16 de diciembre de 2015

Pablo Iglesias se quita la máscara, pero no la coleta: la quintaesencia del oportunismo

A estas alturas, ya Pablo Iglesias engaña solamente a desesperados, crédulos y estúpidos. Desde aquel lider de PODEMOS recién nacido que apoyaba a la Revolución Bolivariana, que cantaba borracho la internacional en las fiestas o que estaba en contra de la monarquía y de la OTAN ha llovido mucho y, en un proceso que ha dejado como anecdótico el cambio de chaqueta de Felipe González, Iglesias ha dejado al descubierto algunas de sus cartas (seguro que tiene muchos más ases en la manga para acercarse todavía más a la derecha) incluso antes de las elecciones.
También ha renunciado a la República para ganar

En una entrevista publicada simultáneamente en Público y Crític contra "el izquierdista tristón" y "los dirigentes políticos de IU": "Os avergonzáis de vuestro país y de vuestro pueblo y os encanta recoceros en esa especie de cultura de la derrota". No es que atacar a la I.U. socialdemócrata tenga nada de malo: los dirigentes del PCE y de los partidos de esta coalición llevan también demostrando muchos años que apoyan el sistema capitalista y que no representan, ni de lejos, a la clase trabajadora. Sin embargo, hacerlo desde posiciones mucho más cómplices todavía con el sistema es, como poco, de un cinismo y una hipocresia que chocaria si no conocieramos ya a la cabeza de ese mejunge de progres, sociatas, cabreados del PP o incluso ultraderechistas moderados que es PODEMOS.

En la entrevista citada, el cada vez más domesticado Pablo Iglesias (¿o quizás estaba ya atado y bien atado a la cadena de las multinacionales desde el principio?), no ha tenido ningún tapujo (parece que está seguro de que sus cantos de sirena van a convencer a mucho crédulo) en afirmar que a él le dan igual los principios y las ideologías, que no defienden unos principios firmes sino que los cambian según sople el viento, y que, en definitiva, "lo que quiere es ganar", sea como sea.

Por ejemplo, criticando a I.U. afirmó que los líderes de esta coalición, refiriéndose especialmente al joven Alberto Garzón, repiten sin cesar que "No se puede cambiar nada, aquí la gente es imbécil y va a votar a Ciudadanos, pero yo prefiero estar con mi cinco por ciento, mi bandera roja y mi no sé qué. Me parece súper respetable, pero a mí dejadme en paz. Nosotros no queremos hacer eso. Queremos ganar. Preocúpate de otra cosa".

Y continuó: "Sigue viviendo en tu pesimismo existencial. Cuécete en tu salsa llena de estrellas rojas y de cosas, pero no te acerques, porque sois precisamente vosotros los responsables de que en este país no cambie nada. Sois unos cenizos. No quiero que cenizos políticos, que en 25 años han sido incapaces de hacer nada, no quiero que dirigentes políticos de Izquierda Unida, y yo trabajé para ellos, que son incapaces de leer la situación política del país, se acerquen a nosotros. Seguid en vuestra organización. Presentaos a las elecciones, pero dejadnos en paz. Habéis sido incapaces en muchísimos años de entender lo que estaba pasando, de hacer una lectura coherente. Quedaos en vuestro sitio. Podéis cantar la Internacional, tener vuestras estrellas rojas… yo no me voy a meter con eso. Es más. Hasta puede que vaya, porque a mí eso también me emociona y me gusta, pero no quiero hacer política con eso. Dejadnos vivir a los demás".

Así que Pablo Iglesias cree que no se ha de hacer política con cosas incoherentes como la internacional o la estrella roja, y se cree tocado por la divinidad como único intérprete de la realidad, único capaz de hacer una lectura coherente de la realidad ¿Se estará volviendo loco o recurre, como su compañero (al que se parece más de lo que aparenta) a drogas para creerse lo que dice?

 
Pablo Iglesias: oportunismo, reformismo y traición
Sea como sea, el tipo de la coleta, que empezó su inmersión en la política como un chico molón, revolucionario, ansioso de cambiar el sistema, salir de la OTAN, echar a los reyes y a los corruptos, y señañar al capitalismo como el origen de los males de la sociedad, en especial de los trabajadores y de los dominados, ahora dice que le da igual todo y que su misión es ganar. Después de traición tras traición a sus ideas y afirmaciones, no nos extraña que para ello acepte en su partido a todo tipo de gentuza procedente de cualquiera sea la parte, mafias corruptas, militares dispuestos a bombardeos humanitarios, nostálgicos del franquismo, niñatos huidos tras una pataleta del PP o, en general, cualquier apoyo, incluso a exmilitantes de IU (esos que, según propias palabras de Iglesias, son los culpables de qu ela situación esté así como esta -por supuesto, no la famosa casta a la que ahora sueña con pertenecer-), pues está llamado al poder, y para llegar a él pactaría hasta con el diablo (y, por lo tanto, también con los pilares del sistema, la banca, las multinacionales, la iglesia, la monarquía, Estados Unidos o, aunque esto todavia no lo ha dicho, pero estamos seguros de que si tiene que hacerlo lo hará, la Fundación Faes de Aznar).

París bien vale una misa, como afirmó Enrique IV de Navarra cuando se hizo católico para acceder al trono francés; para el oportunista Pablo Iglesias, un peligroso tipejo capaz de todo, por lo que se ve, para llevar a cabo la labor para la que se cree ungido, muy cercano a otras personalidades fascistas que también se creyeron "únicos interpétres coherentes de la realidad de su país", parece que para llegar a La Moncloa está dispuesto a pagar cualquier precio.

De momento, eso sí, todavía no ha tenido la necesidad de quitarse la coleta, que le viene muy bien para mantener, de momento, esa apariencia de chico de la calle, de izquierdista progre, que tanto sirvió a Felipe González, por ejemplo, para llegar al poder (en su caso, era la famosa chaqueta de pana que, una vez bien asentado en el gobierno, abandonaba recurrentemente en el armario hasta las elecciones de turno, mientras traicionaba una tras otra cada una de sus promesas). No obstante, como se ve,  Pablo Iglesias no ceja de emularle.

Al fin y al cabo, ambos tenían clara cual era su labor a cambio de conseguir los laureles electorales: reforzar el sistema capitalista, haciendo creer que es reformable. Es decir, el hacer parecer que cambia todo para no cambiar nada de toda la vida. Ambos representan la quintaesencia del oportunismo.

Y de paso, teniendo en cuenta la crisis económica y la posibilidad de que las condiciones subjetivas de la clase trabajadora cambien y la hagan abrir los ojos y, por lo tanto, más proclive a la revolución, quitarse de en medio a otros partidos más incómodos que, si bien no iban tampoco a cambiar nada,  todavia siguen agitando de vez en cuando la bandera roja de la clase obrera incluso dentro del parlamento, algo que, aunque inofensivo en sus manos, a los que viven del trabajo ajeno no les ha sentado nunca nada bien.
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