17 de enero de 2013

Detenido en Valencia dos meses después de la huelga general del 14N cuenta su experiencia como víctima de la represión policial contra la protesta social

El pasado 14 de enero, exactamente dos meses después de la Huelga General del 14-N, fue detenido un trabajador militante de Endavant-OSAN (Organització Socialista d'Alliberament Nacional dels Països Catalans) y de la CUP de Valencia, afiliado a la Coordinadora Obrera Sindical (COS) y miembro activo de diversos colectivos sociales de la Comarca de L’Horta por su participación activa en la misma, exactamente por hacer una acción simbólica contra los desahucios con un muñeco y pintura roja en una sucursal de La Caixa.

Se trata de una muestra mas de la campaña represiva perpetrada por el gobierno español contra la participación ciudadana y las acciones de los trabajadores en defensa de sus derechos.

El compañero fue llevado a dependencias policiales el 14 de enero, y después dejado en libertad por falta de motivos, pues en realidad las detenciones han sido claramente politicas, y con una finalidad clara: meter miedo para evitar futuras y probables movilizaciones.

La descripción de su detención, traducida al castellano del original publicado en Bloc Arrels podeis leerla a continuación:

"Ya lo sabéis, ayer por la mañana me detuvieron. Lo hicieron a las 7'40 de la mañana. A sólo treinta metros de la puerta de mi casa y mientras iba a trabajar, cuando aún era de noche. Me detuvieron cinco minutos después de lo que ellos preveían, los que llevaba de retraso. Es lo que tiene hacer los seguimientos policiales a personas de costumbres. Ellos sabían cuál es mi rutina diaria, que cada día salgo de casa a la misma hora y hago el mismo camino, a pie, hasta mi lugar de trabajo. Este es el trabajo de la policía político-social. Si me necesitaban para algo bastaba hacerme llegar una citación judicial; habría ido; nos habriamos ahorrado el numerito, las preocupaciones y sobre todo mucho tiempo y dinero público de todos.

No es la primera vez que me detienen. Sí lo es, sin embargo, la primera que lo hacen policías de incógnito, tras un seguimiento policial y un día normal. Las diferencias son sustanciales y la primera es que la sorpresa juega a su favor. Llevaba los auriculares puestos, como cada día, quizás esto también lo sabían. No fui consciente del seguimiento que me estaban haciendo, por eso me sorprendió que una persona me cogiera del brazo y me obligará a volverme, una chica que llevaba media cara tapada, con un pañuelo palestino, y que iba acompañada de otro chico. Me mostró su placa y me pidió que sacara las cosas de la mis bolsillos y que me identificara. En un primer momento pensé que estaban buscando alguna otra persona por el barrio, que la cosa no iba conmigo. Estaba equivocado. Cuando comprobaron mi identidad me dijeron que estaba detenido y que debía acompañarlos a la comisaría, con una acusación de desórdenes públicos y de estragos.

Me dijeron que tenían que esposarme por una cuestión de protocolo y me introduzco en el coche. De camino a la comisaría me aseguraron que no me preocupara por el trabajo, que ellos contactarían con la persona que yo les dijera lo antes posible para que pudiera avisar. Me dio la sensación de que ellos mismos eran los primeros conscientes de la desproporción entre el tipo de detención que estaban haciendo y el delito por el cual me acusan, pero bueno, eso sólo son percepciones personales.

Las horas en la Jefatura Superior de Policía, pasaron muy lentamente. Era el único detenido que había en los calabozos de la comisaría de la Gran Vía y me aburrí mucho, pero también aprovecha para pensar. Allí me quitaron las huellas dactilares.

A las 10'30 pude hablar con mi abogada. Tuvimos que especular sobre las razones de la detención, ya que tampoco nos las quisieron dar, aunque ya me imaginaba por dónde podía ir la cosa: mi participación en la pasada huelga general, de la cual, justamente ayer se cumplían dos meses.

Supongo que serían las doce pasadas cuando me sacaron de Jefatura los mismos policías que me habían detenido. Me dijeron que podía taparme la cara ya que era posible que hubiera prensa, por si quería preservar que me fotos y grabaciones. Les contesté que no. No me dijeron que me llevaban. A la salida de la comisaría el coche esquivó la concentración de solidaridad que estaba convocada en la puerta de la Jefatura. Sabía de esta porque al cruzar la Gran Vía vi compañeros que se dirigían hacia allí. Este trayecto, también en coche camuflado, lo hice sin esposas.

Pensaba que me llevarían a la ciudad de la Justicia. Estaba equivocado, un poco antes de llegar, el coche se dirigió hacia la central de Sapadors. Allí estuve unas tres horas. Me metieron en una celda con más personas y me tocó esperar. Me tomaron todas las huellas y me hicieron la ficha policial con las fotos. No entiendo porque me hicieron la ficha de nuevo, si las mis huellas ya las tenían y, como certificaron luego, eran la base de mi acusación. Me dieron la comida, aunque preferí no comer.

Sobre las tres de la tarde nos sacaron a algunos detenidos, para trasladarnos. Deduje la hora para que se sentía la melodía del telediario desde un televisor. Antes de subir a la furgoneta estaba el grupo de siete u ocho policías que nos tenía que acompañar a los juzgados. Estos diferentes, uniformados y algunos con una actitud ridículamente chulesca. Esto debe ser causa de la uniformidad, que transforma tanto por fuera como por dentro.

De Sapadors fuimos a la ciudad de la Justicia donde, de nuevo, tuvimos que esperar mucho tiempo. Allí, la abogada por fin me pudo mostrar la acusación final. Mis huellas dactilares estaban en un cartel que había aparecido en una acción realizada el pasado 14 de noviembre, contra una sucursal de la caja. Digo que la abogada me mostró porque realmente no pude hablar con ella. Un cristal de un dedo de gordos nos separaba y era imposible poder escucharnos sin gritar, lo que tampoco teníamos ganas de hacer. Si a esto se añade que el policía que me custodiaba no dejaron que cerrará la puerta del lugar donde estaba y por lo tanto podía sentir perfectamente nuestra conversación ... bien, serán las cosas del estado de derecho de Iñaki Urdangarin.

Sobre las seis, por fin me subieron a declarar ante el juez. Me leyeron mis derechos y el fiscal me explicó la acusación: El pasado día 14 de noviembre, durante la huelga general se hizo una acción contra una sucursal de la Caixa de Pensions de Barcelona en la calle Guillem de Castro . La acción consistió en el lanzamiento de pintura roja contra la sucursal y en dejar un muñeco que llevaba un cartel con el lema "El capitalismo mata". El fiscal quería saber si era verdad que yo había tocado ese cartel y yo se lo confirmé. Le dije que sí, y además le tuve que explicar, aunque esto parece que a él no le importaba, que el cartel formaba parte de un muñeco que representaba una víctima suicidada debido a un desahucio. Lo hice porque quizá actúa de oficio y encomienda una investigación sobre ese crimen. Porque algunos parece que todavía no se enteran de que es el capitalismo, que son los bancos los que cometen los crímenes y no nosotros. Le dije que el muñeco, que me gustaba mucho por lo que representaba, la había cogido frente al Corte Inglés de la calle Pintor Sorolla y la había llevado, orgulloso ya cara descubierta durante todo el recorrido. Que mucha gente, también la prensa, nos fotografió, al muñeco ya mí, y que también había sido tocado por las manos de otras personas. Y que en la plaza de San Agustí, se lo había dado a otra persona cuando me lo pidió.

El fiscal se interesó por mi pertenencia a la organización Endavant. Mostró un informe policial que demostraba que yo era miembro de la misma. Esto también se lo confirmé. Pero no sólo de Endavant, sino que le añadí que soy afiliado al sindicato COS ya otras entidades y colectivos sociales, deportivos y culturales de la ciudad.

El juez nos dijo que quedaba en libertad, pendiente de la acusación final. Hace pocas horas me he enterado que han archivado el caso. Vaya, quizás hemos batido algún recuerdo de rapidez en la resolución de un caso. Que se lo apuntan los de Campofrio y lo incorporan al currículo de Españistan.

Como intento de humillación final, la policía me obligó a salir por la rampa del parking del juzgado y no, como es habitual, por la puerta del juzgado de guardia, lo que, como me confirmaron después trabajadores de la Ciutat de la Justicia en sí ya es una anormalidad. Con ello pretendían que no pudiera recibir el apoyo de las personas que me esperaban en la puerta. También es probable que sintieron tanta rabia y vergüenza lo que habían hecho que quisieran cerrar su actuación como se dice "por la puerta de atrás" y sin dar la cara.

El día de ayer fue muy largo, incómodo y frío. Lo fue para mí pero más lo fue para todas las personas que quisieran, y pudieran, darme apoyo, a las puertas de la Jefatura de Policía por la mañana y los juzgados por la tarde, desde fuera y desde dentro ( gracias Mariajo). Fue un día duro para todos ellos y en especial por mi compañera, la gran damnificada de todo lo que pasó.

Estar detenido no me dio especial rabia o impotencia. Más allá de la incomodidad normal y del frío, sí me molestó mucho la sensación de pérdida de tiempo, la propia y la de otros. Ver pasar las horas sin poder hacer absolutamente nada. Ni leer, ni trabajar, ni corregir los trabajos pendientes. Estar a merced de la burocracia policial y tener que soportar órdenes todo el día y, como he dicho, de dejar escapar las horas esperando.

Desde dentro de los calabozos no se escuchan los gritos de ánimo pero sí se sienten. Nuestros represores los viven y con ello se incomoda. Y es esta incomodidad lo que nos hace gigantes a sus ojos. Nos pueden tratar con más o menos violencia, verbal o física, pero son las muestras de apoyo las que nos hacen más grandes y por-tanto más respetables.

Del día de ayer me quedo con un par de conclusiones. A mí sólo me robaron las horas de sol. A muchos de vosotros horas de espera y el trasiego de tener que ir de un lugar a otro. Y también la preocupación, claro. Pero ayer, la represión, que es necesaria para sostener el criminal sistema capitalista, nos ha hecho más fuerte. A lo largo de los años he participado en numerosas concentraciones de apoyo a detenidos y sé que son buenos espacios de confluencia donde nuestros militantes se encuentran y aprovechan para hablar, para exprimir a las ideas y pensar como sacarle el mejor partido a la lucha . Y que tampoco, a veces, no hay nadie como la policía por recoser, con sus actuaciones, las costuras que el movimiento se le abran con el roce de cada día.

A la salida del juzgado vi muchas personas muy cercanas. Estaban mis compañeros de Endavant, de la COS, de L'Accent y de la CUP de València. También saludé amigos d'ARRAN, del SEPC y del MDT. Estaban los compañeros de la Plataforma d'Afectats per les Hipoteques, de la Assemblea d'Aturats de Moncada y de la lucha del Parke Alkosa, de Ca Revolta, del Micalet y de la Intersindical. Y otros que no pude saludar, estaba un poco mareado y tenía ganas de ir a casa, pero antes me di el homenaje y el gusto de poder gritar con ellos dos cosas que recogen, concentran y expansionan el sentido de todo el que hacemos y lo que somos, de cómo vivimos el presente y encaramos el futuro: que si nos tocan a uno nos tocan a todos y que su represión no nos parará.

15 de enero (dos meses y un día después de la Huelga General) de 2013.
Ciutat Vella, València, Països Catalans"


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