26 de agosto de 2013

Ottavio Bottechia: el campeón de la clase obrera

Aunque parece dificil de entender para los jóvenes de hoy, acostumbrados a la imagen de un deportista de élite imbecil y apolítico, dedicado a hacer dinero y a derrocharlo como sea, y convirtiéndose en modelo mediático de esta forma de vida, esto no siempre fue así. A lo largo de la historia ha habido muchos deportistas comprometidos con su clase social y que llevaron hasta su muerte la bandera de la lucha por un mundo más justo y libre.


Uno de ellos, y coincidiendo esta entrada con que recientemente ha empezado la nueva sesión de la vuelta a España, es el ciclista Ottavio Bottecchia, que se definia a sí mismo com "el obrero de la bicicleta".

No pudieron ser más humildes los orígenes de Ottavio Bottecchia, nacido el 1 de agosto de 1894 en San Martino di Colle Umberto, un pequeño pueblo de la región italiana de Friuli, en el seno de una familia de nueve hijos. Criado en la pobreza, tuvo que ponerse a trabajar muy pronto para ganarse el pan, por lo que apenas pudo ir dos años a la escuela. Casi sin saber leer ni escribir, empezó a trabajar de albañil siendo todavía un niño. Aprendió a montar en bicicleta durante la Primera Guerra Mundial, en la que participó en el frente austro-italiano, formando parte de los Bersaglieri, cuerpo de infantería que se desplazaba en bicicleta para transmitir los mensajes al Estado Mayor. Poco antes de finalizar la Guerra fue hecho prisionero, pero logró escapar.

Medalla de bronce al valor, una vez finalizado el conflicto bélico, Bottecchia (ya con 27 años) se dedicó de manera profesional al ciclismo, y pronto llegaron los primeros éxitos. En 1922 sus buenas actuaciones le valieron para ser reclamado por el francés Henri Pélissier –la mayor figura ciclista del momento-, quien le pidió que se uniera a su equipo, el Automoto-Hutchinson. Bottecchia aprendió a leer siendo ya un profesional del ciclismo, gracias a las enseñanzas de su amigo y compañero de entrenamiento Alfonso Piccin. Juntos leían las columnas del diario deportivo La Gazzeta dello Sport y folletos antifascistas. Sus ideas le jugarían una mala pasada en su país, donde fue vetado del Giro por su firme oposición al régimen de Mussolini. Por eso, sólo pudo participar en una edición (la de 1923) de la gran carrera italiana.

Tras acabar quinto en el Giro de Italia de aquel año, se presenta sin grandes pretensiones al Tour, formando parte del Automoto, para ayudar a sus compañeros de equipo Henri Pélissier y el belga Lucien Buysse. Sin embargo, en la segunda etapa se hace con el triunfo y con el liderato. Lo perdió en las etapas siguientes, lo volvió a recuperar en los Pirineros, y lo perdió definitivamente en los Alpes en favor de Pélissier, quien se llevaría la general con media hora de ventaja sobre Bottecchia. El italiano fue la gran sensación del Tour, mostrándose como un ciclista completo: buen rodador, buen esprinter, mejor escalador, y con una dureza y resistencia excepcionales, forjadas a sangre y fuego durante su miserable infancia. Era, en definitiva, un adelantado a su época. “Bottecchia me sucederá el próximo año”, dijo entonces Pélissier. Y no falló en su pronóstico el campeón francés.

Enjuto, de piel bronceada, con la mirada siempre perdida, nariz aguileña y orejas puntiagudas (Henri Desgrange, el director del Tour de Francia, se refería a él como “mariposa” por este motivo), Bottecchia se presentó en la línea de salida de la Grande Boucle de 1924 con la etiqueta de principal favorito, condición que demostró con creces. Ganó la primera etapa y ya no soltó el jersey de líder en toda la carrera, convirtiéndose en el primer italiano en conquistar el Tour. Ganaría un total de cuatro etapas y ejerció un dominio incontestable sobre todos sus rivales.

En la etapa reina de los Pirineos (Bayona-Luchon, 326 kilómetros atravesando todos los colosos pirenaicos), Bottecchia dio una exhibición sublime. Dada su condición de líder, sólo necesitaba controlar a sus rivales (Nicolas Frantz y Lucien Buysse principalmente) pero desde los primeros repechos del primer gran puerto ataca como un poseso. En la cima del Aubisque aventaja a su primer perseguidor en 2 minutos 40 segundos, en el Tourmalet en 10:52, 16 minutos en el Aspin, 18 y medio en el Peyresourde… Llega a la meta de Luchon con una ventaja de 27 minutos y 58 segundos, sentenciando la carrera. También vencería en la siguiente etapa pirenaica (Luchon-Perpignan) y en la etapa final en París.

En 1925 se repite la historia, y de qué manera, en el Tour de Francia. De nuevo Bottecchia vence en la primera y la última etapa; de nuevo logra cuatro triunfos parciales; de nuevo se muestra muy superior a todos sus rivales; de nuevo llega a París con una diferencia abismal respecto a sus perseguidores (54 minutos a Buysse, 56 a su compatriota Bartolomeo Aymo…). Con sus adversarios a una distancia inalcanzable, empezó a escuchar críticas que le tachaban de conservador. Enfurecido, Ottavio las rebatió la última etapa entrando en solitario en el velódromo del Parque de los Príncipes, donde más de 20.000 espectadores se rindieron a su talento y su coraje. Estos triunfos en el Tour le convirtieron en un verdadero ídolo. Pese a ello, no perdía la humildad: “Soy un obrero de la bicicleta”, declararía entonces.

En 1926 no pudo repetir éxitos y se retiró del Tour “llorando como un niño”. En los Pirineos, durante la etapa Bayona-Luchon, se vio obligado a abandonar enfermo, exhausto, destrozado por dentro y por fuera, en medio de un escenario que los allí presentes describieron como “apocalíptico” a causa del frío y la torrencial lluvia. Para continuar con las desgracias, ese mismo invierno perdió a su hermano pequeño, Umberto, atropellado por un coche. Y poco después, llegaría el misterio de su muerte.

El 3 de junio de 1927 un agricultor de Peonis, localidad cercana al pueblo de residencia de nuestro protagonista, encontró un cuerpo agonizando en la cuneta de la carretera; tenía el cráneo roto, al igual que una clavícula y otros huesos. Pronto se confirmó que era Ottavio Bottecchia; le llevaron a un bar y, sobre una mesa, el cura le dio la extremaunción. De allí fue llevado inmediatamente al hospital de Gemona de Friuli, donde falleció 12 días más tarde sin haber llegado a recobrar el conocimiento. Tenía 33 años.

Oficialmente se trató de un accidente sufrido cuando entrenaba. La primera teoría hablaba de que una insolación le hizo caer al suelo, golpeándose la cabeza. Sin embargo, su bicicleta se encontró bastantes metros más allá, apoyada contra un árbol, y no había sido robada ni dañada. Tampoco había marcas de neumáticos que pudieran sugerir que algún coche le hubiera forzado fuera de la carretera o que hubiera perdido el control de su bicicleta.

Se supo que aquella mañana Bottecchia se levantó al alba y pedaleó hasta la casa de su gran amigo Alfonso Piccin para ir a entrenar juntos. Pero Piccin decidió no salir aquel día y Ottavio partió sólo. A partir de aquí, lo que ocurrió es una incógnita. Incógnita y misterio. Algunos sugirieron una pelea, pero no se encontró indicio alguno de ella; otros apuntaron a la participación en los hechos de una cuadrilla de camisas negras, como represalia por las ideas comunistas de Bottecchia y su abierta oposición al régimen de Mussolini. La investigación oficial se cerró dando por buena la teoría del accidente y la familia del ciclista, que recibió una suculenta indemnización por su muerte, tampoco mostró interés en saber más.

Pero en los años siguientes, para añadir aún más confusión a la historia, dos personas se autoinculparon de su muerte. Primero fue un emigrante italiano en Estados Unidos quien, tras ser herido y detenido en una reyerta con navajas en un muelle de Nueva York, acabó declarando haber asesinado a Ottavio y atropellado a su hermano Umberto por encargo de un dirigente fascista.

Más tarde, dos décadas después del fatal suceso, el campesino propietario de la viña donde se encontró a Bottecchia confesó, en su lecho de muerte, haber asesinado de manera accidental al ciclista: “Vi a un hombre comiendo mis uvas. Le tiré una piedra para asustarle, pero le golpeó. Corrí hacia él y me di cuenta de quien era. Me asusté, le arrastré hasta la orilla del camino y allí lo dejé. Dios me perdone”.

Muchos vieron lagunas en esta explicación: por un lado, junio no es temporada de uvas (no maduran hasta finales de verano); por otro, para romper el cráneo a alguien con una piedra tendría que ser tan grande que le obligaría a estar muy cerca, con lo que parece inverosímil la explicación del agricultor. Bottecchia era un héroe local, y estando tan cerca habría sido fácilmente reconocible. Nueve décadas después, las causas de la muerte del peculiar ciclista italiano siguen envueltas –como su personalidad- en un halo de misterio. Casi con toda seguridad seguirán siéndolo por los siglos de los siglos.

Terrible destino, terrible final, el de este humilde ciclista, hijo del hambre, que emigró a Francia en busca de gloria y murió en un hospital doce días después de haber sido encontrado tirado, inconsciente, al borde un viñedo, con el cráneo destrozado y varios huesos rotos.

Para su desgracia, la situación política que vivía el país transalpino en la década de 1920 –en clara contraposición con sus ideas izquierdistas- le impidió ser profeta en su tierra, logrando casi todos sus triunfos en la vecina Francia. Probablemente sus convicciones comunistas, su origen obrero, y antifascismo le crearían muchos enemigos y, quizás, le llevaron a una temprana muerte.

De hecho, y debido a que, a pesar de la derrota del fascismo en la Segunda Guerra Mundial a manos del Ejercito Rojo, Italia quedó bajo la influencia y control de los Estados Unidos, Bottechia sigue siendo hoy un gran olvidado en su propio país. Un país donde 90 años después de su muerte, los trabajadores siguen siendo pisoteados por la burguesía y la dictadura del capital sigue manteniendo los privilegios de unos pocos a costa de la explotación de la mayoria, esta vez bajo una falsa apariencia democrática, mientras la clase obrera, de la que Bottechia siempre se sintió miembro, está totalmente desorganizada y apenas sin ofrecer resistencia alguna, a la ofensiva de sus enemigos.

Más información en Historias del Deporte
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