El Mono Azul fue una revista publicada en el bando republicano durante la Guerra Civil Española bajo el auspicio de la Alianza de Intelectuales Antifascistas para la Defensa de la Cultura, cuyo primer número salió a la luz el 27 de agosto de 1936.

En ella colaboraron los más destacados intelectuales del período, singularmente muchos de ellos componentes de la denominada Generación del 27. Entre ellos destacaron Arturo CuadradoMiguel HernándezLorenzo VarelaAntonio AparicioVicente AleixandreRafael AlbertiManuel AltolaguirreJosé BergamínMaría Teresa LeónLuis CernudaAntonio MachadoRamón J. SenderEduardo Ugarte y María Zambrano; entre los no españoles Pablo NerudaVicente HuidobroAndré Malraux o John Dos Passos.

El nombre fue tomado del mono que usaban los milicianos en el frente de guerra. Su objetivo era llegar a los soldados y hacerlos conscientes de su función en defensa de la Segunda República y la democracia frente al fascismo representado por los sublevados. Como ella y por las mismas fechas aparecieron Milicia Popular, Avance o A vencer, entre otras muchas.

Muchos escritores antifascistas de toda Europa también publicaban sus poemas en sus hojas. Es el caso de Louis Aragon, el genial poeta comunista francés, destacado representante de corrientes como el surrealismo, que siempre dio un paso al frente en la lucha contra el fascismo, tanto en el caso de España, donde no dudó en apoyar decididamente a la República, como luego frente al nazismo.

En su poema "¿Conoces el país de los obreros?", que aquí transcribimos, Aragon nos recuerda que la Unión Soviética era el país de los obreros de todo el mundo, de todos aquellos que creían en la libertad y en la justicia, "de las granjas, mineros, marineros, metalúrgicos, tipógrafos, ferroviarios"; que era el único país donde la mujer "ya no es más tu sirviente, ya no es más tu querida, ya no es más tu mujer, pero sí una mujer; el país "sin patronos, sin putas y sin curas". Pero además, la esperanza de los pueblos orprimidos de todo el mundo, la esperanza de Asia, de África, del Mundo.

Al final, en forma de nota a pie de página, Rafael Alberti subraya, con sus versos, que ese país, precisamente por todo lo que Aragon contaba, estaba siendo atacado por los perjudicados de que los trabajadores sean allí los amos: ""contra ese país se construyen cañones, se alimentan caballos, se llena el mar de buques, el viento de aviones", En definitiva. recuerda Alberti, defender la Unión Soviética y lo que representa, "la estrella que en la lucha te guía, la fuerza que tu sangre reclama en cada hora", es defender el país de todos los trabajadores, es luchar por las conquistas, la esperanza y el futuro de toda la clase obrera.

¿Conoces el país de los obreros?, de Louis Aragon, completado por Rafael Alberti.

¿Conoces el país 
que mece la eglantina?
Huyó el águila cuando 
la insurrección de octubre
derrotó a los rentistas.
¿Conoces el país 
donde se abren los ojos
de la infancia al futuro, y no sobre el pasado;
en donde la mujer
ya no es más tu sirviente,
ya no es más tu querida,
ya no es más tu 
mujer, pero
sí una mujer;
el país sin patronos, sin putas y sin curas;
el país 
donde no
tienen dueño las flores,
el país
de las granjas
mineros,
marineros,
metalúrgicos, tipógrafos, ferroviarios.
¿Conoces el país
de las grandes cocinas?
¿Conoces 
el país que brilla en la mañana,
que es rocío en los labios del África oprimida,
miel
en el corazón del Asia,
la meta de los negros y el cielo de los blancos?
¿Conoces 
el país
donde la noche da la mano al día,
el país
de la esperanza y la canción que nace,
el país
del trigo verde aún del materialismo,
el país 
que es la pupila del Universo,
la salamandra del sol;
el país
de los granos,
crisol,
de las semanas,
el país, el país donde el llanto del Mundo
formará un bello día el diamante del día?
¿Conoces el país de los obreros? (1)

                         Louis Aragon

(1) Allí la paz trabaja el horror a la guerra.
Labora allí la paz,
bloqueada de perros que por dientes enseñan bayonetas.
Y contra ese país
se construyen cañones,
se alimentan caballos,
se llena el mar de buques,
el viento de aviones,
y contra su aire puro,
constra sus hombres puros, se preparan los gases de la muerte.
¿Conoces, camarada,
conoces tu pais?
De él viene la estrella que en la lucha te guía,
la fuerza que tu sangre reclama en cada hora.
¿Lo conoces tú bien?
Escucha. Se oyen balas contra la Unión Soviética.

                                                          Rafael Alberti

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Poema transcrito por Cuestionatelotodo (CTT), del ejemplar del jueves 11 de noviembre de 1936 de El Mono Azul.


28 de septiembre de 2021

El asesinato de Rosa Luxemburgo y Carlos Liebknecht, contado por la bolchevique Elisabeta Yakovlevna Drabkina

El 15 de enero de 1919 la burguesía alemana acababa con la vida de Rosa Luxemburgo y Carlos Liebknecht, en Berlín, para detener el avance del movimiento obrero y de la Revolución en Alemania. En su obra Pan duro y negro, la bolchevique Elizaveta Drabkina describe cómo fue aquel día triste para la humanidad y, especialmente, para los trabajadores del mundo, en el marco de su estancia en Alemania en contacto con el movimiento espartaquista.

Elisaveta Yakovlevna Drabkina, hija de la bolchevique Feodosia Drabkin ("Natasha") y de Iakov Drabkin, quien, con el seudónimo "Sergei Gusev", luego sería Presidente del Comité Militar Revolucionario del Soviet de Petrogrado, tuvo una vida íntimamente ligada al Partido Bolchevique y a la Revolución Rusa.
Imagini pentru rosa luxemburgo y karl liebknecht
En su infancia, Drabkina acompañaba a su madre en viajes a Helsinki para comprar armas para los bolcheviques. Cuando tenía cinco años la represión que siguió a la Revolución de 1905 obligó a su padres a pasar a la clandestinidad. Ella no volveria a verlos hasta la Revolución de Octubre, 1917. 

En su adolescencia se incorporó al Partido Bolchevique, fue voluntaria de los Guardias Rojos y participó en la toma del Palacio de Invierno. A los 17 años de edad pasó a servir de secretaria a Yakov Sverdlov en el Instituto de Smolny. En los años siguientes se casó con el también bolchevique, Aleksandr Solomonovich Iosilevich, de quién luego se divorciaría.

Sus obras, algunas publicadas póstumamente, enfocan en los eventos y las figuras que definieron su vida, principalmente su experiencia revolucionaria, los revolucionarios con los que compartió militancia y la Revolución de Octubre hasta aquel 26 de octubre, 7 de noviembre de 1917, en el que Lenin, en Smolny, diría aquello de "Camaradas: la revolución obrera y campesina, cuya necesidad han proclamado siempre los bolcheviques, ha triunfado...".

Imagini pentru spartakus rosa luxemburgoEn su obra Pan duro y negro, Elizaveta Drabkina, que representa el papel activo y protagonista de la mujer rusa en la lucha revolucionaria que dio lugar al primer estado obrero de la historia, la Rusia Soviética y, luego, la URSS, describe su vida previa a la Revolución, la militancia clandestina de sus padres y, en definitiva, la suya propia, sus experiencias junto a Lenin, o Nadejda Krupskaia, y su participación en primera persona en los acontecimientos principales del triunfo de la clase trabajadora y campesina rusa en la noche del 6-7 de noviembre de 1917 (25-26 del calendario juliano oriental), además de la posterior guerra civil contra el terror blanco y los estados imperialistas que lo apoyaron que terminaría, como continuación del espíritu revolucionario de Octubre, en la victoria del proletariado soviético y el triunfo total de la Revolución.

También conocería a Rosa Luxemburgo y a Carlos Liebknecht, estando en Berlín aquel funesto día, 15 de enero de 1919, en el que la burguesía acabara con la vida de ambos intentando destruir al movimiento obrero y revolucionario alemán.

Compartimos a continuación los capítulos en los que Feodosia Drabkin describe su estancia en Alemania y su contacto con los máximos representantes del movimiento espartaquista, además de narrar el cobarde asesinato  durante su traslado a prisión, por sicarios del gobierno del socialdemócrata Friedrich Ebert, de Rosa Luxemburgo y Carlos Liebknecht.

Así termina Drabkin su relato:

"Detrás de los dentados tejados de Kitaigorod apuntaba el disco anaranjado de la luna. Entre las columnas de la Casa de los Sindicatos pendían, enmarcados en rojo y con crespones de luto, los retratos de Carlos Liebknecht y Rosa Luxemburgo, al pie de los cuales estaba escrito con grandes letras: El mejor desquite por la muerte de Liebknecht y Luxemburgo es la victoria del comunismo!""

Entrevistas en Berlín

Desde la estación nos encaminamos a casa de una hermana de Kurt llamada Erna. Kurt sabía que la única hija de ésta había muerto y el marido había caído en Verdún.
En las calles se agolpaba un gran gentío. Constantemente se oía un ruido extraño. Eran las suelas de madera que golpeaban las losas de las aceras. Un inválido ciego al que faltaban las dos piernas, sentado en un carrito, arrancaba a un acordeón las notas de una melancólica canción. En las paredes de las casas había pegados carteles en colores negro, blanco, rojo y verde. En letras gruesas repetían infinitamente: "¡"Spartak" nos conduce a la tumba; el orden nos dará el pan!", "¡Orden o bolchevismo!", "¡Orden o hambre!", "¡Orden o muerte!" "Abajo "Spartak"!", "¡Abajo los bolcheviques!"
La hermana de Kurt vivía en una casa grande de ladrillo, habitada por gente pobre de la ciudad. En el patio jugaban sin alegría niños macilentos y mal vestidos. Por una escalera estrecha y empinada, con barandilla de hierro, subimos al sexto piso. Nos abrió la puerta una mujer de rostro demacrado con las manos llenas de espuma de jabón. Hacía sólo tres años que no se veían los hermanos. Sin embargo, de momento, no se reconocieron.
Según habíamos convenido, Kurt previno a la hermana que debía presentarme a los vecinos como su esposa. Erna me sacó un vestido y ropa interior de su difunta hija y puso agua a calentar. Mientras Kurt y yo nos lavábamos uno después de otro, la hermana salió de compras.
Sobre la mesa apareció una pomposa tarta de bizcocho con fruta confitada, salchichón y el té servido en las tazas. Pero la tarta era de patata helada; la fruta confitada, de una viscosa pasta de almidón con sacarina; el chorizo, de guisantes y el té, una infusión de hojas de haya. Para comprar todo aquello, Erna había vendido su único anillo de oro.
Estábamos tan cansados que dormimos casi 24 horas como lirones. Al día siguiente, Kurt marchó a buscar a sus camaradas y yo me quedé en casa. Llamaban constantemente a la puerta: eran vecinas que venían a ver a la "pequeña mujer rusa". Conseguimos entendernos de alguna manera; ellas me preguntaban y yo les preguntaba a ellas. Cualquiera que fuera el tema de la conversación, ineludiblemente iba a parar a lo que más torturaba su imaginación: el hambre.
En Rusia conocíamos bien lo que era el hambre. Meses enteros vivimos con medio cuarterón de pan y hubo días que ni siquiera eso recibíamos.
Y de todos modos el hambre que nosotros sufríamos era distinta de la que me contaban las mujeres de los obreros alemanes. Nosotros pasábamos hambre a causa de la guerra; ellos, en aras de la guerra. Nuestro hambre era una desgracia de la que siempre teníamos la esperanza de librarnos tan pronto tomáramos el Poder, tan pronto derrotáramos a los blancos y a los intervencionistas y pusiéramos en marcha la producción. El hambre de ellos era el hambre de los condenados.
Era un hambre calculada, reglamentada por la máquina implacable de la guerra. Se había previsto con muchos años de antelación cada espiga que debía crecer, cada recién nacido que debía morir de hambre apenas venido al mundo, cada adolescente que debía llegar a mozo para después hacer de él carne de cañón.
Ahora la máquina militar alemana se había derrumbado, pero el hambre continuaba. La socialdemocracia encaramada en el poder rechazó el pan de los obreros rusos prosternándose ante el Presidente de EE.UU. Hacía ya mes y medio que estaba tirada a sus pies, y Wilson hacía con Alemania el frío juego del ratón y el gato. Hasta entonces, no había dado ni un gramo de víveres. En lugar de pan asaeteaba con incontables mensajes, en los que con repugnante gazmoñería e hipocresía se extendía en consideraciones acerca del humanismo y la civilización, exigiendo al mismo tiempo que Alemania acabara con "Spartak", estrangulara a los comunistas alemanes. Entonces Norteamérica daría pan. El pan lo serviría solamente sobre la tumba de la revolución.
Ebert y Scheidemann no deseaban otra cosa. Señalaban a la clase obrera alemana la muerte por hambre que se cernía sobre sus cabezas y decían: "¡Mira! ¡Esa es tu alternativa: el hambre o la revolución! ¡Si no quieres morir de hambre, acaba con la revolución!"
Al segundo o tercer día de llegar asistimos a una reunión sindical de los electricistas del distrito. La reunión se celebraba en una cervecería, repleta de gente. Los obreros estaban sentados alrededor de las mesitas, bebían cerveza adulterada, echaban bocanadas de humo de algo que quería parecerse al tabaco. Muchos estaban de pie en los pasillos o sentados en las ventanas. En el estrado, sobre la mesa de la presidencia, se elevaban las canosas cabezas de los "bonzos sindicales". Cada uno tenía delante una jarra llena de cerveza hasta los bordes.
Empezó la reunión. Se concedió la palabra a unos de aquellos "bonzos". Mostró suavemente su disconformidad con las acciones de Wilson y su acerba indignación contra la actuación de los espartaquistas y propugnó que se hicieran voluntariamente restricciones: solamente éstas podían asegurar la victoria de la revolución. Afirmaba que era necesario defender la propiedad y el capitalismo, pues sin el capitalismo no hay trabajo ni pan. Algún día, cuando llegara la hora, se degollaría al marrano, pero hasta entonces, debían evitar que estirara la pata, cebado bien, para que diera más tocino.
El discurso del orador era interrumpido por ruido y gritos que partían de distintos sitios.
La atmósfera se fue caldeando. Pero de pronto los "bonzos" de la presidencia se intranquilizaron y todos al mismo tiempo dirigieron la vista a la puerta de entrada. La sala se estremeció. En las filas de atrás se oyeron exclamaciones de saludo. Todos se pusieron en pie, muchos se quitaron los sombreros y empezaron a lanzarlos a lo alto gritando: "¡Viva Liebknecht!", "¡Viva el jefe del proletariado alemán!"
Liebknecht entró lentamente en la sala. Era un hombre de elevada estatura, entrecano, de cara delgada, ojos profundos y relucientes que parecían iluminar su rostro. En los últimos años, la vida le había deparado una cadena continua de pruebas: el frente, el tribunal de guerra, trabajos forzados; ahora, hacía esfuerzos sobrehumanos para salvar la revolución.
El discurso de Liebknecht fue una resuelta condena a los scheidemannistas, que habían vendido y traicionado la revolución, una condena a las gentes fluctuantes: los Kautsky, los Haase y otros de su jaez, cuya traición enmascarada era más peligrosa aún.
Liebknecht dijo que el 9 de noviembre los obreros y soldados habían tomado el poder, pero lo perdieron inmediatamente debido a que los scheidemannistas, con la connivencia de los "independientes", débiles de carácter, fueron devolviendo por partes el poder a la oficialidad reaccionaria. Exigió que Hindenburg y los generales del Kaiser, que de hecho dirigían los Soviets de Soldados, fueran inmediatamente destituidos y arrestados. Desenmascaró a Ebert y Scheidemann y mostró que no se ocupaban de otra cosa que de perseguir al "Spartak", desarmar a los obreros y armar a las bandas contrarrevolucionarias. Citó hechos que atestiguaban con evidencia irrebatible que ya se había creado la guardia blanca, que disponía de infantería, caballería, artillería pesada y ametralladoras. Los regimientos de guardias blancos, acantonados entre Berlín y Potsdam, estaban destinados a aplastar al proletariado revolucionario de Berlín.
- ¡El Gobierno Ebert-Scheidemann ha asestado una puñalada a la revolución! -exclamó Liebknecht-. Si triunfa la contrarrevolución, estos perros sin escrúpulo alguno llevarán al paredón a decenas de miles de obreros. Si el proletariado tolera que Ebert y Scheidemann sigan mandando, pronto volverá la más negra reacción. ¡Que se vayan al infierno esos señores! ¡Viva la revolución alemana y mundial!
Desde la presidencia, los "bonzos" trataron de interrumpir a Liebknecht con gritos, pero luego optaron por callar, al darse cuenta de que los ánimos del auditorio no estaban de su lado. Parte de los que llenaban la sala ahogó las palabras de Liebknecht con sus clamorosos aplausos, los restantes escuchaban en medio de un silencio sombrío, abatidos por la incontestable verdad de sus argumentos. Aunque aquellos honestos proletarios berlineses experimentaban gran confusión a causa de los muchos años de mentiras scheidemannistas, la intuición de clase les llevaba hacia Liebknecht, hacia el "Spartak".
Para que esta tendencia interna se convirtiera en apoyo activo, real, hacía falta tiempo. Los scheidemannistas decidieron no dar este tiempo al proletariado alemán y empezaron a buscar pretextos para echar a las masas a la calle y provocar una matanza sangrienta.
Cuando partí de Moscú, el Comité Central del Komsomol me encomendó transmitir a los jóvenes espartaquistas alemanes un saludo del Primer Congreso de la Unión de Juventudes Comunistas. Ahora hablaba dos y tres veces al día ante los jóvenes obreros berlineses.
Escuchaban con fija atención, hacían miles de preguntas, me ayudaban a hallar las palabras que me faltaban, a veces estallaban en carcajadas ante los inverosímiles descubrimientos que hacía en el idioma alemán.
Después de las reuniones me rodeaban. Todos deseaban reiterar una y otra vez las palabras de amistad y fraternidad revolucionaria que yo debía transmitir en su nombre a la juventud revolucionaria de la Rusia Soviética.
Aquellos días me entrevisté con Rosa Luxemburgo, "Rosa Roja", como la llamaban los obreros alemanes. A través de los camaradas me pidió que fuera a verla a una casa en Schöneberg. Difícilmente fuera su casa; debía ser de alguno de sus amigos.
Llegué un poco antes de la hora señalada. Rosa no había venido todavía. Hojeaba yo un volumen de Goethe, cuando sonó brevemente el timbre, como si lo hubiera rozado un pájaro con sus alas.
Rosa se quitó las botinas en el recibidor y, con el sombrero y el abrigo de piel puestos, corrió a la habitación y me atrajo hacia sí. Me conocía desde mi niñez y quería mucho a mi madre. La última vez que nos habíamos visto fue cuando estuvimos un verano en el litoral alemán siete años atrás. A la sazón hacía un tiempo claro, el cielo era transparente, y de la mañana a la noche nos estábamos en la dorada arena o recogíamos flores en el campo para formar un herbario.
Los recuerdos de aquellos tiempos reconfortaron por un instante nuestras almas. Rosa quería verme, ante todo, para conocer lo más posible de la Rusia Soviética, de la Revolución rusa. Me preguntó por Lenin, se interesó por su salud, me asediaba a preguntas acerca de los días de Octubre y de los frentes de la guerra civil, escuchaba con el semblante arrebolado y de nuevo volvía a preguntar.
... Estuvimos hablando hasta muy tarde. Antes de terminar, Rosa me dijo que soñaba con hacer un viaje a la Rusia Soviética.
- Iré, iré sin falta, iré en los próximos meses. ¡Necesito tanto ver a Lenin, hablar con él! -repetía.
Llegó la hora de separarnos. Nos despedimos. Rosa me contempló desde la puerta, alegre, animosa, con sus hermosos ojos negros.
- ¡Hasta pronto! -dijo.
¿Podía yo pensar, acaso, que era la última vez que la viera?
El 29 de diciembre, domingo, se enterraba a los marinos caídos en las calles de Berlín durante el sangriento desarme de la división revolucionaria de marina. Era el tercer entierro de víctimas, en Berlín, en las siete semanas de revolución. Pero esta vez, en los ataúdes forrados de tela roja iban los cadáveres de los que habían sido masacrados por orden del Gobierno socialdemócrata.
Era un frío y nuboso día de diciembre. Cuando llegamos al lugar ya se había congregado mucha gente. Venían de todas partes. Llamaba la atención la multitud de banderas y carteles rojos.
El cortejo fúnebre se encaminó a Friedrichshain, el cementerio de los caídos en las jornadas de marzo de la revolución de 1848. El camino pasaba a través de los barrios de la burguesía. Sobre las casas ondeaban provocativas las banderas negro-blanquirojas. Los féretros con los cadáveres fueron colocados en elevados catafalcos, tirados por negros corceles cubiertos de gualdrapas fúnebres.
"¡Abajo Ebert y Scheidemann!" -decía la consigna escrita en las pancartas. Lo mismo gritaban los que acompañaban a los camaradas caídos.
En las aceras se agolpaba el público burgués. Cubría de improperios y maldiciones a los que iban en los ataúdes y a quienes formaban el cortejo. El aire mismo parecía pesado, hasta tal punto estaba saturado de odio.
Se acercaba el Año Nuevo. Aunque los tiempos que corrían eran alarmantes, los espartaquistas amigos de Kurt decidieron celebrarlo juntos. Organizaron la cena, aportando cada uno lo que pudo: éste, unas pocas patatas; aquél, unos nabos; otro, un paquete de café de bellotas. Un camarada consiguió, incluso, una botella de vino de Mosela.
Se bebió el vino; se dio buena cuenta de la frugal cena y la conversación giró en torno al tema que interesaba a los allí presentes: la suerte de la revolución alemana.
Entre los reunidos en la velada de Año Nuevo se pusieron de manifiesto profundas divergencias en los problemas de la lucha práctica; muchas cosas no estaban claras para ellos, otras las confundían y se equivocaban. Pero les unía lo principal: la decisión de luchar hasta el fin y una fé inquebrantable en el futuro. Parafraseando las famosas palabras de Lutero, uno de los camaradas dijo:
- ¡La Alemania socialista triunfará! ¡Esta es mi opinión y no puede suceder de otro modo!
Eran cerca de las dos cuando golpearon a la puerta de una manera convenida: dos golpes seguidos, el tercero después de un intervalo. Entró un camarada al que yo desconocía y a quien todos llamaban Walter.
- ¡Queridos amigos! -dijo-. En la vida del proletariado alemán acaba de producirse un gran acontecimiento: el Congreso de partidarios del "Spartak" ha tomado el acuerdo de crear el Partido Comunista de Alemania.
De haber estado allí solamente nosotros, los jóvenes, nos hubiéramos puesto a gritar de entusiasmo. Pero había gente que acababa de salir de la clandestinidad sufrida en la época del Kaiser y que sabían que el mañana habría de depararles quizás una clandestinidad más dura todavía. Se unieron las manos, entrelazándolas sobre la mesa en un solo apretón. Entonaron La Internacional como la cantan en los presidios, con la boca cerrada, pronunciando las palabras para adentro. ¡Qué impresionante fuerza, cuánta ira y esperanza había en aquellos solemnes acordes apenas audibles del himno de la clase obrera mundial!
Nos dispersamos al amanecer. Por la amplia calle desierta corría en dirección a nosotros un hombre que cojeaba un poco. En una mano sostenía un cubo con engrudo, en la otra un rollo de proclamas de vivo color verde. Corría de una casa a otra; con un ágil movimiento untaba la proclama de engrudo y la pegaba en la pared.
Kurt encendió la linterna de bolsillo y leímos un llamamiento de la "Liga antibolchevique", dirigido al pueblo alemán, en la que se anticipaba la futura voz de Hitler:
¡Duermes, Bruto!
¡Despierta!
¡Despierta, pueblo alemán!
¡Comprende el peligro que te amenaza: el bolchevismo!
. . . . .
¡Todos a la lucha contra el «Spartak"!
¡Pueblo alemán, despierta!

"¡Fui, soy y seré!"

Hacía ya una semana que habíamos llegado a Berlín. Se acordó que, en la primera posibilidad que se presentara, marcharía a Moscú. Mientras tanto, ayudaba a Erna; lavaba para las casas ricas. En Alemania habían quedado muchos señores, así que trabajo no faltaba.
El sábado, cuatro de enero, Kurt regresó antes de caer la noche; traía los bolsillos llenos de octavillas. Era portador de importantes noticias: el Gobierno había destituido del cargo de jefe de policía al "independiente" Eichhorn y designado en su lugar al socialdemócrata de derecha Eugen Ernst.
- Estos señores han decidido hacernos la guerra -dijo Kurt reuniendo en la escalera a la gente obrera de la casa-. ¡Pero nos veremos las caras!... ¡Los vamos a mandar al diablo!
A la mañana siguiente nuestra casa se puso en movimiento temprano, cosa que no era habitual los domingos. Por lo menos en una tercera parte de los pisos se oían portazos y silbaban los infiernillos en los que se hacía el café.
Al principio salieron de nuestra casa unas treinta personas. Luego se les unieron otras. Un inválido del tercer piso, que había perdido en la guerra el brazo derecho, tenía una bandera roja que había escondido después de las jornadas de noviembre.
De todas partes afluían grupos de gente que se dirigía a Unter den Linden. En la densa niebla matutina surgían aquí y allá banderas rojas, se oían gritos: "¡Abajo Ebert y Scheidemann!", "¡Viva Liebknecht!", "¡Viva Eichhorn!"
Cerca del mediodía alguien propuso dirigirse al palacio del canciller del Reich, residencia del Gobierno. En el enorme edificio parecía que no había vida, las ventanas tenían corridos los tupidos y oscuros cortinajes; las altas puertas macizas parecían cerradas con siete candados.
Volvimos de nuevo a Unter den Linden. Los manifestantes continuaban de pie. Luego, no sabiendo qué hacer, empezaron a dispersarse. Regresé a casa con los vecinos. Kurt se marchó a buscar a los camaradas. Tardó en regresar y dijo que una parte de los manifestantes había ocupado las redacciones del periódico socialdemócrata Vorwärts y de varios periódicos burgueses y que se había acordado ir a la huelga general al día siguiente.
Aquella noche apenas si se durmió en nuestra casa. Antes de amanecer, los obreros se encaminaron a sus fábricas. No se publicó ni un sólo periódico burgués.
Kurt no quería llevarme con él; pero yo le convencí. Era muy temprano, la mañana se despertaba en medio de una niebla grisácea. Todavía estaban encendidos los faroles, proyectando sombras difusas.
En la plaza situada delante de la Jefatura de Policía se congregó mucha gente. Había empezado a clarear. La niebla se esfumaba. La muchedumbre se agolpaba cada vez más. Por todas las calles adyacentes a la plaza avanzaban acompasada e inconteniblemente oscuras columnas, sobre las cuales ondeaban las banderas rojas. Muchos llevaban armas. Kurt vio aparecer entre la niebla a un muchachillo obrero que llevaba en cada hombro un fusil.
- ¡Camarada: dame uno! -pidió Kurt.
- ¡Toma!
La plaza no podía dar cabida a todos los que llegaban; la gente llenaba las calles vecinas y se apretaba, formando una masa compacta que se extendía a lo largo de varios kilómetros. Se había reunido no menos de medio millón de personas. Nunca había visto Berlín una manifestación tan potente de proletarios revolucionarios.
Hacía mucho frío. Por el cielo se arrastraban muy bajas las nubes. La gente aterida y mal abrigada se movía sin cesar para combatir el frío, mirando pacientemente el edificio de la Jefatura de Policía. Allí se celebraba una amplia reunión de los "decanos revolucionarios" cuyos componentes eran en su mayoría "independientes". De vez en cuando uno de los reunidos salía al balcón y decía algo. El gentío transmitía sus palabras: "La reunión continúa", "Se examina la cuestión", "De un momento a otro se llegará a un acuerdo".
De este modo transcurrió una hora, otra y otra. La gente continuaba esperando. Una hora más, dos, tres. Ya oscurecía, la niebla se iba haciendo de nuevo más densa, pero la gente permanecía en pie, temblando de frío con finas cazadoras de poco abrigo, cosidas en su mayoría de viejos capotes de soldado. Había venido para vencer o morir, y estaba dispuesta a aguardar, en tanto le quedaran fuerzas, hasta que la lanzaran al combate.
En la Jefatura de Policía continuaban reunidos. Al fin apareció en el balcón el orador de turno.
- ¡Camaradas! -gritó-. Hemos acordado entrar en negociaciones con el Gobierno. ¡Marchaos a casa! ¡Si hacéis falta os llamaremos!
Por la muchedumbre rodó un murmullo de perplejidad y de ira: "¿Cómo? ¿Qué conversaciones puede haber con Ebert y Scheidemann?"
- Tenemos noticias de que el Gobierno está dispuesto a hacer concesiones de buen grado y acepta las negociaciones -gritó el orador-. ¡Como nosotros, está interesado en que lo haya derramamiento de sangre!
Pero el orador se equivocaba por entero. Mientras 500.000 proletarios berlineses permanecían en la calle y en la Jefatura de Policía estaban reunidos sin cesar, en el despacho de Ebert, en el palacio del canciller del Reich, en la Wilhelmstrasse, se habían reunido los líderes del partido socialdemócrata. Allí se encontraba también el socialdemócrata de derecha Gustavo Noske, ex gobernador de Kiel.
Los que habían visto a Noske decían que era un hombre de tronco corto y pesado y con unas manazas enormes que no correspondían a su estatura. Nunca intervenía el primero, escuchaba largo tiempo a los demás, volviéndose hacia el orador con todo su cuerpo. Luego se levantaba, apoyándose en la mesa con sus puños descomunales y empezaba a decir sin rodeos, con frases cortas y desabridas, lo que Ebert y Scheidemann aderezaban con todo género de equívocos.
Así ocurrió en esta ocasión. La destitución de Eichhorn fue el primer acto de la provocación tramada por estos señores, a fin de sacar las masas a la calle y a renglón seguido organizar una represión sangrienta. La provocación se había logrado, las masas se echaron a la calle; era llegada la hora de proceder a la represión.
Unos años después, en su libro de memorias De Kiel a Kapp, Noske contaba: "Alguien me preguntó: "¿No pones manos al asunto?" A esto respondí brevemente: "¡Por qué no! ¡Alguno de nosotros tiene que asumir el papel de perro sanguinario!"
Noske fue designado comandante en jefe de las tropas encargadas del orden. Sin perder ni un minuto, acompañado de un capitán joven vestido de paisano, se dirigió al edificio del Estado Mayor General, al objeto de examinar la situación con los generales del Kaiser que allí se encontraban y tomar las medidas necesarias. Pasada la Wilhelmstrasse tropezaron en la Unter den Linden con una patrulla obrera; pero les bastó con urdir una patraña inverosímil para que les dejaran pasar.
En una habitación del edificio del Estado Mayor estaban reunidos muchos oficiales y varios generales. Tenían preparada la orden nombrando al general Hoffmann jefe de las fuerzas punitivas. La aparición de Noske y su declaración de que a él se le había encomendado el mando supremo de las fuerzas punitivas fueron acogidas con ruidosas muestras de aprobación: los oficiales y generales del Kaiser habían aprendido algo en los últimos meses y se daban perfecta cuenta de que, en aquellas condiciones, Noske era mucho más útil que Hoffmann.
En aquella reunión se acordó trasladar el Estado Mayor de Berlín a Dalem, y concentrar en la región de Potsdam las fuerzas de choque para reprimir al Berlín revolucionario.
Regresamos tarde a casa. Erna había preparado una sopa de nabos.
Después de comer, me senté en una silla junto a la estufa.
- ¿En qué piensas? -me preguntó Kart.
-En nada...
Sentía escalofríos; por mi imaginación pasaban ideas incoherentes. En un estado semiinconsciente vi un gran barco, brillantemente iluminado, que navegaba raudo en la noche por un anchuroso río. Luego me di cuenta que no era un buque, sino el Smolny resplandeciente de luces, tal y como apareciera en las grandes jornadas de Octubre.
Sonó el timbre. Vino uno de los camaradas con los que habíamos celebrado el Año Nuevo. Me dijo que no fuera a ningún sitio. Todos los ciudadanos soviéticos que se encontraban en Berlín debían permanecer en casa; los scheidemannistas podían organizar cualquier provocación si caía en sus manos alguien de los rusos.
El camarada propuso a Kurt que fuera con él. Kurt se vistió y tomó el fusil que le había dado por la mañana un joven obrero. Una fuerza incontenible me impulsaba a abrazarle y besarle. Permanecí de pie, acariciando la manga de su capote hasta que se marchó.
Entonces empezaron para mí tormentosos y duros días de espera. Kurt no regresó aquel día, ni al siguiente, ni al otro. No había periódicos y la gente que iba a la ciudad traía los rumores más fantásticos y contradictorios.
El jueves recibimos una breve nota de Kurt, Decía que se encontraba en la redacción del periódico Vorwärts ocupada por los obreros revolucionarios. El camarada que trajo la nota dijo que Liebknecht hablaba de la mañana a la noche en diversos lugares de la ciudad. Rosa también. Los obreros habían conseguido apoderarse de varios establecimientos oficiales y estaciones. En distintos confines de la ciudad se producían choques con los partidarios del Gobierno.
La noche del viernes al sábado llegó a nuestros oídos un fuerte tiroteo. Hasta entonces en la ciudad había fuego de fusilería, pero ahora se oían las ametralladoras y artillería.
El sábado llamó a nuestra puerta el inválido del tercer piso. Dijo que por la parte de Potsdam habían entrado en la ciudad tropas gubernamentales, a la cabeza de las cuales iba Noske. Habían asaltado el local del periódico Vorwärts.
Todo el día estuvimos esperando a Kurt; durante la noche del sábado al domingo no pegamos un ojo. Pero Kurt no vino.
Las tropas del Gobierno continuaron limpiando de insurgentes la ciudad. El lunes, los obreros fueron desalojados de sus últimos reductos fortificados. Después de un intervalo de una semana, salieron los periódicos burgueses y Vorwärts. En las primeras páginas se destacaba en gruesos titulares: "¡La tranquilidad es completa en Berlín!"
"¡La tranquilidad es completa en Berlín"! -escribía por aquellos días Rosa Luxemburgo- "¡La tranquilidad es completa en Berlín!" -afirma la prensa burguesa triunfante, corroboran Ebert y Noske, repiten los oficiales del "ejército victorioso", a los que la muchedumbre burguesa saluda en las calles de Berlín… "Spartak" es el enemigo y Berlín, el lugar donde nuestros oficiales pueden vencer. Noske es el general que sabe obtener victorias donde fuera incapaz de lograrlas el general Ludendorff".
Y dirigiendo a los enemigos del proletariado las últimas palabras que había de escribir en su vida, "Rosa Roja" exclamaba con odio:
"¡La tranquilidad es completa en Berlín!" Sois unos lacayos obtusos. Vuestra tranquilidad se asienta sobre arena movediza. La Revolución se alzará de nuevo mañana y a los sones de trompetas que os harán temblar anunciará: "¡Fui, soy y seré!"

Tristis

Pasaron el sábado y el domingo. Erna y yo permanecimos todo ese tiempo tratando de vencer la emoción, atendiendo a cada ruido en la escalera. Pero Kurt no venía.
El domingo decidimos ir al lugar de donde había llegado la última noticia de él, a la redacción de Vorwärts.
Las calles eran un hormiguero de gente endomingada. Señoras y señores atildados se paseaban, contemplando alegremente las huellas del reciente combate; daban cariñosos golpecitos en la coraza de acero de los blindados que habían entrado en Berlín, encabezando el desfile de las tropas de Noske; se deleitaban en la lectura de las consignas que se veían por todas partes: "¡Muera Liebknecht!" "¡Muera Rosa Luxemburgo!"
La soldadesca saciada, ebria de sangre, era el héroe de la jornada. Los oficiales, atusándose los bigotes a lo Kaiser, acogían benevolentes las sonrisas de las damas. Los soldados rebuscaban por sótanos y buhardillas a los obreros escondidos. Cuando la caza daba resultado, arrojaban al hombre golpeado y sangriento a la muchedumbre, y las engalanadas damas lo pisoteaban con los altos tacones de sus botinas de moda, sujetas con cordones hasta las rodillas.
Helada de espanto me agarré al brazo de Erna. Aquello me recordaba la represión contra los hombres de la Comuna de París, que conocía por mis lecturas. Estos señores no habían leído ni a Arnould ni a Lissagaray, pero actuaban exactamente del mismo modo que los versalleses. Evidentemente, para ser verdugo burgués bastaba ser simplemente burgués.
Por fin, conseguimos dominarnos y entrar junto con aquella enfurecida muchedumbre en la redacción del Vorwärts. Allí olía a sangre y a humo de pólvora. A la entrada se veían los restos de la barricada que los obreros habían levantado con resinas de periódicos y. rollos de papel. Los rollos formaban la base de la barricada, las resmas estaban reforzadas con alambre y colocadas de manera escaqueada, a fin de dejar orificios para las troneras.
Seguimos adelante, esperando y temiendo al mismo tiempo ver alguna cosa que denotara la suerte que había corrido Kurt. Por todas partes se veían salpicaduras de sangre, en las paredes había fragmentos de sesos humanos. Los que habían perecido allí no habían muerto en combate, sino rematados a culatazos por los feroces mercenarios.
Cinco días, cinco terribles días, estuvimos buscando a Kurt por hospitales, clínicas y depósitos de cadáveres. Todo estaba atestado de heridos y muertos. Los heridos se encontraban tirados en los pasillos, unos delirando y otros muriendo. Unos cadáveres estaban apilados, otros en informe montón. Aun después de muertos, los rostros conservaban la intensa y desesperada decisión que tuvieran en el momento del último combate.
El miércoles 15 de enero en Die Rote Fahne apareció un artículo de Liebknecht titulado "¡A pesar de todo!" Con inmensa emoción leímos sus ardientes palabras:
"... Nuestro barco mantiene decididamente y con orgullo su rumbo hacia la meta final, hacia la victoria.
Vivamos o no nosotros cuando esta victoria se logre, nuestro programa vivirá. ¡Abarcará a todo el mundo de la humanidad liberada, pase lo que pase!
Las masas proletarias ahora dormidas serán despertadas por el imponente estruendo del derrumbamiento que se aproxima, cual si sonaran las trompetas anunciando el juicio final. Entonces resucitarán los luchadores asesinados y exigirán cuentas a los asesinos malditos. Hoy se oye solamente el ruido subterráneo del volcán, pero mañana vomitará su fuego y en los torrentes de su lava ardiente enterrará a todos esos asesinos".
La tarde de aquel mismo día le mataron. A él y a Rosa...
Todos sabían que iban a la caza de ellos. La burguesía aullaba exigiendo que se diera con su paradero, que se les apresara y se les hiciera pedazos. Scheidemann prometió 100.000 marcos a quien los presentara vivos o muertos. Dos días antes del asesinato, Vorwärts publicó unos versos que terminaban con un llamamiento abierto al asesinato de Carlos y Rosa: "¡Los muertos están tendidos en fila por centenares; pero Carlos no figura entre ellos! ¡No están Rosa y compañía!"
Nadie creyó lo que decía un comunicado gubernamental publicado el jueves, en el que se afirmaba que Liebknecht había resultado muerto por intento de fuga, y que a Rosa la había despedazado una muchedumbre casualmente congregada. Investigaciones posteriores evidenciaron que el comunicado oficial fue del principio al fin una mentira consciente y premeditada.
Carlos y Rosa fueron capturados el miércoles, a las 9 y media de la noche, por los matones del regimiento socialdemócrata del Reichstag. Condujeron a los arrestados al hotel "Eden", situado en la parte oeste de Berlín, y los entregaron al estado mayor de la división de caballería de fusileros de la guardia, al frente de la cual se encontraba el capitán Pabst, mano derecha de Noske.
A Carlos y Rosa los tuvieron en el "Eden" muy poco tiempo; luego les comunicaron que les trasladaban a la cárcel de Moabit. Primero llevaron a Liebknecht. Le acompañaron el capitán Pflugk-Hartnung y el ober-teniente Vogel, futuro hitleriano.
Cuando conducían a Liebknecht al automóvil, tal y como había sido previamente ordenado por Pabst, se acercó a él un tal Runge y le asestó varios culatazos en la cabeza. Chorreando sangre, metieron a Liebknecht en el automóvil que se dirigía a Tiergarten. En medio del parque, el automóvil se detuvo simulando una avería. A Liebknecht se le ordenó salir y marchar adelante. Apenas anduvo unos pasos, el teniente Liepmann y el mencionado Pflugk-Hartnung le dispararon a bocajarro por la espalda, causándole la muerte. Llevaron el cuerpo de Liebknecht a un puesto de socorro urgente situado no lejos de allí y lo entregaron como el cadáver de un "desconocido".
Desde la salida de Liebknecht con sus asesinos del hotel "E den" hasta la entrega del cadáver en el puesto de socorro transcurrieron solamente diez minutos. A las 23 y 20 minutos se informó a Pabst que el asunto había concluido. A los veinte minutos Pabst entregó Rosa Luxemburgo a Vogel.
Cuando Rosa, a la que conducían agarrada de los brazos el director del hotel y Vogel, bajaba por la escalera, corrió a su encuentro el mencionado Runge y con la misma culata le golpeó la cabeza.
Rosa perdió el conocimiento. La llevaron a rastras y la arrojaron al automóvil. Tan pronto el coche se puso en marcha Vogel y el teniente Krul dispararon sobre Rosa. Krul quitó a la muerta el reloj de pulsera y se lo metió en el bolsillo. El automóvil se detuvo junto al canal situado entre el puente Cornelius y el de Lichtenstein. Sacaron el cadáver de Rosa a la calzada, lo ataron con un alambre, le colocaron un peso y lo arrojaron al canal.
Fue descubierto tan sólo varios meses después.
La noche del jueves, ya muy tarde, al salir del depósito de cadáveres de la ciudad, oímos unos pasos sordos que resonaban en la calle desierta. Cuando llegó a nuestra altura reconocí a un amigo íntimo de Rosa, Leo Joguiches. Hablé con él. Preguntó con tristeza si no habíamos visto en el depósito el cadáver de Rosa. No, allí no estaba.
Dos meses después Leo Joguiches fue capturado por los perros de la jauría de Noske y asesinado en la cárcel.
Sólo el viernes por la mañana identificamos a Kurt entre unos cadáveres en el depósito de un hospital en Pankov. Tenía la cabeza destrozada, los ojos saltados de las órbitas, la cara era un cuajaron sanguinolento. Se le podía reconocer solamente por las manos y la ropa.
Al otro día dimos sepultura a Kurt, A la mañana siguiente vino a por mí un camarada. Dijo que había una ocasión y que podía ir a Moscú con dos colaboradores de la Comisión Soviética encargada de asuntos de los prisioneros. Se habían retenido en Berlín después de la expulsión de nuestra embajada, en vísperas de la Revolución de noviembre, y ahora regresaban a la Rusia Soviética.
Como mareada, me despedí de Erna, así mismo subí al tren y transcurrió para mí todo el camino; como mareada oí que en las elecciones a la Asamblea Constituyente de Alemania los socialdemócratas de derecha habían obtenido la mayoría. Mi boca tenía un sabor a herrumbre, en todas partes me parecía que había un olor denso a cadáveres y a fenal.
Una fría noche de enero nuestro tren llegó al andén de la estación de Moscú. Hacía tan sólo dos meses y medio que había partido de allí y me parecía que había transcurrido una vida entera.
Mis acompañantes se despidieron de mí y marché sola por las calles nevadas de Moscú. Era difícil andar, estaba resbaladizo. A causa de la inanición, me daban mareos.
Cerca del Soviet de Moscú había un coche cerrado. La puerta del edificio se abrió y apareció un hombre con cazadora de cuero. Era Yákov Mijáilovich Sverdlov. Ya se había subido al automóvil cuando me acerqué a él. La emoción me agarrotaba la garganta y no podía pronunciar ni palabra. Me miró y al reconocerme dijo algo en alta voz; luego me metió en el coche, me llevó al Kremlin y me condujo a la comandancia. Allí ordenó que inmediatamente calentaran el baño, que arrojaran todos mis efectos al fuego y me dieran ropa de soldado rojo. Dijo que luego le llamaran y vendría a recogerme para llevarme a casa.
Una hora después estaba sentada en la comandancia con las mangas de la guerrera recogidas por ser demasiado largas. Bebía té caliente en una jarra de hojalata. La comandancia estaba instalada en una habitación espaciosa y mal alumbrada. En los bancos colocados a lo largo de las paredes había sentados unos jóvenes soldados rojos que hablaban a media voz, evidentemente de algo relacionado conmigo. Oí palabras sueltas: "de Berlín", "los mencheviques han vencido allí...", "el pueblo las pasará muy mal..."
Descansé. Me sentía bastante bien y a fin de no restar tiempo a Sverdlov me fui a pie hasta mi casa.
Atardecía. El cielo tenía tonalidades verdes y argentadas.
Detrás de los dentados tejados de Kitaigorod apuntaba el disco anaranjado de la luna. Entre las columnas de la Casa de los Sindicatos pendían, enmarcados en rojo y con crespones de luto, los retratos de Carlos Liebknecht y Rosa Luxemburgo, al pie de los cuales estaba escrito con grandes letras: "¡El mejor desquite por la muerte de Liebknecht y Luxemburgo es la victoria del comunismo!"
En el retrato, Carlos estaba mucho más joven que en los últimos meses de su vida. Rosa aparecía tal y como yo la vi al despedirme de ella en Berlín; era igualmente tierna y penetrante la mirada de sus hermosos ojos oscuros.
"El hombre debe vivir como una vela que arde por ambos extremos" -gustaba decir Rosa.
Así vivieron los dos: Rosa y Carlos. ¡Que su memoria perdure eternamente!

27 de septiembre de 2021

De nuevo, el espectro del carrillismo

Uno de los incontestables méritos del PML-RC en los últimos años ha sido, sin género de duda, la ruptura con el conglomerado ideológico, auténtica hidra de cien cabezas, que, habitualmente, se condensa bajo el término postmodernismo. El mérito del PML-RC, podríamos decir, ha sido doble: ha restituido al marxismo su esencia de "guía para la acción", despojándolo de esa espesa y viscosa capa de aditamentos con que la izquierda del 78 lo pretendía reducir a "guía para la distracción"; y, consecuencia de lo anterior, ha obligado a los principales corifeos y corifeas del progresismo nacional y autonómico a desenmascararse, a mostrarnos su auténtico rostro anticomunista.

Y, sin embargo, es extremadamente necesario ser críticos con algunos planteamientos teóricos y análisis concretos del PML-RC. En estas líneas, vamos a aludir, en especial, a su valoración de otras fuerzas revolucionarias que actuaron en el panorama político nacional tras la muerte de Franco.

A nadie mínimamente sensato se le escapa que la crítica leninista, basada en la fidelidad estricta a los principios y en el análisis concreto de la situación concreta, con mayor razón, además, si se dirige al seno de nuestras propias filas o a quienes se sitúan, siquiera de palabra, en la lucha contra la explotación del hombre por el hombre, es absolutamente necesaria. La crítica leninista tiene la virtud de alumbrar el camino, pero, al hacerlo, revela igualmente nuestra propia posición.

Desde esa perspectiva, las críticas del PML-RC a aquellas fuerzas políticas -especialmente el Movimiento Nacional de Liberación Vasco y el PC(r)- que no se plegaron al cabildeo de la Transición, adolecen de todos los rasgos que caracterizaron al carrillismo. El calificativo de "anarquista" o "anarquizante" con el que se pretende anatematizar a dichos grupos desconoce tanto la práctica histórica del anarquismo como el momento histórico, nacional e internacional, en que surgieron aquéllos, a saber, el proceso de descolonización y la propagación por todo el mundo de los movimientos guerrilleros y de la lucha armada como instrumento de transformación política.

Pero lo peor no es eso, es decir, que el PML-RC obvie el análisis concreto de la situación histórica concreta, y un día sí y otro también cuelgue sambenitos a organizaciones cuyos militantes, muchos de ellos comunistas, fueron -y siguen siendo- el objeto de la persecución feroz del Estado burgués y capitalista. No. Lo peor es el tufo oportunista, esto es, carrillista, que desprende esa forma de crítica del PML-RC. El contenido de la crítica de organizaciones actualmente inactivas o disueltas, lejos de profundizar en los errores que cometieron, lo cual redundaría en un avance de las capacidades teóricas y prácticas del movimiento obrero en nuestro país, gira alrededor de la palabra fetiche "terrorismo", que el PML-RC emplea exactamente en el mismo sentido que todos y cada uno de los defensores, pasados y presentes, del Estado burgués y capitalista. Desgraciadamente el PML-RC se ha subido al carro -averiado, que a nadie le quepa duda- de un tacticismo de corte carrillista que consiste, respecto de las "cuestiones incómodas", en aterrizar por la izquierda en las posiciones del Estado burgués y capitalista.

Lo mismo hizo el PML-RC con el caso de Pablo Hásel, lo mismo sucede con su análisis de la historia del movimiento obrero internacional posterior al infausto XX congreso del PCUS.

Nada sería más deseable que los camaradas del PML-RC rectificaran una deriva que conduce inexorablemente al electoralismo y a su inevitable corolario, la desmovilización de las masas.

Sade - Forneo
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