27 de julio de 2016

Aniversario del nacimiento de Antonio Machado, un poeta entregado al pueblo

Tal dia como hoy, un 26 de julio, pero de 1875, nacía en Sevilla el poeta Antonio Machado, poeta identificado en los últimos años de su vida con la lucha de la República Española frente a los enemigos internos y externos del pueblo español. Desde el golpe de estado del 18 de julio, no cesó en poner su pluma al servicio de los españoles, de la defensa del gobierno legítimo y de la lucha antifascista.

Durante todo el tiempo que duró la Guerra del fascismo contra los españoles, Machado escribió poemas, dio conferencias y escribió artículos en los que llamaba al pueblo a la lucha contra el fascio criminal.

Por ejemplo, en “Madrid, baluarte de nuestra guerra de independencia”, arrtículo de Antonio Machado en “Hora de España” (7-11-1937) se puede leer: "El Enemigo —los traidores de dentro y los invasores de fuera—" que "se iba poco a poco aproximando a Madrid. La aviación enemiga multiplicaba sus asesinatos monstruosos [...] No entraron. No podían entrar.”

Ya el 7 de noviembre de 1936, en plena resitencia heróica de Madrid frente a la embestida nazifranquista, escribe sus famosos versos:

"Madrid, Madrid!, ¡qué bien tu nombre suena,
rompeolas de todas las Españas!
La tierra se desgarra, el cielo truena,
tú sonríes con plomo en las entrañas
".

Machado fue, además, miembro de la Asociación de Amigos de la Unión Soviética,  como también de la Alianza de Escritores Antifascistas, y en este sentido, escribiría que "Moscú es hoy el foco activo de la historia (...) La Rusia actual, la gran República de los Soviets, va ganando de día a día la simpatía y el amor de los pueblos, porque toda ella está consagrada a mejorar la condición humana".

En esta entrada compartimos el Discurso de Antonio Machado a las Juventudes Socialistas Unificadas. Valencia, 1 de mayo de 1937, donde hace un llamado a la juventud a la lucha por la justicia, por el socialismo, identificando ambos conceptos, y reconociendo el marxismo, aunque señale que él no se considere como tal, como única vía para alcanzarlos:

"Desde un punto de vista teórico, yo no soy marxista. Veo, sin embargo, con entera claridad, que el socialismo, en cuanto supone una manera de convivencia humana, basada en el trabajo, en la igualdad de medios concebidos a todos para realizarlo, y en la abolición de los privilegios de clase, es una etapa inexcusable en el camino de la justicia; veo claramente que es ésa la gran experiencia humana de nuestros días, a que todos de algún modo debemos contribuir".

A esa tarea a la que "debemos contribuir" como podamos, Machado entregó su vida entera, hasta el momento en el que en la tristeza del exilio, en el sur de Francia, en el pueblo de Colliure, lejos del pueblo español al que siempre se debió, al que nunca dejó de considerar su musa inspiradora, terminarán sus días, el 22 de febrero de 1937. Esa tarea, la que admiraba Machado de la juventud a la que dirigía su discurso, la de abolir las clases, de una sociedad del trabajo y la igualdad, de construir una sociedad socialista, está aun por realizarse en España, por lo que las palabras del genial poeta del pueblo español siguen sirviendo de acicate, de guía, de espoleta, para que pronto, muy pronto, la mecha del ansia de libertad y democracia de los españoles vuelva a estallar contra el fascismo que, lamentablemente, sigue muy vivo en nuestro país; aunque hayan pasado ya muchos años desde aquel sanguinario y traidor golpe de estado de 18 de julio de 1936.

Discurso de Antonio Machado a las Juventudes Socialistas Unificadas. Valencia, 1 de mayo de 1937

Acaso el mejor consejo que puede darse a un joven es que lo sea realmente. Ya sé que a muchos parecerá superfluo este consejo. A mi juicio, no lo es. Porque siempre puede servir para contrarrestar el consejo contrario, implícito en una educación perversa: procura ser viejo lo ante posible. 

Se vela por la pureza de la niñez; se la defiende, sobre todo, de los peligros de una pubescencia anticipada. Muy pocos velan por la pureza de la juventud; a muy pocos inquieta el peligro, no menos grave, de una vejez prematura. Sabemos ya, y acaso lo hemos creído siempre, que la infancia no se enturbia a sí misma, y hemos adquirido un respeto al niño, loable, en verdad, si no alcanzase los linderos de la idolatría. Se sigue creyendo, en cambio, que toda la turbulencia que advertimos en los jóvenes es de fuente juvenil, y que al joven sólo puede curarle la vejez. Yo he pensado siempre lo contrario. Por ello he dicho siempre a los jóvenes: adelante con vuestra juventud. No que ella se extienda más allá de sus naturales límites en el tiempo, sino que dentro de ellos la viváis plenamente. Adelante, sobre todo, con vuestra faena juvenil: ella es absolutamente intransferible; nadie la hará si vosotros no la hacéis.

Uno de los graves pecados de España, tal vez el más grave, acaso el que hoy purgamos con la tragedia de nuestra patria, es el que pudiéramos llamar el gran pecado de las juventudes viejas;. Yo las conozco bien, amigos queridos, perdonadme esta pequeña jactancia. En mi ya larga vida, he visto desfilar varias promociones y diversos equipos de jóvenes pervertidos por la vejez; ratas de sacristía, flores de patinillo, repugnantes lombrices de caño sucio. Los conozco bien. Y son esos mismos jóvenes sin juventud los que hoy, ya maduros, mejor diré, ya podridos, levantan, en la retaguardia de sus ejércitos mercenarios, los mismos que decidieron, fría y cobardemente, vender a su patria y traicionar el porvenir de su pueblo. Son esos mismos también, aunque no siempre lo parezcan, los que hoy quisieran corromperos, sembrar la confusión y el desorden en vuestras filas, los enemigos de vuestra disciplina, en suma, cualesquiera que sean los ideales que digan profesar.

!La disciplina!... He aquí una palabra que vosotros, jóvenes socialistas unificados, no necesitáis, por fortuna, que yo recuerde. Porque vosotros sabéis que la disciplina, útil para el logro de todas las empresas humanas, es imprescindible en tiempos de guerra. De disciplina sabéis vosotros, por jóvenes, mucho más que nosotros, los viejos, pudiéramos enseñaros. Contra lo que se cree, o afecta creerse, también la disciplina es una virtud esencialmente juvenil, que muy rara vez alcanzan los viejos. Sólo la edad generosa, abierta a todas las posibilidades del porvenir, realiza gustosa el sacrificio de todo lo mezquinamente individual a las férreas normas colectivas que el ideal impone. Sólo los jóvenes verdaderos saben obedecer sin humillación a sus capitanes, velar por el prestigio, sin sombra de adulación, de los hombres que, en los momentos de peligro, manejan el timón de nuestras naves; sólo ellos saben que en tiempo de guerra y de tempestad los capitanes y los pilotos, cuando están en sus puestos, son sagrados.

Nada temo de la indisciplina juvenil, porque nunca he creído en ella. Mucho temo, mucho he temido siempre de la mansa indisciplina de la vejez, de esa vejes anárquica, en el sentido peyorativo de estas dos palabras;un hombre encanecido en actividades heroicas sabe guardar como un tesoro la llamada íntegra de su juventud, y un anarquistas verdadero puede ser un santo-, de ese espíritu díscolo y rebelde a toda idealidad, siempre avaro de bienes materiales, codicioso de mando para imponer la servidumbre, que, en suma, sólo obedece a lo más groseramente individual:los humores y apetitos de su cuerpo averiado, sus rencores más turbios, sus lujurias más extemporáneas. A eso, que es la vejez misma, he temido siempre

Si reparáis en la breve historia de nuestra República, que se inaugura magníficamente con signo juvenil, dominada por hombres que gobiernan y legislan atentos al porvenir de su pueblo, veréis que es un hombre profundamente viejo, un alma decrépita de ramera averiada y reblandecida, el llamado Lerroux, quien se encarga de acarrear a ella, de amontonar sobre ella !nuestra noble República!- todos los escombros de la rancia política de derribo, toda la cochambre de la inagotable picaresca española. A esto llamaba él ensanchar la base de la República.

Yo os saludo, pues, jóvenes socialistas unificados, con un respeto que no siempre puedo sentir por los ancianos de mi tiempo, porque muchos de ellos estaban deshaciendo a España y vosotros pretendéis hacerla. Desde un punto de vista teórico, yo no soy marxista. Veo, sin embargo, con entera claridad, que el socialismo, en cuanto supone una manera de convivencia humana, basada en el trabajo, en la igualdad de medios concebidos a todos para realizarlo, y en la abolición de los privilegios de clase, es una etapa inexcusable en el camino de la justicia; veo claramente que es ésa la gran experiencia humana de nuestros días, a que todos de algún modo debemos contribuir. Ella coincide plenamente con vuestra juventud, y es una tarea magnífica, no lo dudéis. De modo que, no sólo por jóvenes verdaderos, sino también por socialistas, yo os saludo con entera cordialidad. Y en cuanto habéis sabido unificaros, que es mucho más que uniros, o juntaros, para hacer ruido, contáis con toda mi simpatía y con mi más sincera admiración.
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