Aunque se dice por ahí que estamos en una sociedad mucho mas libre sexualmente hablando, yo lo cuestiono. Creo que al contrario cada vez tenemos mas frenos, mas condiciones, mas requisitos a la hora de entregar lo que nos han enseñado que es lo mas preciado. No solo las mujeres, los hombres también van por el mundo sin sincerarse, sin mostrar toda la energía sexual que tienen dentro. La ocultan bajo los limites pesados de lo correcto, y se autoconvencen (mas o menos según qué caso) de que solo desean a una persona.
Este deseo monodireccional, completamente absurdo y antinatural, es otra de las mascaras con las que laceramos nuestra libertad. Confundimos interesadamente amor y placer, y el sexo se convierte en el centro de nuestras vidas, núcleo que determina la mayor parte de nuestro comportamiento. La sexualidad es el gran tabú, y asumimos formas de comportamiento estúpido que nos machacan por dentro solo para autoconvencernos de que no tenemos esa fuerza natural dentro que nos pide, como a los girasoles el calor del sol, el placer de otro cuerpo.
Es cierto que no solo hay un placer en el mundo. Pero el sexo es como un perfume. Lo limitamos y estrechamos tanto que al final lo usamos muy poquito por dos razones: por la poca cantidad que nos queda y por que es caro, y arriesgamos mucho en ello. A no ser que tengamos firmado ese contrato comercial que llamamos hipocritamente Fidelidad. Nuestros cuerpos por mucho que se pretenda hacer que así lo creamos (y lo creemos, y tanto), no son de madera. Placeres hay muchos, pero el sexual es el gran tabú. Después de millones de años de evolución cada vez somos mas asexuados, y el sexo sigue siendo, siglo a siglo un poco mas, una moneda de cambio.
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