
Elliott (1911-1983) fue
un librero inglés que, como tantos otros miles de comunistas, no dudó en arriesgar
su vida en defensa de la República española. Entre sus hechos de armas en la
Guerra Civil se cuenta su participación en las batallas del Jarama y Brunete. Tras
el triunfo del fascismo en España, Elliott siguió siendo un activo militante
por la democracia en nuestro país. Como miembro de la International Brigade Association, escribió diversos artículos y
panfletos de denuncia del régimen terrorista de Franco, abogando por una acción
conjunta de la comunidad internacional que permitiese acabar con él, ya que,
como bien señala, “el terror en España
no desaparecerá hasta que el fascismo no sea derrotado”.
En ¿Qué pasa con España?
se subraya el íntimo vínculo de clase, genético, cabría decir, entre el
franquismo y el nacionalsocialismo alemán:
“Los
grandes terratenientes españoles apoyaron al fascismo del mismo modo que los
Thyssen y Krupp respaldaron a Hitler. Los latifundistas contaron con la eficaz
colaboración de los cabecillas del Ejército, de la alta jerarquía de la Iglesia
Católica y de muchos financieros e industriales”.
Y como en la Alemania
nazi, en la España de finales de los años 30, el presupuesto esencial del
programa político de las clases dominantes burguesa y semifeudal era la más
amplia aniquilación física de toda forma de oposición progresiva. Las palabras
del capitoste fascista Emilio Mola no dejan lugar a dudas:
“Si hay diez millones de republicanos en
España que se oponen al régimen de Franco, Franco exterminará hasta el último
de ellos tras su victoria”.
Recién concluida la II
Guerra Mundial, el final de la barbarie franquista pasaba, para Elliott, por
perseverar en la misma estrategia que permitió la liquidación de Hitler, es
decir, apoyo “incondicional” a la oposición democrática española, en especial a
la resistencia guerrillera en el interior del país, así como al gobierno
republicano en el exilio, y unidad de los aliados contra Franco, que debía
materializarse en la ruptura de las relaciones diplomáticas y el bloqueo
económico. Dicho planteamiento da pie a Elliott para rendir homenaje a los
guerrilleros antifascistas que, pistola en mano, seguían defendiendo la democracia
y el socialismo, ahora desde la clandestinidad, al igual que para denunciar la
salvaje represión en los campos de concentración y en las cárceles franquistas.
En el plano internacional, no obstante, Elliott detecta ya los primeros signos
de complacencia hacia Franco por parte de los gobiernos capitalistas
occidentales y advierte, lúcidamente, de que
“No sería nada de extrañar que algunas empresas que han estado haciendo
lucrativos negocios en España –donde, gracias al fascismo, los costes laborales
son muy bajos– terminen diciendo: “¡A Franco ni
tocarlo, que nuestro dinero está invertido allí!”. Una política exterior
democrática no debería prestar oídos a estos exponentes de la “libre empresa”, sino que establecería un bloqueo económico contra Franco y
la Falange”.
El capítulo más
extraordinario, quizá, de ¿Qué pasa con
España? es el que lleva por título “Intrigas en tierra de nadie”. El lector
actual quedará sorprendido, incluso confuso, al toparse en unas páginas
escritas nada menos que treinta años antes de la muerte de Franco con… la
Transición. ¡Sí, la tan cacareada y “modélica” Transición del 78!
Lon Elliott describe así
el marco político y el objetivo central de ese “gobierno de transición”:
“Ante la
perspectiva de que Franco desaparezca de la escena, estas personas –se refiere
Elliott a los diversos sectores de la clase dominante– han comenzado a buscar
un sustituto que les asegure sus riquezas y privilegios, y les garantice que
nunca se verán obligados a rendir cuentas por sus actividades fascistas. Lo que
quieren es un gobierno que preserve el poder de la reacción en España, aunque
con una apariencia lo bastante democrática como para colarse, de tapadillo, en
el seno de las Naciones Unidas”.
“Don
Juan de Borbón, hijo de Alfonso XIII, (…) ferviente fascista cuando la sección
española del Partido nazi estaba apenas echando a andar. Tenía el carnet nº 5
de la Falange”.
Que Elliott no adivinara,
por una generación, la identidad del futuro jefe del Estado –designado, por
cierto, en julio de 1969 por el cabecilla golpista del 36– no significa que no
acertara de lleno con el propósito transicional
de la clase dominante a la que sirvió el tirano:
“Con el
restablecimiento de un rey en el trono español, esperan poder nimbar de
respetabilidad sus actividades a los ojos del extranjero”.
(…)
“Un
“gobierno de transición” (…) les daría a los dirigentes fascistas, en concreto,
una oportunidad inmejorable de salvar no sólo el pellejo, sino también el
botín”.
Si nuestro autor tenía
completa razón en que “el fascismo no se convierte en democracia por la mera añadidura
de un rey fascistoide”, lo que nunca pudo imaginar en el año 46 es que para
transitar del franquismo al régimen borbónico, entre los imprescindibles
muñidores –“personajes
sospechosos que no son ni republicanos ni monárquicos, ni auténticos demócratas
ni fascistas de verdad”– iba a haber sujetos que, como Carrillo o Pasionaria,
habían compartido trinchera con él.
***
Concluyamos aquí esta
breve presentación de la mejor manera posible, con unos versos del propio Lon
Elliott que son su más bello homenaje a los antifascistas muertos en la guerra
de España.
The
rifles you will never hold again
In others
hands still speak against the night.
Brothers
have filled your places in the ranks
Who will
remember how you died for right.
The day
you took those rifles up, defied
The power
of ages, and victorious died.
Comrades,
sleep now, for all you loved shall be.
You did
not seek for death, but finding it
–And such a death– better than shameful life,
Rest now
content, a flame of hope is lit.
The flag
of freedom floats again unfurled
And all
you loved lives richlier in the world.
Los
fusiles que nunca más empuñaréis
En
otras manos alzan aún su voz frente a la noche.
En las
filas vuestros puestos ya los han ocupado otros hermanos
Que
recordarán cómo caísteis en defensa de lo justo,
El día
que tomasteis las armas, desafiasteis el poder
De los
siglos, y moristeis victoriosos.
Camaradas,
descansad ahora, porque todo lo que amasteis será.
No
buscasteis la muerte, pero al encontrarla,
Y más una muerte así, mejor que una vida de
ignominia,
Podéis
descansar ya satisfechos: Se ha encendido una llama de esperanza.
La
bandera de la libertad tremola de nuevo desplegada
Y todo
lo que amasteis vive más fructuoso en este mundo.
***
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