27 de septiembre de 2021

De nuevo, el espectro del carrillismo

Uno de los incontestables méritos del PML-RC en los últimos años ha sido, sin género de duda, la ruptura con el conglomerado ideológico, auténtica hidra de cien cabezas, que, habitualmente, se condensa bajo el término postmodernismo. El mérito del PML-RC, podríamos decir, ha sido doble: ha restituido al marxismo su esencia de "guía para la acción", despojándolo de esa espesa y viscosa capa de aditamentos con que la izquierda del 78 lo pretendía reducir a "guía para la distracción"; y, consecuencia de lo anterior, ha obligado a los principales corifeos y corifeas del progresismo nacional y autonómico a desenmascararse, a mostrarnos su auténtico rostro anticomunista.

Y, sin embargo, es extremadamente necesario ser críticos con algunos planteamientos teóricos y análisis concretos del PML-RC. En estas líneas, vamos a aludir, en especial, a su valoración de otras fuerzas revolucionarias que actuaron en el panorama político nacional tras la muerte de Franco.

A nadie mínimamente sensato se le escapa que la crítica leninista, basada en la fidelidad estricta a los principios y en el análisis concreto de la situación concreta, con mayor razón, además, si se dirige al seno de nuestras propias filas o a quienes se sitúan, siquiera de palabra, en la lucha contra la explotación del hombre por el hombre, es absolutamente necesaria. La crítica leninista tiene la virtud de alumbrar el camino, pero, al hacerlo, revela igualmente nuestra propia posición.

Desde esa perspectiva, las críticas del PML-RC a aquellas fuerzas políticas -especialmente el Movimiento Nacional de Liberación Vasco y el PC(r)- que no se plegaron al cabildeo de la Transición, adolecen de todos los rasgos que caracterizaron al carrillismo. El calificativo de "anarquista" o "anarquizante" con el que se pretende anatematizar a dichos grupos desconoce tanto la práctica histórica del anarquismo como el momento histórico, nacional e internacional, en que surgieron aquéllos, a saber, el proceso de descolonización y la propagación por todo el mundo de los movimientos guerrilleros y de la lucha armada como instrumento de transformación política.

Pero lo peor no es eso, es decir, que el PML-RC obvie el análisis concreto de la situación histórica concreta, y un día sí y otro también cuelgue sambenitos a organizaciones cuyos militantes, muchos de ellos comunistas, fueron -y siguen siendo- el objeto de la persecución feroz del Estado burgués y capitalista. No. Lo peor es el tufo oportunista, esto es, carrillista, que desprende esa forma de crítica del PML-RC. El contenido de la crítica de organizaciones actualmente inactivas o disueltas, lejos de profundizar en los errores que cometieron, lo cual redundaría en un avance de las capacidades teóricas y prácticas del movimiento obrero en nuestro país, gira alrededor de la palabra fetiche "terrorismo", que el PML-RC emplea exactamente en el mismo sentido que todos y cada uno de los defensores, pasados y presentes, del Estado burgués y capitalista. Desgraciadamente el PML-RC se ha subido al carro -averiado, que a nadie le quepa duda- de un tacticismo de corte carrillista que consiste, respecto de las "cuestiones incómodas", en aterrizar por la izquierda en las posiciones del Estado burgués y capitalista.

Lo mismo hizo el PML-RC con el caso de Pablo Hásel, lo mismo sucede con su análisis de la historia del movimiento obrero internacional posterior al infausto XX congreso del PCUS.

Nada sería más deseable que los camaradas del PML-RC rectificaran una deriva que conduce inexorablemente al electoralismo y a su inevitable corolario, la desmovilización de las masas.

Sade - Forneo

26 de septiembre de 2021

La armería, un cuento sobre el Madrid revolucionario de César Muñoz Arconada

César Muñoz Arconada fue un miembro de la famosa Generación del 27, con menor reconcocimiento sin embargo que otros escritores, posiblemente debido a su enorme compromiso político y su exilio en Moscú, donde continuó participando activamente en la vida cultural local. 
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Nació el 5 de diciembre de 1898 en Astudillo, Palencia. No tardó en convertirse en una figura destacada de la intelectualidad literaria española en los años veinte: fue crítico musical y cinematográfico; autor de uno de los primeros análisis del compositor Debussy con la obra En torno a Debussy (1926); en relación con el cine Vida de Greta Garbo (1929) y Tres cómicos del cine. Biografías de sombras (1931); sin olvidar la poesía recogida en Urbe (1928); la narrativa breve de Cuentos de amor para tardes de lluvia (libro que iba a salir en los Cuadernos de La Gaceta Literaria, pero la edición se frustró)​ o la novela La turbina (1930), donde ya manifiesta unas inequívocas preocupaciones sociales, que anuncian su futura literatura.

De su importancia intelectual baste decir que llegó a ser redactor-jefe de la revista La Gaceta Literaria (1927-1932) —el principal vehículo de expresión de la llamada generación del 27— donde su colaboración (hasta enero de 1931) es muy frecuente y destacada.

En 1931 ingresa en el Partido Comunista y se convierte en uno de los más destacados representantes de la corriente social-realista en España. Colabora en Octubre, Nueva Cultura, Leviatán, Frente Literario y el diario Mundo Obrero y publica dos novelas enmarcadas en el llamado realismo socialista: Los pobres contra los ricos  y Reparto de tierras (1934); en ambas novelas reflejó la situación de la aldea española en el periodo de auge revolucionario del campesinado español, ofreciendo «la imagen de una España republicana incapaz de superar los residuos de un feudalismo que impone su ley en las zonas rurales».​ En 1938 redacta otra novela, Río Tajo, que ganó el Premio Nacional de Literatura, y que se publicaría en Moscú en 1970 y en España en 1978, en la que lleva a cabo una exaltación épica de la causa popular durante la Guerra Civil.

Con la derrota de la República en 1939, tomó el camino del exilio y se estableció en Moscú. Allí fue un entusiasta divulgador de la gran literatura española, la del llamado Siglo de Oro, como es el caso de La gitanilla, que adaptada por Arconada, conoció el éxito en el Teatro Gitano de Moscú. Fue director de la edición española de la revista Literatura Soviética en la que publicaba artículos y poesías; estuvo también vinculado a la Editorial Progreso de Lenguas Extranjeras. Escribió un drama teatral, Manuela Sánchez, que e puso en escena en algún teatro y fue transmitida en fragmentos por Radio Moscú. La Gran Enciclopedia Soviética recoge una notable reseña de su actividad como escritor. Señalando que en la creación de Arconada ejercieron gran influencia los escritores Maksim Gorki, Konstantín Fedin y otros. Escribió dos libros de relatos, España es invencible (1941) y Cuentos de Madrid (1942), algunas obritas teatrales y el extenso poema Dolores (1945).

De César Muñoz Arconada escribió también una descripción de su viaje a China, Andanzas por la nueva China, publicado recientemente en España, y una biografía de José Díaz (secretario general del Partido Comunista de España), que permanece sin publicar..

A continuación, compartimos uno de los cuentos incluídos en Cuentos de Madrid, en el que se describe el entusiasmo revolucionario de los trabajadores madrileños que, ante la indecisión del gobierno republicano,  hizo posible que se derrotara el golpe fascista de julio de 1936 y que explica la victoriosa resistencia del pueblo español frente a las hordas franquistas durante la Guerra Civil, echando un pulso a los ejercitos nazis, italianos y a la complicidad de los gobiernos occidentales durante cai tres años.

***

La armería

Después de una reunión política en el local de las Juventudes, Amaro volvía a su casa en el Portillo de Embajadores, en los barrios bajos de Madrid. Llevaba una cartera grande debajo del brazo. Marchaba por las calles del centro de la ciudad abstraído, huraño como un serio estudiante de filosofía. El ruidoso vocerío del atardecer en las calles de Madrid, la sensualidad de naciente primavera, el olor penetrante de las acacias, la luz dorada, las casas, los pregones de los vendedores ambulantes, las bellas mujeres..., nada de esto conseguía despertar, abrir al exterior sus sentidos de joven, sus inquietudes gozadas. Iba como sumergido en otro ancho mundo, en un mar agitado por otras corrientes interiores.

—¡Armas! ¡Armas! ¡Se necesitan armas!

Era la frase de la reunión, la frase que constantemente le perseguía, que tornaba y retornaba a su imaginación como a la salida de un concierto una recordada frase musical: ¡Armas! ¡Armas...! Los jóvenes del barrio le habían dado un mandato urgente: proponer a los organismos superiores el armamento general de las Juventudes. La lucha se agudizaba de hora en hora. La República estaba en peligro. Los fascistas preparaban una sublevación... ¡Armas! ¡Armas para vencerlos en caso de que se alzasen en rebeldía...! Pero las armas eran entonces, y fueron hasta el final de la República, el mito de un advenimiento que siempre se espera y jamás se cumple. En definitiva, la última frase de la reunión había sido:
    —¡Si se levantan, tendremos que conquistar las armas por la fuerza, donde las haya!
Imagini pentru cesar arconada    Amaro marchaba distraído por entre la ruidosa multitud callejera, pero otro tumulto, no menos intenso, le agitaba en su interior como el oleaje a un náufrago. Bulliciosamente se mezclaban en su imaginación los acontecimientos públicos de los últimos años y su vida privada, su individualidad. Era como una estrepitosa mezcla de sirenas en el barrio industrial de un puerto. La madre de Amaro, viuda de un ordenanza de Telégrafos, tenía una pequeña pensión, pero con ella no podía sostener a toda la familia: seis hijos, de los cuales Amaro era el mayor. La madre cosía, ejecutaba labores de punto, hacía cigarrillos en combinación con una obrera de la fábrica de tabacos... Y todo esto, abnegada y maternalmente, para sacar adelante a los hijos, para que Amaro, el mayor de ellos, estudiase, y fuese en breve una ayuda económica para todos. Al advenimiento de la República, en 1931, Amaro terminó el grado bachiller. Se propuso a continuación emprender alguna carrera corta, hacer unas oposiciones. Hizo varios exámenes, pero sin éxito. Con todo, aún era joven, la República ofrecía muchas posibilidades, los intentos podían repetirse. La madre no perdía la esperanza de acomodarle en la vida con honradez, tranquilidad. Pero como sucedía por ese tiempo en la intimidad de tantas y tantas familias españolas, el camino soñado por la madre no era ya el camino seguido por el hijo. La madre sentía La vida como una acomodación, como un descanso; el hijo como una lucha, como una misión generosa. Los acontecimientos políticos se sucedían como los golpes de viento en un huracán. Amaro, lo mismo que otros muchos jóvenes, se dio por entero a una navegación arriesgada, al heroísmo de las luchas sociales. Reuniones, discusiones, debates, amigos extraños, misterios de la clandestinidad. La madre de Amaro comenzó a alarmarse por la vida anormal que notaba en su hijo. Pensó que tal vez su juventud se extraviaba por el lado de la diversión, de la corrupción, pero luego vio que era otro el camino, y aunque no le comprendía ni le aceptaba sin amargura, terminó por tolerarle.
    —¡Armas! ¡Armas para defenderse del fascismo! —le seguía golpeando la frase como el sonido del yunque cercano de una fragua.
    Entró en el cuadrado recinto de la Plaza Mayor, rincón de vida provinciana española, con soportales, pequeños bazares de baratijas, charlatanes vendedores de milagrerías, campesinos de los pueblos próximos... Bajó por otro de los arcos, descendió por unas escaleras desgastadas que tenían siglos, hasta la calle de Cuchilleros. Era ya el viejo Madrid, el Madrid del siglo XVI, de posadas, boterías, tabernas, trajinantes, cuchillerías...
    Pero Amaro marchaba sin dejarse agitar por las emociones históricas; como antes por el centro de la ciudad, no despertó a los halagos de la vida. Le embargaba su obsesión, su problema:
    —¡Armas! ¡Armas!
    Y en el promedio  de la calle se paró inconscientemente delante de un escaparate que estaba tapizado de rojo. De pronto, como si despertase de la nebulosidad de un sueño, se sintió normalmente rodeado de lo circundante, de lo presente, de la vida. Era un escaparate viejo, extraño, con polvo descolorido de vitrinas. Sobre la tela roja había cuchillos, grandes navajas, pistolas, sables, escopetas... Amaro se quedó un poco sorprendido por la subconsciente relación entre su pensamiento y la tienda donde acababa de pararse. Levantó la cabeza hacia la puerta de entrada y leyó el letrero: armería. Luego, ya consciente de todo, con la clarividencia del comprador que examina lo que necesita, se puso a mirar y remirar el escaparate.
    —¡He aquí donde hay armas! —pensó. Y luego, mirado más despacio, le pareció absurdo, incomprensible aquel escaparate que tenía algo de las vitrinas momificadas de un museo.
    Por encima de las armas, a través de los cristales miró al interior de la tienda como para descubrir el secreto de un establecimiento que le era poco conocido. Entonces, su mirada tropezó con unos ojos negros de mujer que le observaban inmóviles. Durante unos instantes no supo si aquella cara era real, viviente, o la cara de un maniquí, de una figura decorativa de la rienda. Insistió en la mirada, y el rostro de la mujer comenzó a sonreír graciosamente, con picardía. Amaro continuó la aventura. La hizo gestos declamatorios con la mano. Intentaba hacerla comprender que quería entrar en la tienda, comprar una pistola y pegarse un tiro de amor. Ella se echó a reír con franca simpatía, con gracia.
    El interior de la tienda estaba oscuro. Era ya  hora de cerrar. Se venía la noche rodando por callejas y callejuelas empedradas, estrechas, entre palacios antiguos y casas de muchos balcones. El diálogo mímico entre Amaro y la muchacha del interior, como toda tontería callejera no duró mucho. La última muda frase fue para decir: «¡Espéreme usted, jovencita, que ahora entro!» Y Amaro avanzó hacía la puerta con ánimo no ya de entrar sino de echar un piropo a la muchacha y marcharse calle abajo. Pero en el mismo momento que alargaba su cabeza hacia la entrada de la tienda, la muchacha se agarró al cierre metálico de la puerta, y con burla graciosa sacó la lengua al joven y callejero galán:
    —¡Ah...! —y tiró del cierre, hacia abajo.
    La puerta metálica cortó aquel galanteo de chunga española entre Amaro y la muchacha de la Armería de la calle Cuchilleros. Hay aventuras callejeras que se desvanecen como pompas de agua, que se olvidan como pasatiempos fugaces. Hay otras, en cambio, que son el nacimiento de una senda que conduce los pasos hacia muy lejos. Este fue el destino de Amaro.
    Al día siguiente volvió de ronda por la Armería, sin que pueda decirse cuál era la atracción principal: si las armas o la muchacha. Pero esta vez no se detuvo en el escaparate. Entró. Era también en las últimas horas de la tarde. La tienda tenía aspecto extraño de vejez, de desván o museo. La misma muchacha que el día anterior le había sacado la lengua burlescamente, leía junto al escaparate un viejo novelón recortado de algún periódico antiguo. Ella le reconoció en seguida a Amaro, pero este reconocimiento apenas sí lo afirmaba con una sonrisa leve, contenida y extrañada.
    —Jovencita... —empezó Amaro sin saber cómo iniciar la conversación.
    Ella dejó en la silla el mamotreto amarillento de la novela. Se levantó rápida. No tendría más de diez y ocho años. Era menuda, delgada, cimbreante, vivaracha, con unos ojos muy negros y la cara morena. Su recortado pelo la caía brillante y sedoso sobre la frente. Tenía una conversación viva y graciosa como todas las mujeres madrileñas, que son capaces de enredar y envolver al hombre más ingenioso con la espontaneidad y la gracia agresiva, como un tiroteo, de que hacen gala.
    —¿Qué quiere el señor estudiante? —comenzó ella—. ¿Acaso le han suspendido y busca una pistola para remediar sus calabazas...? Le recomiendo mejor el Metro. Ahora está de moda para los suicidios.
    —No soy estudiante, sino representante de gomas para los paraguas —contestó él siguiendo la chanza, como es costumbre en Madrid.
    —Pues entonces vaya usted con su cartera a la Puerta del Sol.
    —Si viene usted conmigo soy capaz de ir hasta el fin del mundo.
    —¡Ay, no, fuera de mi barrio me perdería...! Busque otra acompañante menos madrileña, que yo me llamo Paloma,
    —Ya se ve por el «pico».
    —Este pico puede dar picotazos de águila a los moscones impertinentes como usted —y cambió el tono en severidad, casi en riña,
    —No se ponga usted así, Paloma...
    —En resumidas cuentas —dijo ella poniéndose en jarras—, ¿qué le trae a usted, pollo pelao, por esta su casa?
    —Un amor entre pistolas. Esto debe ser interesante.
    —Pues para las pistolas entiéndase con mi padre. Y para lo otro una servidora le dice: ¡vamos, anda, qué te has creído tú eso! ¡A usted le han dado el número cambiao!
Imagini pentru madrid cuartel de la montaña
Foto del asalto popular al Cuartel de la Montaña. Julio de 1936
    La tos carrasposa del padre se oía en la trastienda, detrás de unas viejas cortinas. Amaro inclinó la cabeza para verle por una abertura. Era un hombre grueso, con bigotes grandes, de coronel retirado. Estaba en mangas de camisa limpiando sobre la mesa una gumía árabe cuyo acero debía estar picado. Luego se oyó el ruido de una silla que se arrastraba, y la conversación entre los jóvenes se aceleró, temiendo que el padre saliera, Pero lo que había empezado en broma y después se había transformado en agresión y enfado, acabó en amistad. Amaro y Paloma quedaron citados para el día siguiente en el cine de San Miguel, que estaba en el mismo barrio, muy cerca.
    Y esa tarde, en el cine, se hicieron novios. En los primeros tiempos, el noviazgo fue una simple frivolidad. Paloma no sabía concretamente cuáles eran las ocupaciones de Amaro y él eludía esta conversación diciendo con vaguedad que se preparaba para unas oposiciones. Amaro se enamoró de Paloma. Admiraba en ella su carácter alegre, vivo, su gracia, su desenvoltura, su temperamento, pero, a la vez, le preocupaban las diferencias que creía invencibles entre él, un joven seriamente decidido a las actividades y las luchas políticas y ella, Paloma, que parecía no tener otras aficiones que el cine, el baile, las novelas de aventuras... A veces no comprendía Amaro la finalidad de esas relaciones amorosas. Para justificarlas de algún modo tenía que recurrir al azar del primer encuentro, a la atracción de aquella extraña tienda de armas que poseían los padres de Paloma.
    Amaro recordaba que en todos los motines populares la multitud había asaltado las armerías. Por lo tanto, estos aparentes museos debían tener sótanos llenos de eficaces armas y municiones. La vieja casa de Paloma era seguro que los tendría: mazmorras del tiempo de la Inquisición, cuevas oscuras y profundas debajo del enlosado de la Plaza Mayor. Allí estarían seguramente las armas.
    Cuando Amaro decía a sus amigos: «—Tengo una novia dueña de una armería», ellos, un poco en broma y un poco en serio, le contestaban: «Cásate con ella en seguida, que nos van a hacer falta, y ésa es una mujer con un buen dote».
    Pero el matrimonio era prematuro cuando entre ellos aún no habían salido del periodo de la frivolidad, del entretenimiento, y los padres de Paloma sólo conocían a Amaro de verle frente a la casa esperando a la novia.
Alguna vez habría que iniciar la revelación, poner al descubierto los secretos, decir a Paloma lo que él era y cómo pensaba. Amaro tenía miedo de que Paloma reaccionase con indiferencia, con la frivolidad de su madrileña gracia, y las relaciones no pudieran seguir adelante.
    Una vez sucedió que en un baile de estudiantes que se celebraba en una Kermesse en el barrio de Pozas, y al que asistían Amaro y Paloma, se presentaron unos cuantos estudiantes con camisa azul y el emblema falangista en las solapas.
    —Mira —dijo Amaro a su novia—, esos tipos que llevan las flechas y el yugo en las solapas son los fascistas. ¡Me parece que esta tarde va a ver aquí hule! Si quieres marchar...
    Y ella se ofendió con chulería:
    —¡Pero a ver si crees que mi mamá me limpia aún los moco...! Si esos pollos litris arman bronca y estropean el baile, les daremos pa’l pelo.
    Del fascismo y de los fascistas apenas si había oído hablar Paloma, pero en ese momento ella estaba en contra de cualquier provocación, en contra de los presuntos aguadores de la fiesta, fuesen fascistas o no. Así sucedió, tal como lo habían pensado. Poco después, con el pretexto de un pisotón que un estudiante fascista dio a otro de la FUE, estalló la tormenta. En seguida empezó el revuelo, los golpes, los gritos:
    —¡Fuera los fascistas! ¡A la calle! ¡Que se marchen de aquí!
    Amaro fue de los que primero se lanzaron a la batalla de los puños, en primera línea. La gente del baile retrocedió hasta formar corro y los bandos, en medio, se acometían con furia. Rodaban por el suelo unos, se levantaban otros, se agitaban en alto los puños, sonaban los golpes sobre las cabezas... Pero lo sorprendente fue que a los pocos momentos de comenzar la pelea, Paloma se lanzó, ágil y rabiosa como un tigre, en medio de los luchadores y, a puñetazos, a mordiscos, a patadas, a arañazos, con ciega bravura, acometía a los fascistas. Éstos retrocedieron hasta la puerta. Hubo un momento, al final, en que sólo Paloma con los palos rotos de una silla en la mano» amenazante y furiosa, los hizo retroceder, acobardarse, huir vencidos finalmente. En seguida, toda la gente del baile irrumpió en un aplauso cerrado de homenaje a la brava muchacha que con las ropas desgarradas, el pelo revuelto, sudorosa, agitada, volvía de pelea buscando con los ojos llameantes de ansiedad a Amaro. Al encontrarse se dieron la mano, se abrazaron contentos.
    —¡Eres admirable, Paloma! —le dijo su novio—. ¡Te has portado como una verdadera heroína antifascista!
    Y ella, con una graciosa coquetería de mujer, con un mohín cariñoso, contestó:
    —Te advierto, niño, que los fascistas me importan a mí un piro. ¡Lo he hecho todo por ti!
    Era cierto. Pero así empezó Paloma a interesarse por las cuestiones sociales, por la política, por la lucha contra el fascismo, por las Juventudes, por la vida, hasta entonces desconocida y oculta, de Amaro. Más adelante, en nuevas ocasiones que se presentaron de lucha contra los fascistas, Paloma se enfrentó con ellos no como enemigos de su novio, sino como despreciables bandidos, como perros pistoleros que, mandados por sus amos, salían a la calle a imponer el terror, a matar obreros, a eliminar comunistas, a desacreditar la República.
Así sucedió una tarde en un comedor popular donde era sabido que concurrían jóvenes antifascistas. Paloma y Amaro habían ido a comer en unión de otros amigos. De pronto, se presentaron varios individuos fascistas repartiendo invitaciones para un mitin que ellos iban a celebrar. Evidentemente, era una provocación. En una de las mesas les arrojaron las invitaciones a la cara y en seguida se armó el alboroto, se inició la lucha contra ellos. Rodaron las mesas, se hicieron añicos los platos, la cristalería. Oíros fascistas que los provocadores traían como protección dispararon las pistolas. Un camarada resultó herido. Y Paloma, cuando la pelea comenzó a tomar un agrio carácter, se lanzó rápida sobre el cierre de la puerta, que bajó de un golpe seco, y luego sobre una mesa gritó; «—¡Tranquilidad, camaradas, que no pueden escaparse! ¡Vamos a cazarlos vivos como a leones!». Y poco después» molidos a golpes, los fascistas fueron encerrados en una habitación y entregados a la policía.
    Otra vez, por la noche, Amaro y Paloma volvían de un mitin que se había celebrado en el Coliseo de Lavapiés. Marchaban por la calle Ave María y poco antes de llegar a la Magdalena oyeron que un muchacho voceaba: «Mundo Obrero ¡Compre Mundo Obrero que trae sensacionales revelaciones sobre la actividad de los fascistas!» De pronto sonaron dos disparos y el vendedor, un muchacho de catorce años, cayó muerto. Paloma vio claramente al tipo que desde la oscuridad de una esquina había disparado y se lanzó sobre él con un furioso arrebato de indignación por el crimen cometido. El fascista, al sentirse descubierto, echó a correr y Paloma siguió detrás» gritando a la gente: «¡A ése, a ése, que ha matado a un pobre muchacho!» Por fin le agarraron y Paloma se abalanzó sobre él como si quisiera hacerle pedazos: «—¡Fascista, canalla, tú le has matado, tú! ¡Sois una cuadrilla de bandidos!» —le zarandeaba y le gritaba. La gente empezó a agolparse y en seguida se lo llevaron los guardias, pero Paloma y Amaro fueron con ellos para declarar en la comisaría como testigos del crimen.
    El carácter de Paloma era así, normalmente burlesca, graciosa, con apariencias de frivolidad como si no se interesase seriamente por nada. Pero en los momentos decisivos, de lucha, era terriblemente arrebatada, tenía una bravura casi ciega. En la formación del carácter de Paloma, Amaro tenía muy escasa intervención. Más bien se lo debía a Madrid, al alma popular de Madrid, que concilia lo frívolo y lo serio, lo burlesco y todo lo heroico. Pero Amaro sí había tenido decisiva influencia en la evolución de Paloma. Su carácter díscolo, de arisca gata madrileña, era blando y dócil al amor, y bajo su influencia se sentía muy femenina, muy fiel, se dejaba conducir por Amaro como una niña ingenua. Es así que en poco tiempo Amaro hizo de ella una buena militante de las Juventudes, una gran camarada con responsabilidad y conciencia política.
    Pero de todo esto, en casa de Paloma no sabían nada. Los padres eran muy religiosos, amantes del orden, pues ellos conocían muy bien la tradición madrileña de asaltar las armerías en las revueltas populares; la madre de Paloma, la seña Paca como la llamaban en el barrio, era una madrileña muy flamenca, que había sido planchadora en su juventud. No veía con buenos ojos los amores de Paloma. Ella hubiese querido para su hija un rico industrial del barrio.
    —Ese pollito que ronda a Paloma —decía a su marido— me da a mi mala espina. Si la cosa pasa a mayores, voy a tener que plantarme en jarras y decir a ese niño:
    —¡Qué dená, so pelao, que mi Paloma es mu castiza pa que te la lleves tú!
    Pasaba Amaro por ser un corredor de bombillas y objetos de electricidad, Paloma hacía a su madre grandes elogios de él, pero la aceptación era imposible y los disgustos familiares por esto y por la vida irregular de Paloma aumentaban de día en día. Por fin, esos disgustos interiores tuvieron una culminación: fue cuando un día Paloma confesó a su madre, con gran secreto y no poca turbación, que estaba embarazada y que, por consiguiente, tenían los padres que dar su permiso para casarse con Amaro. Esta noticia sensacional produjo en la casa una tormenta de gritos, llantos, aflicciones, congojas, patatuses que duró casi un mes. Por fin, como no podía ser de otro modo, los padres accedieron al matrimonio. Entonces tuvo lugar la primera visita de Amaro a la casa de su novia. Fue un acto penoso, como la asistencia formularía a un entierro. Los padres le recibieron con hostilidad, con frialdad, y él no sabía qué hacer ni qué decir para congraciarse con ellos. La vieja casa, aquella trastienda oscura con una camilla en medio, aquella familia huraña, todo, hasta el deslumbramiento de las armas que tiempos atrás le había atraído, ahora le pesaba, le molestaba. Hubiera sido su gusto coger a Paloma y huir, huir sin ocuparse más de la armería de la calle Cuchilleros.
    Desde este momento de la entrada oficial en casa de la novia, las visitas se hicieron frecuentes, pero aunque algo atenuada, la hostilidad hacia él no desapareció. Otro gran disgusto provino a causa del ceremonial de la boda, cuando se trató de este particular. La madre quería boda rumbosa, boda sonada en el barrio, y que se casasen en la iglesia de la Virgen de la Paloma, donde la muchacha había sido cristianada. Pero Amaro y Paloma querían casarse por lo civil, oscuramente, un día cualquiera, sin que nadie se enterase. ¡Terribles contratiempos! Sí no hubiera sido por lo irremediable de la situación, es casi seguro que Amaro hubiese sido echado de la casa violentamente. Por fin se pudo conciliar el conflicto. Por aquellos tiempos había muchos jóvenes en condiciones parecidas que se casaban primero por lo civil, y para aquietar la conciencia de los padres ofrecían casarse después por la iglesia, y esto último se les olvidaba más tarde intencionadamente.
    Así se convino. Pero con los padres, que no contaran para el matrimonio civil. Irían ellos solos con los testigos.
    Era por el mes de julio, en el año 1936. Los días estaban llenos de intranquilidad, y Amaro y Paloma, ante lo que pudiera venir, acordaron casarse. Fijaron La fecha: el 18. ¿Alguien sabe de qué sombrías desgracias o alegre felicidad viene cargada la luz de cada amanecer? Nadie lo sabe, nadie. Sin embargo, ella viene irremediablemente con sus contingencias.
    Y llegó la mañana de la boda. Ese día Paloma se levantó temprano. Se había comprado un traje hechura sastre, y en el ojal de la solapa llevaba una flor roja. La madre lloraba silenciosamente interiores remordimientos y penas por la boda, mientras la hija se vestía. Eran las ocho, y el día tenía espléndida luz y sol. A las nueve vendría Amaro con dos amigos íntimos y se irían todos al Juzgado, sin ceremonial alguno, como quien va a la ventanilla de Correos a certificar una carta. La madre no comprendía esta sequedad, esta frialdad en la ceremonia, y a pesar de la negativa de Paloma se empeñó en salir a la confitería del barrio a comprar unos dulces para cuando regresasen del Juzgado.
    La madre volvió pronto, agitada, acongojada, casi sin poder hablar. Mientras ponía sobre la mesa una docena de pasteles, unas pastas y dos botellas de jerez, contó con sobresalto:
    —¡Huy, no podéis figuraros el revuelto que hay por las calles! Dice la gente que los militares se revuelven contra la República por haber matado a Calvo Sotelo.
    —¿Cómo? ¿Cómo? ¿Qué pasa? —entró Paloma en la habitación, sobresaltada.
    —Hija, hija, ya decía yo que tu boda era de mal agüero. ¡Dicen que hay «revolución del ejército»!
    Paloma no preguntó más. Sabía muy bien de qué se trataba. ¡Era, por fin, el fascismo que se lanzaba contra el pueblo, contra la República!
    De espaldas a la mesa, con la cabeza baja, Paloma, indecisa, no sabía qué hacer. ¿Marchar a la calle? ¿Ir a ver lo que pasaba? ¿Salir en busca de sus camaradas de la Juventud para recibir instrucciones y comenzar la lucha...? Pero faltaba media hora para la llegada de Amaro,  para su boda, para esa particular contingencia que por un azar coincidía con un momento inoportuno.
Imagini pentru lavapies milicianos
Milicianas en Madrid
    El padre de Paloma, en cuanto oyó la palabra «revuelta» empezó a pasearse nervioso, pálido. Iba de un sitio a otro tropezando con los muebles. Cerraba con llave armarios y vitrinas. Las armas que pudieran ser más codiciosas las bajó al sótano. Ciertamente en veinte años que llevaba de dueño de la tienda no le había pasado ningún percance. Sólo una vez, en el año 18, cuando el asalto de la multitud a las tiendas de comestibles, su establecimiento corrió peligro, sin que nada pasase, gracias a la intervención de los guardias. Pero amigos suyos, dueños de otras armerías, contaban verdaderas atrocidades acaecidas en sus tiendas durante los motines.
    Encima de una consola, entre descoloridas flores de papel, había una estampa de la Virgen de la Paloma. La madre encendió dos velas y rezó varias salves y oraciones para conjurar los peligros.
    Abrieron la tienda a la hora de todos los días, pero dejaron el cierre metálico a medio alzar. Por la calle corrían rumores, con tanto candor y ruido como torrentes después de una tormenta. La madre y el padre entraban y salían inquietos. Paloma esperaba con más inquietud aún. El reloj marcaba ya las nueve y media, y Amaro y los testigos de la boda no llegaban. Paloma, indecisa entre el deber de marcharse y la transcendencia de quedarse para celebrar su boda, iba de un sitio a otro, se asomaba a la calle, miraba a lo lejos para ver si entre los transeúntes descubría la figura de su novio. Al fin, decepcionada, se metió en su habitación y, casi sin saber qué hacer, como un entretenimiento a su nerviosismo, comenzó a romper papeles viejos que tenía en una caja.
De pronto se oyeron carreras de gente por la calle, voces confusas, rumores lejanos, y el caer rápido de los cierres de las tiendas. El padre entró con las manos en la cabeza, gritando:
    —¡Estamos perdidos! ¡Estamos perdidos! ¡Los revoltosos vienen a nuestra tienda!
    La madre, después de un ¡Virgen santísima! angustioso, empujó el cierre metálico hacia abajo y entró corriendo a ponerse de rodillas ante la estampa de la Virgen,
    Sólo Paloma salió a la tienda. El rumor encrespado de la multitud fue haciéndose cada vez más perceptible hasta agolparse frente a la armería como un remolino. Por encima del confuso rumor se oían voces más altas, gritos más tersos, demandas explosivas como granadas de mano:
    —¡Armas! ¡Armas!
    —¡Abrid, o asaltamos la tienda!
    —¡Queremos armas para luchar contra los fascistas!
    Paloma, ágil como un corzo del Pardo, saltó por encima del mostrador, los ojos llameantes, apretados los labios, el negro pelo caído sobre la frente.
    Con decisión se lanzó sobre la puerta. En ese momento el padre le gritó:
    —¡Qué vas a hacer! ¡Loca! ¡Loca,..! ¡Te has vuelto loca!
    Y, enérgica y encendida de pasión, levanta de golpe el cierre y se presenta ante la multitud que llena la calle, con su rojo clavel en el ojal, como una llama. Grita, el brazo en alto:
    —¡Camaradas, entrad! ¡Para luchar contra los fascistas vuestras son todas las armas de la tienda!
    Pero de pronto queda parada por un golpe rápido de sorpresa. De la masa indeterminada de la multitud, un rostro conocido se diferencia, se destaca próximo y viene hacia ella con su propio nombre en los labios y los brazos abiertos.
    —¡Paloma! ¡Paloma!
    Era su novio, Amaro, que dirigía la multitud ansiosa de armas. Gracias a él y a sus amigos no se produjo el tradicional y tumultuoso asalto. Fue difícil contener la ansiedad que cada persona tenía de poseer un arma, pero Amaro se subió a la reja de una ventana y después de un pequeño discurso prometió sacar a la calle todas las armas que hubiera y repartidas. La gente se conformó con la promesa —unas cuantas personas entraron en la tienda, guiadas por Paloma y Amaro—. Los padres vieron con sorpresa y con indignación que el propio novio de su hija no venía a casarse sino a desvalijar la tienda, como un ladrón. Se imaginaban un terrible complot en el cual Paloma había sido engañada. Empezaron a gritar improperios contra Amaro, a llamar a Paloma ¡mala hija!, ¡hija desnaturalizada, que se había dejado engañar por un sujeto peligroso...! Y con una fuerte crisis nerviosa se encerraron en una de las habitaciones más retiradas de la casa.
    Todas las armas que había en la tienda y en los sótanos fueron sacadas a la calle, pero repartirlas con orden no fue posible. La multitud se echó sobre ellas sin reparar en sistemas ni características: lo mismo le daba la navaja cabritera que la vieja espingarda antigua. Paloma sacó de entre la lana del colchón de su cama dos magníficas pistolas «parabellum» que tenía guardadas; una fue para ella, otra se la entregó a Amaro.
    —Toma —le dijo al dársela—, es mi regalo de boda. Las tenía guardadas para cuando llegase la ocasión. ¡Me parece que ha llegado ya!
    Es claro que la boda quedó suspendida para tiempos más ociosos y pacíficos. Después del reparto de las armas, la multitud se alejó y Amaro y Paloma, con otros compañeros, se fueron juntos a ponerse a disposición de los comités de las Juventudes.
    Al día siguiente Amaro y Paloma tomaron parte en el asalto al cuartel de la Montaña, donde los militares y fascistas de Madrid se encerraron y se hicieron fuertes. Y sucedió en este episodio glorioso del bravo pueblo de Madrid que en el enardecimiento de la lucha, en el asalto al cuartel, Amaro y Paloma se perdieron, no pudieron encontrarse. Fue una inquietante angustia, pues Amaro pensaba que Paloma había muerto en la refriega y ella, a su vez, se imaginaba lo mismo con respecto a Amaro.
    En tiempo normal hubieran vuelto a encontrarse fácilmente. En aquellos febriles días de acelerada agitación, fue imposible. Todos los cuarteles de los alrededores de Madrid estaban sublevados, La situación era grave, la lucha contra el fascismo exigía desvelos, sacrificios. Las tropas fascistas del Norte venían sobre Madrid por la Sierra...
    Y una semana después de todo esto, al cabo de infructuosas pesquisas en casa de Paloma y en distintos locales de la Juventud, se produjo inesperadamente el encuentro. Amaro iba por el paseo de San Vicente arriba, hacia la Plaza de España, con varios compañeros. Habían ido a la estación del Norte a despedir un tren de milicianos expedicionarios. De pronto, desde un camión que bajaba lleno de jóvenes con monos azules y escopetas, y que llevaban un letrero rojo que decía: «¡Madrid se defiende en la Sierra! ¡Al Guadarrama, jóvenes antifascistas!», oyó Amaro que le llamaban a grandes voces:
    —¡Amaro! ¡Amaro! —y un brazo se agitaba en el camión con nerviosidad de querer destacarse,
    —¡Paloma! ¡Mi querida Paloma!
    Amaro corrió hacia el camión, que bajaba despacio la cuesta del Paseo, y se colgó a él.
    —¿Pero has olvidado que tenemos pendiente nuestra boda?
    —¡Sí, sí, nuestra boda...! ¡Sube! —y le cogió de las manos, empujándole hacia el interior del camión...    Podemos celebrada en la Sierra, entre los tiros. ¡Yo voy allá a matar fascistas!
    —¡Pues..., en fin, como el novio soy yo, tendré que acompañarte!
    Se abrazaron llenos de júbilo, se dieron un fuerte beso de amorosa alegría y de compañerismo. Y Paloma, con gracia y patriótica exaltación madrileña, gritó;
    —¡Mueran los fascistas! ¡Viva Madrid, que es mi pueblo!

Los maoístas de la India preparan llevar la Guerra Popular a las ciudades

 El Partido Comunista de la India (Maoísta), que lleva a cabo la Guerra Popular y domina las áreas rurales de muchos estados indios, se está preparando para la guerra en las ciudades con la milicia urbana. Los medios de propaganda capitalistas han publicado que los maoístas habían reorganizado sus contactos en Mumbai, Pune, Nagpur, Delhi y Calcuta.

Los maoístas están tratando de reconstruir y fortalecer sus redes urbanas en todo el país, dijeron fuentes a http://indianexpress.com/ . 
La noticia afirma que, después de que la actividad de la ciudad se viera afectada durante el conflicto de Bhima Koregaon en 2018, los maoístas comenzaron a reconstruir sus relaciones urbanas y se nombró a siete miembros del Comité Central del CPI (maoísta) para implementar el plan. Los maoístas ya han reorganizado sus redes en Mumbai, Pune, Nagpur, Delhi y Calcuta, entre otras ciudades. Han designado organizadores en áreas urbanas y mantienen reuniones periódicas en Zoom para discutir e implementar la agenda

Según las agencias de noticias, la tarea de organizar a la juventud está muy avanzada y ya tienen una red sólida en las principales universidades de Delhi y Calcuta.

Mientras tanto, el ministro del Interior del régimen, Amit Shah,, convocó una reunión de primeros ministros de todos los estados afectados por los maoístas en Nueva Delhi para el 26 de septiembre. A la reunión también asistirán los principales secretarios de estos estados y los jefes de policía.

Las noticias subrayan que todos los estados donde los maoístas tienen un alto control del territorio están gobernados por partidos o coaliciones ajenas al Partido del Pueblo Indio (BJP, o Partido Bharatiya Janata), es decir, al partido del primer ministro Narendra Modi, de tenencia profascista y, por lo tanto, con políticas raciales claras a favor de la diferencia de castas y dañinas para la clase trabajadora y campesina. No obstante, las grandes multinacionales locales e internacionales están encantadas con su gobierno y su represión contra toda protesta social.

Bandeira Vermelha

10 de julio de 2021

La advertencia: película de Juan Antonio Bardem sobre el juicio contra Dimitrov

"Advertencia", "Preduprezhdenieto" en búlgaro, lengua en la que se rodó, "Die Mahnung" en alemán, es una película prácticamente desconocida en España aunque haya sido realizada en Bulgaria por uno de sus mejores directores de cine, Juan Antonio Bardem. Cuenta la historia de Jorge Dimitrov ante los tribunales nazis que le acusaban de haber intervenido en el incendio del Reichtag, que los propios nazis quemaron para criminalizar a los comunistas. Comienza la historia en 1932, en Amsterdam, cuando Dimitrov preparaba el Congreso contra la guerra y el fascismo, y finaliza en la sesión inaugural del VII Congreso de la Internacional Comunista en el que se proclama la forma de lucha contra el fascimo mediante los Frentes Populares. La trama se desarrolla cuando es detenido y rechaza un abogado defensor porque decide defenderse a sí mismo. El proceso fue seguido por todos los diarios de occidente y fue un pulso entre los comunistas y la dictadura nazi.

Imagini pentru die mahnung
La película es una coproducción búlgara y soviética en conmemoración al centenario del nacimiento de Jorge Dimitrov. Durante año y medio Bardem estuvo trabajando en la realización de la película con unos medios artísticos e intelectuales como nunca había disfrutado en España.Durante varios meses, el equipo estuvo filmando por Bulgaria, Hungría, República Democrática Alemana, Austria y la Unión Soviética. En Kiev se reprodujo fielmente el Reichstag de Berlín antes de su incendio. Bardem contó además con la inestimable colaboración de una de las compañías de teatro más importantes del mundo: el grupo brechtiano "Berliner Ensemble", que actuaron en la película.

Los guionistas y Bardem hicieron una exhaustiva labor de investigación sobre las actas del juicio, y con esta gran base documental, construyeron una verídica argumentación social del régimen de terror nazi. "El proceso", dijo el propio Bardem, "fue filmado por los nazis, pero no se ha conservado ese material. Sólo el sonido, y en él nos hemos basado para recomponer el jucio. La reproducción no puede ser exacta: duró tres meses. Pero sí está condensado en las intervenciones claves".

En el juicio contra Dimitrov este desmontó argumentalmente todo el entramado nazicapitalista. La película es un ejemplo magistral de retórica, fundamentación y dialéctica. En Bulgaria se realizaron durante muchos años cursos específicos que se apoyaban en la película para discernir, de forma materialista, lo positivo y negativo de las argumentaciones sociales.

Dimitrov usó en el juicio un poema de Goethe que contenía los siguientes versos:

"¡Abre los ojos a tiempo!¡La gran rueda de la dicha
raras veces se detiene;
o te impones o te arrollan;
hay que ganar y mandar,
o someterse y perder,
o resignarse o triunfar,
o ser yunque o ser martillo!"
Imagini pentru dimitrov proceso liezpig
Dimitrov y Stalin
La película usa estos versos como punto culminante de la argumentación: "Se es yunque o se es martillo: no hay otra alternativa". La advertencia quedó clara para el mundo tras el juicio: La necesidad de una unidad política de todas las fuerzas de izquierda, de un frente común de lucha contra el capital su rostro más sincero, el fascismo. Hay que conseguir esa unidad superando recelos y apriorismos. Está en juego las conquistas sociales, la libertad de pensamiento y el desarrollo creciente de los derechos de los trabajadores.

De este pensamiento se se impulsaron los Frentes Populares, propició la lucha intransigente contra la pérdida de los derechos de los trabajadores, permitió el ascenso de las ideas comunistas entre la población, contribuyó a que una parte considerable de la humanidad viese en el socialismo la liberación del yugo del capitalismo y la explotación..

La Advertencia, en definitiva, intenta plamar cómo Dimitrov desnudó al capitalismo, al imperialismo y al fascismo. Tenían que hacerlo de manera cruda, pero a la vez de forma educativa, utilizando los materiales cinematográficos más avanzados hasta los años 80 del siglo pasado. De estos medios materiales Bardem comentó: "No he trabajado en Hollywood, pero es idéntico. Una vez aceptado el guión, hay que hacerlo. Yo veía, con mi mentalidad de hombre del subdesarrollo, que podía costar mucho dinero lo que luego en la pantalla iba a durar escasos segundos, y hasta me sentía a veces inclinado a renunciar al rodaje de momentos tan costosos. Pero es absurdo. Esos breves momentos pueden ser los que acaben conformando el ambiente de la película."




Fuente: La espina roja

El inquilino, película censurada por el franquismo por denunciar la especulación inmobiliaria

El inquilino es una película española de 1957 dirigida por José Antonio Nieves Conde que, desde su rodaje, pasó a ser un director maldito del régimen franquista. En la cinta, se denuncia la especulación urbanística que los ganadores de la Guerra Civil implantaron en España de la mano del capitalismo, ya que victoria nazifranquista no fue más que la de las grandes fortunas españolas y de los grandes inversores extranjeros (al fin y al cabo, el fascismo es solo la cara que adopta el capitalismo cuando las cosas le van mal).

12 Best El inquilino images | Tree wall painting, Confetti wall ...Un matrimonio con cuatro hijos recibe la orden de desahucio, pues van a echar abajo el edificio porque los propietarios lo venden a una gran empresa constructora, por lo que se ven obligados a buscar incansablemente otro sitio donde vivir, a contrarreloj, mientras el bloque se va derrumbando a su alrededor.

Un drama social donde se muestran, de forma valiente para la época en que está hecha la película, las penurias de las familias de clase media-baja y los problemas de vivienda en los años cincuenta, metidos de lleno en la especulación del suelo. Algo que, sin ir más lejos, se sigue sufriendo de forma dramática en la actualidad, porque es algo inevitable en un régimen dominado por la tiranía del capital

Después de su lanzamiento en 1958, la película fue retirada y sometida a la censura. Se cambiaron algunas escenas y mensajes más políticos, especialmente los que hacían referencia a la pobreza y al sistema o denunciaban la forma de vida lujosa de los que habían vencido en la guerra. También se obligó a cambiar el final, que en la versión original era demasiado pesimista para la visión de la España féliz que intentaban imponer los fascistas frente a la tremenda desigualdad que su victoria había vuelto a traer a España. 

Una vez cambiado lo que no convenía al régimen, la nueva versión se estrenó en Madrid en 1963. En la versión que se comparte al final de esta entrada, se trata de la versión original, aunque al final se pueden ver los cambios impuestos por la censura, incluyendo el tremendo giro que supone la optimista y feliz escena final.

El protagonista es un joven Fernando Férnan Gómez y, junto a él, aparecen otros grandes actores del cine español de la época y de los años posteriores, como José Luis López Vázquez. Mariano Ozores o Manuel Alexandre.

28 de junio de 2021

La clase obrera va al paraíso

La clase obrera va al paraíso es uno de los grandes films italianos de cine político. La película transcurre en una fábrica en la que Ludovico Massa, más conocido por sus compañeros de fábrica como Lulú, que es el encargado de hacer cumplir las órdenes del patrón. La ambición de los jefes hace que el trabajo a destajo se multiplique, mientras aquel sigue sin cuestionarse absolutamente nada de lo que le mandan, ni tan siquiera para quién trabaja o quien se beneficia realmente de su trabajo. Pero todo cambiará cuando se corte un dedo en la máquina que lleva y se convierta en testigo de la solidaridad obrera.  

Padre de dos familias, y atormentado por una úlcera, Lulú impone un frenético ritmo productivo en la fábrica trabajando en turnos de destajo, lo que le hace ser odiado por sus compañeros al forzarles a igualar su ritmo. Como hemos dicho, un mal día Lulú pierde un dedo en un accidente laboral. Sus compañeros de fábrica aprovechan la fatalidad para iniciar un movimiento de protesta que estaba latente en todos los trabajadores. Pero en el fondo Lulú se encuentra dividido entre el movimiento sindical y las tentaciones y condicionamientos presentes en la sociedad de consumo, lo que provocará en él una profunda confusión ideológica que le hará replantearse su propia existencia.

La película “La clase obrera va al Paraíso” es un claro reflejo de la crisis en la que se encontraba sumida Europa en los años 60, el malestar y revueltas que se vivían y el descontento particular de la clase trabajadora. Sin embargo, el bombardeo propagandistico de la clase capitalista hace que la clase trabajadora este dividida, desorganizada; es muy reveladora la paradoja con el personaje principal, un obrero apreciado por su patrón (pues es el ejemplo a seguir y establece el tiempo en que debían realizarse las producciones, los destajos) pero odiado por sus compañeros. Lulú es producto de su tiempo y a diferencia de muchos de sus compañeros, aún no ha tomado conciencia de la alienación en que se encuentra, aunque a lo largo de toda la película se cuestiona su actitud y si realmente hace lo que debe o simplemente está desperdiciando su vida para el enriquecimiento de otros. A lo largo de toda la historia, las contradicciones entre el obrero esclavizado y su necesidad de emancipación son continuas, aunque no siempre realmente conscientizadas.

Lulú es el retrato del obrero en proceso de desideologización producto del neoliberalismo, en proceso de transformación en un esclavo del consumo. Pero la lucha contra la explotación y la natural ansia de emancipación propia de todo explotado hace que nunca sea tarde para despertar.



Visto en Cultura Proletaria

24 de junio de 2021

Mujeres de Pekín, Maria Teresa León

"Su importancia se multiplica de año a año, y si vemos aún la China antigua pasear a pasitos de perdiz, las nuevas generaciones de mujeres usan botas fuertes, grandes, seguras, de las que hacen más caminos en ocho años de socialismo que en tres mil de imperio. Las jóvenes ríen al sentirse libres, las viejas lloran. La nueva vida se la debemos a Mao, dicen. Unas y otras son la entraña de la República Popular China. Millones de sus hijos aseguran la futura felicidad que vendrá".

En 1957 María Teresa y Rafael Alberti realizaron un viaje a China para tomar contacto con
los cambios sociales surgidos de la revolución comunista. Fruto de este viaje nacio un libro, Sonríe China (1958), al que pertenece el fragmento que abre la entrada, y que es el testimonio de los cambios políticos, sociales y culturales de la República Popular.

Además de ofrecemos una descripción del presente revolucionario, y esperanzador para los pueblos del mundo, de la China Popular, María Teresa León, nos evoca una y otra vez el pasado del país, para referirse a lo profundo de un cambio en tan escaso margen de tiempo tras el triunfo de la revolución.

Desde el exilio, y desde la frustración de la derrota de la República Española, y con ella de las esperanzas del pueblo español, la mirada de María Teresa León se extiende, sobre un pueblo que supo vencer a su enemigos externos e internos y escapar de siglos y siglos de opresión en su propio ritual, entre emperadores y hombres adornados con gusanos de seda.

Sonríe China, es un libro de viaje, aunque con poemas e ilustraciones de Rafael Alberti intercaladas. En la obra destaca, sin embargo, la prosa de una voz femenina, llena de ideales esperanzadores que hacen suponer que el libro está escrito, casi en su totalidad, por María Teresa León.

Entre todos los aspectos sociales a los que pasa revista María Teresa León en su visita a la China de Mao, ninguno le sorprende tan positivamente como el de la evolución de la mujer, quien ha empezado a superar el desprecio y la infravaloración a que estaba sometida en el sistema de valores de la sociedad china de las dinastías imperiales. María Teresa León admiraba como había cambiado la situación de la mujer china tras la llegada al poder de Mao y el Partido Comunista, ya que este hecho tuvo gran trascendencia para la suerte de todas ellas, y anhela este cambio en las sociedades sometidas al capitalismo, donde la mujer sigue siendo, en la mayoria de los casos, un objeto al servicio del hombre, doblemente explotada por su condición femenina y su posición de clase.

 No obstante, conviene recordar aquí las palabras de Mao: “Con el fin de construir una gran sociedad socialista, es de suma importancia movilizar a las grandes masas de mujeres para que se incorporen a las actividades productivas. En la producción, hombres y mujeres deben recibir igual salario por igual trabajo. Sólo en el proceso de la transformación socialista de la sociedad en su conjunto se podrá alcanzar una auténtica igualdad entre ambos sexos”. Y así parece que fue, al menos hasta el triunfo del que Mao denominaba "camino capitalista", partidarios contra los que los comunistas chinos llevarían a cabo la Gran Revolución Cultural. y que tendría lugar tras el abandono de esta y, sobre todo, tras la muerte del creador de la República Popular China (en un proceso semejante al acaecido años antes en la Unión Soviética).

En el siguiente fragmento, podemos ver como Maria Teresa León describe el enorme cambio, el gran salto hacia adelante, hacia el futuro, que dieron las mujeres chinas de la mano de la Revolución Maoista, y lo hace a la vez que lo anhela en su propia patria, España, sometida a la última dictadura abiertamente fascista superviviente tras la Segunda Guerra Mundial:


"¡Mujeres de Pekín! ¡Qué admirables y discretas son! Me las encuentro en todas partes, lo llenan todo llevando hijos de cualquier tamaño, niños envueltos en telas multicolores, encapuchados, amorosamente protegidos del frío. Llevan, si son mayores, un largo gabán hasta los pies que ha de servirles sin duda mucho tiempo mientras crezcan y servirá a sus hermanillos, que indudablemente han de venir. La gorra de pieles de orejas de liebre acaricia con su pelo las mejillas de porcelana, encuadrando su sonrisa de niños, felices de que los miremos. Si les sonríes –¡y vaya si les sonrío! –, se te acercan como conejitos buenos, tocando con sus manos las tuyas –¡ay, tan grandes!– que deben parecerles inmensas, ya que han heredado las manos pequeñitas de los dibujos hechos en seda china. Yo, antes, como mujer del sur, creía que los niños más bonitos del mundo eran los del norte; ahora, como mujer que ha viajado, compruebo que no hay niños más hermosos que los del este del planeta que habitamos. Sin recelo ni acoso, estos niños que no piden limosnas como los de Toledo, ni son golfillos despejados como los de París o Nápoles, nos hablan con su lenguaje de canario que gorjea, confiados, sin duda, en mi pelo blanco, que les gusta tocar para convencerse de que no es cosa de juego. Las madres también se acercan, alcanzando a nuestra consideración algún niñito de marfil, que yo he visto antes en los abanicos que guardaba mi madre. Estoy segura que me hablaban de madre a madre, contándome esas cosas comunes que tenemos las mujeres del mundo: si es dura la tarea de criar hijos, si son fastidiosos para comer o si se escapan para lanzar al viento cometas doradas.

Estoy segura de entenderlas. Son las descendientes de otras mujeres muy poco apreciadas en la vida china, por las que se vestía luto el día de su nacimiento, a las que se podía maltratar, abandonar, cancelar con ellas todos los compromisos. Millares de mujeres, millones, mejor dicho, no recibieron nunca educación; se podían vender como ganado que produce poco; no tenían derecho a elegir su marido; debían aceptar compartir con las concubinas el lecho, la casa, el amor. Como no podían cumplir el culto a los antepasados, si en una casa llegaban muchas hembras, se las ahogaba en los ríos profundos y –¡horror!– debían obedecer a la suegra.

El signo chino que dice mujer repite tres veces el que significa mal o malo. El signo mujer dentro del signo casa significa paz. De ahí la tendencia al encierro, a la anulación. Cuando un poeta tiene que expresar su gran alegría, dice: “soy feliz porque soy chino, porque no he nacido mujer”. Las mujeres se suicidan en cantidades fabulosas. ¿Y para quién iban a conservarse? Las madres de Pequín saben hoy todo esto y muchas cosas más que les estaban vedadas a las mujeres de los pies chiquitines, caminando con pezuñitas de corza la vida de un lado para otro de su infortunio. Ya no vendrá el comprador de carne humana a buscar a sus hijas para comprarlas, ya los hoteles no servirán a los viajeros muchachitas precoces en todas las artes, ya las hijas no serán más conejas, alondras ni hormigas. Ya no pagará ninguna con su cuerpo los estudios en la Universidad de Shangai.

Las madres que van por la calle saben que la hermosa caligrafía del presidente Mao les dio la liberación de su milenario martirio al trazar una raya sobre la antigua ley matrimonial. Saben que la mujer acaba de nacer en China protegida por la sombra de la Larga Marcha donde ellas fueron guerrilleras heroicas. Saben que los ricos consumidores de concubinas tendrán que abstenerse de ellas y de otras mil cosas que el pueblo les ha obligado a prescindir en lo sucesivo. Las mujeres de China ya no bajan la cabeza ante suegras horribles, ni han de servir de criadas en la casa del novio hasta que éste alcance la mayoría de edad, ni tendrán que soportar el peso de la tradición confuciana. Ahora ninguna mujer baja la vista. Las encontramos vestidas de pantalones, con su airecillo varonil, sin complejos, pisando decididas en sus tareas de soldados, de enfermeras, de maestras, no cediendo el paso a los hombres atropelladores, ni ganando menos sueldo, ni considerándose menos inteligentes que su compañero de facultad. Su importancia se multiplica de año a año, y si vemos aún la China antigua pasear a pasitos de perdiz, las nuevas generaciones de mujeres usan botas fuertes, grandes, seguras, de las que hacen más caminos en ocho años de socialismo que en tres mil de imperio. Las jóvenes ríen al sentirse libres, las viejas lloran. La nueva vida se la debemos a Mao, dicen. Unas y otras son la entraña de la República Popular China. Millones de sus hijos aseguran la futura felicidad que vendrá". (Sonríe China, 1957)


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