13 de marzo de 2015

Coloquio con la vida, Máximo Gorki

Mientras los explotados y los oprimidos no acepten como necesaria aquella enseñanza de Buenaventura Durruti, que la libertad no se mendiga, se conquista, no seguirá siendo más que un esclavo mejor o peor tratado por el amo, sometido a dioses de los que espera la salvación, incapaz de liberarse a sí mismos.

Tal y como describe Máximo Gorki en su cuento Coloquio con la vida:

"Imploras como un mendigo de solemnidad; pero has de saber, pobre hombre, que la Vida no da limosnas. Has de saber que un ser libre no pide nada; se apodera por sí mismo de mis dones... Tú no eres más que el esclavo de mi voluntad. Sólo es libre aquel que sabe renunciar a todos los deseos para dedicarse enteramente a conseguir el fin elegido. ¿Has comprendido?"

Algo que el también escritor soviético, y camarada de Gorki, Nikolai Ostrovski, describe a la perfección encarnado en el protagonista de su obra, el revolucionario Pavel, obra que debería ser el libro de cabecera de todo aquel que aspira a ser libre.

Mientras los trabajadores esperen que sean otros, las autoridades, el sistema, el país vecino o el partido político de turno los que le liberen, los que le regalen la emancipación, la clase capitalista seguirá viviendo aprovechándose y y parasitando su sudor y esfuerzo, y continuarán no siendo más que animales al servicio de su dueño.

En su cuento Coloquio con la vida, Máximo Gorki pone en boca de la propia vida las características imprescindibles de todo revolucionario, entregado al objetivo por el que lucha, dispuesto a tomar el futuro en sus manos, sin dios, sin amo, pero con principios firmes aplicados sin dudas en la práctica individual y colectiva.

Gorki termina recordándonos que sin la justicia, sin igualdad, entendida esta como erradicación de toda dominación y sometimiento, es imposible de  alcanzar la libertad, que si no se acaba con la explotación y la dependencia no podrán existir la felicidad ni el bienestar, más allá del disfrute de las migajas del pan de hoy y hambre para mañana. Y esa imprescindible justicia, por supuesto, tampoco llueve del cielo, ni puede ser impartida ni repartida por una clase que basa sus privilegios en la perpetuación de la arbitrariedad y desigualdad, por sus jueces clasistas, ellos mismos miembros y al servicio de la clase que se ha apropiado del poder.

Solo existe una fórmula para que no continue siendo así por los siglos de los siglos, como pregonan las religiones y las ideologias reaccionarias: superando la continua estafa teledirigida de la socialdemocracia y los reformismos, tomando el poder por los explotados, por la clase trabajadora, por cualquier medio necesario y posible,  convirtiendo a la justicia, la verdadera, la justa, la que beneficia a todos los seres humanos y no solo a una élite rapiñera, emulando a los camaradas jacobinos, en virtud revolucionaria:

"—¿Dónde está la justicia? Dámela. Más tarde sabré conseguirlo todo... Por el momento sólo quiero la justicia. He esperado mucho tiempo con paciencia, con razones, sin el menor descanso. He esperado... pero llegó la hora. ¿Dónde está la justicia?...

—Tómatela —contestó la Vida, impasible".

¿Haremos caso a Gorki?

Coloquio con la Vida 

Estaban ante la Vida dos hombres, que eran otras tantas víctimas suyas.

—¿Qué me queréis? —les preguntó. Uno de ellos contestó con voz lenta:

—Me rebelo ante la crueldad de tus contradicciones; mi espíritu se esfuerza en vano por penetrar el sentido de la existencia y mi alma está invadida por las tinieblas de la duda. Sin embargo, la razón me dice que el hombre es el ser más perfecto del mundo...

—¿Qué reclamas? —interrumpió impasible la Vida.

—Quiero la dicha... Y para poder realizarla, es preciso que concilies los dos principiós opuestos que comparten mi alma, poniendo de apoyo mi "yo quiero" con tu "tú debes".

—No tienes nada que desear sino aquello que debes hacer por mí —contestó la Vida con dureza.

—No, yo no puedo desear ser tu víctima. ¿Porque yo quisiera dominarte, estoy condenado a vivir bajo el yugo de tus leyes?

—Modera tu énfasis –le dijo el que estaba más cerca de la Vida. Pero sin fijarse en sus palabras, el otro prosiguió:

—Yo quiero tener el derecho de vivir en armonía con mis aspiraciones. No quiero ser hermano ni esclavo de mi prójimo por deber; seré su hermano o su esclavo a mi gusto, obedeciendo a mi voluntad. Yo no quiero que la sociedad disponga de mí como de una piedra inerte que ayuda a edificar las prisiones de su ventura. Soy hombre, soy alma, soy espíritu y debo ser libre.

Espera —dijo la Vida con una sonrisa helada—. Has hablado lo bastante y ya sé todo lo que podrías añadir. ¡Pides tu libertad! ¿Por qué no la ganas? ¡Lucha conmigo! ¡Vénceme! Hazte mi señor, y yo seré tu esclava. No sabes con qué tranquilidad me someto siempre a los triunfadores. ¡Pero es necesario vencer! ¿Te sientes capaz de luchar conmigo para librarte de tu servidumbre? ¿Estás seguro del triunfo? ¿Confías en tu fuerza?

Y el hombre contestó: —Me has arrastrado a un conflicto interior con mi propio yo; has afilado mi juicio, que, a la manera de una hoja mortífera, se hunde en lo más profundo de mi ser, aniquilándolo.

—Háblale con más valor, no te quejes —observó su compañero. Pero el otro continuó:

— ¡Ah, si la tiranía me concediese una tregua! Dejadme gozar de la dicha.

La Vida volvió a sonreír con su sonrisa de hielo.

 —Dime: al dirigirte a mí, ¿exiges o pides una gracia?.

—Pido una gracia —contestó el hombre como un eco.

— Imploras como un mendigo de solemnidad; pero has de saber, pobre hombre, que la Vida no da limosnas. Has de saber que un ser libre no pide nada; se apodera po sí mismo de mis dones... Tú no eres más que el esclavo de mi voluntad. Sólo es libre aquel que sabe renunciar a todos los deseos para dedicarse enteramente a conseguir el fin elegido. ¿Has comprendido? Márchate.

El hombre había comprendido y se tendió, como un perro dócil, a los pies de la Vida, para recoger humildemente las migajas de su festín. Entonces las miradas de la Vida se dirigieron dulces hacia aquel que no había hablado aún y cuyas facciones estaban llenas de bondad.

—¿Qué pides?

—No pido nada; exijo...

—¿Qué exiges?

—¿Dónde está la justicia? Dámela. Más tarde sabré conseguirlo todo... Por el momento sólo quiero la justicia. He esperado mucho tiempo con paciencia, con razones, sin el menor descanso. He esperado... pero llegó la hora. ¿Dónde está la justicia?...

—Tómatela —contestó la Vida impasible.
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