17 de diciembre de 2013

HISTORIA DE LA LUCHA REVOLUCIONARIA EN ITALIA (1960-2008) [3ª PARTE]

6. La lucha en las prisiones. Los Núcleos Armados Proletarios

Durante esos tres años se asistió también al grueso de la actividad de los Núcleos Armados Proletarios (NAP).

Su historia es la historia de las luchas en prisión, luchas que se modelarán sobre el movimiento de la clase, con el mismo ímpetu, en los tiempo y las referencias.

Resulta impresionante comprobar cómo las primeras actuaciones violentas fueron revueltas en las tres grandes cárceles metropolitanas de Turín, Milán y Génova, ¡exactamente la geografía de los polos obreros, y entre 1969 y 1970! Luego se produjo una generalización, las luchas se sucedieron y el movimiento revolucionario corrió inmediatamente en su ayuda desde el exterior. La explicación de esta sincronización hay que buscarla evidentemente en la clase. Durante los 60 se había asistido, en este amplio proceso de renovación de la composición de la clase y de los fenómenos culturales que lo acompañaban –la generación beat, los teddys-boys, el pelo largo y la minifalda, la insubordinación y las tendencias libertarias-, al surgimiento de nuevas formas de “bandolerismo”, de extralegalidad. Los jóvenes salidos de los barrios obreros, de la inmigración, que rompían radicalmente con el destino de esclavitud en la cadena [de montaje] decidiendo apropiarse de la riqueza social: eran los “pelea”, los grupos de asaltantes de bancos.

Se había convertido en un fenómeno importante, bien porque el asalto de bancos fuera algo bastante nuevo (de esa manera sistemática y difusa), bien por las características homogéneas de estas nuevas bandas y por sus relevantes diferencias con el entorno clásico.

Mientras esto último era expresión del subproletariado (con toda su ambigüedad, bien identificada ya por Marx) y en modo alguno glorioso en sus actitudes sociales, con una interiorización del orden y de los valores burgueses (actitudes de opresión y explotación del prójimo, prostitución al mejor postor, colaboración con la policía, etc.), los jóvenes asaltantes eran rebeldes y productos puros de los barrios obreros a los que, por otra parte, permanecían unidos. Fue una generación de jóvenes combativos que, una vez en masa en las prisiones, logró impulsar una dinámica de lucha. Y también establecer relaciones fáciles con el movimiento revolucionario en el cual se reconocían social y culturalmente. Fue principalmente esta composición de clase la que apoyó el ciclo de luchas, junto con los muchos proletarios que proliferaban en estos lugares alternativos a la fábrica. La figura del “proletario preso” fue formalizada políticamente por el movimiento revolucionario, dándole una identidad y un lugar en la revolución de la clase.

A la fase de disturbios destructivos seguía el intento de estructurarse, de alcanzar objetivos que no eran sólo la mejora de las condiciones (en todo caso siempre importantes en ese infierno carcelario), y que se convirtieron en una práctica de la evasión, generalizada y sistemática, así como en la práctica de respuesta a la violencia del aparato represivo. En estos ámbitos, los núcleos de las vanguardias generados por las luchas se fueron fundiendo cada vez más con los grupos exteriores, y tras la fase de las “Pantere Rosse” (“Panteras Rojas”, en referencia explícita a los afroamericanos, George Jackson y los Hermanos de Soledad [Soledad Brothers]), se llegó rápidamente en los NAP.

De hecho, los NAP tenían muchos temas en común con las BR: centralidad de la lucha armada, construcción de contrapoderes, etc. Aunque durante un periodo estuvieron muy anclados en la lucha carcelaria, su paso, como veremos, hacia un horizonte más amplio fue la integración en las BR. Característica importante fue también su enraizamiento en Nápoles y en otras zonas del sur, que daba una valiosa contribución complementaria.

Sus primeras acciones fueron la difusión de mensajes por medio de altavoces (autoexplosivos) delante de las prisiones, en apoyo a las luchas que se desarrollaban en su interior. Más tarde, llevaron a cabo ataques con explosivos contra las estructuras carcelarias, pero también contra la Democracia Cristina, lo cual estableció un rápido paralelismo con las campañas de las BR, más aún cuando se complementaban geográficamente: los NAP actuaban en Nápoles y en el sur. Pronto sufrieron pérdidas, en especial la de los camaradas Mantini y Romeo, abatidos a la salida de un banco.

En la primavera de 1975, secuestraron al juez De Gennaro, Director de Asuntos Penitenciarios, mientras en prisión tres militantes armados trataban de fugarse. Fue un fracaso: se parapetaron en el interior de la cárcel y dieron publicidad a la acción del exterior, lo que finalmente permitió que se leyera un comunicado en los diarios de las radios nacionales.

El juez fue liberado a cambio de garantías para los tres presos. Estas garantías sólo se observaron durante unos pocos días a partir de los cuales los camaradas sufrieron un trato feroz ¡durantes meses!

Otra camarada, Anna Maria Mantini, fue asesinada en una auténtica emboscada. Tras ello, los NAP consiguieron localizar al policía y al magistrado responsables del asesinato y los hirieron.

Se produjeron también campañas en colaboración con las BR: ataques a las estructuras de los Carabinieri y de prisiones, así como el atentado contra el Director de los Servicios de Seguridad Penitenciaria, atentado este último que terminó mal, con la muerte del camarada Martino Zicchitella, muy conocido en la vanguardia de las luchas carcelarias desde 1969. Dos policías murieron también en esas acciones.

Finalmente se produjo otra ejecución, la del camarada Antonio Lo Muscio: localizado en plena calle, se inició una persecución en que resultó herido; una vez en el suelo fue rematado con un disparo a quemarropa. Iba desarmado.

Era el verano del 77. Con un documento redactado por algunos presos en que se hacía balance de la trayectoria de los NAP terminaba su historia. La mayoría de sus miembros se pasaron a las BR.

7. El concierto polifónico de la Autonomía Organizada

El movimiento a que dio lugar la disolución de Potere Operario, movimiento que, en un sentido amplio, podría calificarse de Autonomía Obrera Organizada, vio cómo se desarrollaban diversas experiencias organizadas que se forjaron en función de las determinaciones del debate y de las posiciones cambiantes. Se caracterizaron por una cierta fluidez, con fracturas y recomposiciones.

En conjunto se produjo una intensa actividad político-militar, evidentemente menos unitaria, homogénea o constante que la producida por las BR. Es más, la fragmentación y una auténtica cacofonía de siglas –cada formación empleaba varias- fueron políticamente dañinas y crearon confusión y dificultades para entender el hilo de las propuestas.

También se puede citar el hecho de que al menos una parte de las iniciativas se realizaba en estrecha ligazón con las situaciones inmediatas, en [una especie de] agregación provisional y espontánea. Si dicha situación era signo de la riqueza del “antagonismo” difuso, también lo era de la incapacidad para dar un salto estratégico cualitativo: el de la centralización y un proyecto a largo plazo que permitieran llevar a cabo un cambio cualitativo en el movimiento de la clase, en última instancia la dimensión del enfrentamiento por el poder.

Se produjeron, pues, atentados con bomba contra grandes empresas, ya fuera por su papel en las luchas del momento, ya por su papel imperialista –Fiat, Face Standard, ITT, Union Pétrolière-, así como algunos ataques contra la persona de sus dirigentes.

La Autonomía de las regiones del Véneto expresó un elevado nivel cualitativo en el uso de la fuerza, como parte de la construcción de contrapoder in situ.

Como prolongación de un trabajo de arraigo real en el tejido de las luchas locales, su lucha armada se verificó sobre todo bajo la forma de series simultáneas de “pequeños atentados”: algunas noches el objetivo eran varios coches, casas y locales de los patronos, por ejemplo; otra, los fascistas y los carabineros. Así hasta disponer de la capacidad de decretar la ocupación de un barrio de la ciudad durante unas horas, de organizar patrullas de grupos armados (evitando los movimientos de la policía) y de tratar en la zona ocupada problemas como los patronos, los precios, los alquileres, los fascistas, etc. Bueno, esto ocurrió sólo tres o cuatro veces... ¡pero ocurrió! Con estas experiencias se pretendía prefigurar una etapa superior de contrapoder que había que alcanzar y generalizar.

Otra gran rama de la Autonomía –en realidad la principal, la más consistente y presente en varias regiones- fue la articulada alrededor del diario Rosso (Rojo), que se expresaba sobre todo a través de las siglas Brigadas Comunistas (aunque también empleaba muchas otras).

[Tuvieron lugar] muchos atentados a nivel de la [llamada] “fábrica difusa” (categoría formulada para definir el fenómeno, entonces sólo incipiente, de la dislocación-fragmentación de la fábrica en todo el territorio, con sus corolarios de sobreexplotación, trabajo en negro, etc.), donde se estructuraba una forma organizativa armada a medio camino entre un núcleo clásico y la acción de una manifestación de masas que abarcaba no la gran fábrica sino un conjunto de pequeñas plantas. Al menos ésa era la intención ya que la conjugación de estos dos niveles no fue fácil; exigía un nivel de madurez y capacidad que seguía siendo escaso. Las contradicciones y desviaciones seguían siendo la tónica. Se trató de una experiencia positiva y posible hasta 1977 incluido (más adelante veremos las razones de su agotamiento). Muchos atentados tuvieron como objetivo a las fuerzas represivas y a los fascistas/traficantes de heroína. Así que, posteriormente, el movimiento ascendente de las “reapropiaciones” y, por lo tanto, el apoyo a sus iniciativas y su protección, [se desarrolló (¿?)] con ataques a las estructuras especulativas del mercado, a los grandes grupos, las inmobiliarias, etc.
 
Por último, estuvieron las iniciativas adoptadas por el área de constitución de Prima Linea. En 1975-1976 se trataba aún de sentar las bases del lanzamiento [de su proyecto de lucha]. Pero que daban ya una idea del salto cualitativo que iba a producirse: disparos a las piernas de un jefe de Fiat (el primero), ataque que tuvo lugar al cabo de una fase de lucha interna especialmente intensa en la fábrica de Rivalta, a las afueras de Turín, durante la cual el problema de los jefes de rango bajo e intermedio fue central: denuncia de los peores en una lista difundida por medio de pasquines y manifestación interna que llegó al punto de expulsar a tres de ellos de la fábrica. La fuerza política de la iniciativa sacudió a los revisionistas y oportunistas de “extrema izquierda”, lo que da una idea de la estrecha dialéctica que había entre la intervención en el plano público y la intervención armada. Además, debe señalarse que 1976 fue, desde el punto de vista del movimiento obrero, un año de apogeo en el que se consiguieron las conquistas más altas (el punto único de indexación de los salarios, ganado aquel año, fue un mecanismo de igualación entre categorías profesionales, garantizaba un aumento salarial superior al nivel de la inflación y, sobre todo, tendían a nivelar la escala salarial... ¡los patronos andaban de cabeza!) y en el que la red de núcleos y comités autónomos de fábrica se tupió, impulsando numerosas movilizaciones.

Otro atentado importante llevado a cabo por Prima Linea fue la ejecución de un dirigente del partido fascista en Milán en la primavera del 76 como represalia por una serie de agresiones fascistas especialmente graves. Ésta fue la primera ejecución en términos absolutos (al margen, pues, de los tiroteos accidentales), la primera en tanto que acto político y militar explícito.

A finales de año, Prima Linea comenzó a operar con intensidad y continuidad –su primera acción fue un asalto/registro a una sede patronal de Turín-, actuando en paralelo a las BR, tanto por la fuerza como por la dimensión y el alcance del proyecto. Además, en su fase de despegue, Prima Linea logró hacer converger en su trayectoria a las Formaciones Comunistas Combatientes (FCC). Éstas eran una enésima rama de la Autonomía Organizada –y armada-, y no la menos importante. Tuvieron un arraigo especialmente fuerte en el centro y el sur [de Italia], en Roma y en su región. No se trató de una unificación sino de actuaciones conjuntas.

En 1976-1977, las FCC realizaron dos acciones de tiros en las piernas contra jefes de grandes fábricas del sur, donde también funcionaban como Comités Obreros, y un sabotaje que provocó un formidable apagón en la fábrica Fiat de Cassino (Lazio) durante tres días.

8. 1977: el año terrible

Llegamos, pues, a aquel año “terrible” (como lo rebautizó la buena burguesía).

Se puede decir que aquel año se verificó la convergencia de varias expresiones de la clase, la confluencia de diversos temas, empezando por la movilización en las universidades. Las universidades recibieron por entonces el golpe de un primer gran plan de reestructuración cuyo objetivo era que la burguesía recuperara el control sobre ellas, reintroduciendo, pues, los criterios de clase, selectividad y funcionalidad en el sistema. La tarea era ardua y, de hecho, inmediatamente se desencadenó un movimiento a gran escala. Pero las universidades eran ya, en la práctica, un punto de encuentro de jóvenes y en general de militantes de la clase (por ejemplo, los comedores se habían abierto y estaban sometidos a “precios políticos”, lo que provocaba la afluencia de numerosos proletarios de los barrios; del mismo modo, las residencias de estudiantes sirvieron de apoyo a mucha más gente que a los simples matriculados). Además, en el otoño-invierno de 1976 había cobrado fuerza un “nuevo” movimiento de jóvenes proletarios que defendía la “reapropiación aquí y ahora” de productos (frente al principio de mercancía), viviendas, espacios, tiempo, fiesta... Por último, se produjo también una radicalización de los temas clásicos, si se quiere, pero efectuada por una masa de nuevas figuras proletarias que tendían a quedar marginadas de los grandes ciclos productivos y sociales, que eran arrojadas bien a la sobreexplotación de la nueva planta descentrada y fragmentada, bien a la marginalidad. El “movimiento”, como ámbito de prácticas vitales extralegales, se convirtió, de este modo, en una solución, en una alternativa concreta y política al mismo tiempo en la que la práctica difusa y cotidiana del robo del escaparate se transformaba en grandes “expropiaciones de masas”.

Lo que, por otra parte, constituía una extensión del gran movimiento de las autorreducciones y de la línea de los “precios políticos”, otra forma de lucha y organización que desarrollaba esta tendencia.

Durante las fiestas de Navidad se produjo una auténtica escalada (¡tenían que llegar los regalos!) que culminó en el desafío al detestable ritual burgués en La Scala, la Ópera de Milán, conflicto que se convirtió en un levantamiento-saqueo que sitió toda la ciudad y parte de los suburbios, con muchos incendios. Fue memorable.

Y precisamente a principios de enero comenzó la respuesta del Estado con un salto cualitativo en la represión: el uso sistemático de grupos de policías-asesinos vestidos de civil. Merodeaban por la zona de las manifestaciones, se infiltraban en ellas y, llegado el momento, se liaban a tiros dejando heridos y muertos en el suelo. Y siempre con los auxiliares de costumbre, los fascistas, que al menos en una ocasión abrieron fuego protegidos tras un furgón de la policía (que no los detuvo) y mataron a un camarada.

Por su parte, las OCC habían decidido responder a ese nivel, en la perspectiva política, más propia de Prima Linea y de los Autónomos, de armar al movimiento de masas.

Fueron las famosas manifestaciones con las pistolas P38 (que asustaron tanto a la burguesía europea), donde también los manifestantes disparaban.

En febrero, tuvo lugar el famoso episodio de la expulsión de Lama de la Universidad de Roma. Lama, jefe supremo de los revisionistas de la gran central sindical CGIL (y especialmente odioso), provocó el conflicto al pretender dar un discurso en la Universidad, escoltado por varios cientos de peces gordos. Fue una batalla campal y una derrota contundente, muy simbólica. A partir de entonces los revisionistas desempeñaron un papel cada vez más importante en la división en el seno de la clase y en la criminalización del movimiento revolucionario. El movimiento en las universidades continuó creciendo al sentar las bases de todo tipo de luchas y experiencias sobre el terreno.

Los enfrentamientos en Bolonia marcaron un punto de inflexión, con la actuación auténticamente asesina de los “equipos especiales” que dispararon por la espalda a un grupo de estudiantes que huía, matando a Francesco LoRusso: las investigaciones revelaron un número impresionante de impactos de bala en los muros, ¡y todos a la altura del cuerpo! La revuelta del movimiento estaba en su apogeo: se le puso fuego a Bolonia y... música. En plenos enfrentamientos, en las calles devastadas, se vio en lo alto de una barricada a una persona que se puso a tocar y cantar a horcajadas sobre un piano... imagen surrealista del espíritu insurreccional y “anhelante” (como se decía en aquella época). La manifestación nacional convocada en Roma congregó a unas 100.000 personas. Aquel 12 de marzo los enfrentamientos con la policía, los ataques a las sedes de partidos burgueses y las expropiaciones, en especial de armerías, jalonaron el recorrido y la jornada.

Todo esto sucedía entrelazándose, por así decirlo, con los avances que impulsaban las OCC. Unos días después del asesinato de un estudiante de Bolonia, Prima Linea se encargó de las represalias ejecutando a un agente de la policía política en Turín. Debe tenerse en cuenta (para hacerse una idea de la amplitud de los hechos) que desde 1976 la cadencia de las iniciativas era semanal; es decir, que cada semana había una serie de ataques incendiarios (generalmente de coches) contra cuadros de fábrica, miembros de la DC o del Estado y policías (por “serie” debe entenderse varias acciones simultáneas, reivindicadas a continuación en un único panfleto y por las propias OCC); o bien se producían disparos a las piernas de altos responsables señalados en el curso de las luchas o de investigaciones [que se llevaban a cabo]; se volaban o se ametrallaban comisarías y cuarteles; o se irrumpía en locales enemigos y se hacía un registro en ellos.

Durante los tres años de ascenso –entre 1976 y 1978- los disparos a las piernas desempeñaron el papel más importante, tanto en términos cuantitativos y en relación con el nivel militar, como por su estrecha relación con la dinámica de las luchas internas en las fábricas. Se trataba de una forma de atentado que suscitaba un gran apoyo y que contribuía claramente a fortalecer la relación de fuerzas de la clase: fue el tipo de acción que simbolizó con mayor fuerza la fase de arraigo y legitimación interna en la clase.

Durante ese periodo se produjeron entre 20 y 40 acciones de disparos a las piernas por año, es decir, atentados casi semanales que se alternaban con las series de acciones mencionadas más arriba.

Todo ello marcaba el ritmo, por así decirlo, la cadencia, la intensidad ascendente de una tendencia que apuntaba a la transformación de las luchas en una auténtica guerra de clases. Más tarde tuvieron lugar las acciones de mayor envergadura, que comenzaron sólo a partir de esos dos años, las ejecuciones concebidas como acciones político-militares de primer nivel cuyo objetivo era marcar el desarrollo de la lucha general, las relaciones de fuerza entre las clases, así como permitir al movimiento llegar hasta el Estado, el gobierno, los centros de poder. Acciones que fueron las más importantes e influyentes, distintas de aquellas que respondían más bien a la lógica de la guerra, tales como el enfrentamiento constante con los aparatos de la contrarrevolución o los incidentes que se producían tras las expropiaciones de bancos.

El frente de cárceles también estuvo muy presente, con su importante dialéctica interna para el movimiento revolucionario. Por un lado, se desarrolló a partir del movimiento de los años precedentes; por otro, los militantes de las BR (incluidos los de las NAP que habían convergido en ellas) dieron un impulso decisivo, tanto en términos de solidez político-ideológica como en términos de capacidades operativas, con el apoyo y cooperación de la poderosa organización del exterior.

La cooperación entre presos procedentes de diferentes experiencias fue en cualquier caso decisiva (sobre todo el acuerdo con los de las “artimañas” [“batteries”, en el texto en francés] –los equipos de atracadores de bancos metropolitanos de quienes ya hemos hablado anteriormente-). De este modo, se asistió a la multiplicación de motines y fugas (con éxito o fracasadas), luchas, uso de los juicios como campo de batalla: el juicio-guerrilla.

El juicio al “núcleo histórico de las BR” –una veintena de militantes- se celebró aquella misma primavera, en Turín; al grito de “No se puede juzgar a la Revolución”, los camaradas y la organización del exterior impidieron que tuviera lugar, creando una escalada de disturbios.

Toda esta realidad carcelaria estuvo apoyada por una abundante producción de textos, tomas de posición, documentos, con una notable repercusión sobre los acontecimientos exteriores.

El final de 1977 conoció también un giro decisivo con la apertura de las “prisiones especiales”, instituidas bajo la supervisión y gestión de los carabineros (que se habían convertido a todos los niveles en la punta de lanza de la contrarrevolución): fue un giro de tuerca muy duro al ser extremadamente difíciles en ellas las condiciones de vida (siguiendo el modelo de Stammheim y de los H-Block ingleses); su objetivo era la destrucción de los militantes y de los presos rebeldes, que luchaban juntos, la quiebra del ciclo de luchas y fugas, la toma de rehenes contra el desarrollo de la guerrilla.

Tras las jornadas de marzo, el movimiento siguió fuerte hasta las “sentadas” [“assises” en el texto en francés] de Bolonia, en otoño. Fue aquél un momento de encuentro y de enfrentamiento un tanto “kafkiano”: demasiada gente (incluso esto puede ser un problema), demasiadas diferencias, demasiadas tensiones. Se dieron sobre todo enfrentamientos políticos y luchas por la hegemonía. El único resultado positivo fue la marginación definitiva de las posiciones conciliadoras, oportunistas del tipo trotskista y “entristas”- neoparlamentaristas, etc.

Y también se produjo el paso a una nueva fase en que prevalecería la tendencia militarista.

Fue precisamente este creciente auge del movimiento lo que impulsó también las contradicciones internas, lo que exacerbó las tendencias también negativas. De hecho, cuando hablamos de tendencia militarizante hacemos alusión a un denominador común de las diferentes organizaciones que, no obstante, revistió dimensiones muy diferentes [según los casos]: mientras en algunos se trataba de un error subsanable, en otros era una deriva que ponía de manifiesto defectos aún más profundos (y, finalmente unos años más tarde, la derrota total, con la capitulación y a menudo el paso al otro lado de la barricada).

El nudo común, portador de las disensiones, era el mecanicismo en la interpretación de la teoría de la crisis capitalista. En el caso del área subjetivista (Prima Linea y Autonomía Obrera), las supuestas innovaciones teóricas habían llegado incluso a superar la teoría del valor y, en su sobreestimación de las luchas y comportamientos autónomos de la clase –incluida la llamada “autovalorización proletaria” que obstaculizaba y bloqueaba cualquier forma de valorización capitalista-, proclamaban el fin del capitalismo, de su capacidad para impulsar sus propias leyes y su valorización, capitalismo que ya sólo sobrevivía por la fuerza; proclamaban que la crisis era una “crisis de mando”. A su vez, el comunismo ya estaría maduro en el interior de esas luchas y comportamientos (la composición subjetiva de la clase). Cualquier categoría de revolución política, partido, transición estaba pues superada, era chatarra de la que había que deshacerse.

¡Tan sólo se trataba de armar esa “necesidad de Comunismo” y de arrimar el hombro un poco más para reducir a la dominación capitalista a una especie de cáscara vacía, de hierro, por supuesto!

Estas teorizaciones que, como se puede ver, hacían amplias concesiones al anarquismo, de un lado, y a la corriente de extrema izquierda consejista (de los años 20), por otro, replanteaban de hecho un seguidismo de la espontaneidad radicalizando, extremando toda expresión social y rechazando la necesidad histórica y estratégica de una dialéctica vanguardia/masas, la necesidad del elemento organizado exterior (partido, ideología, programa, línea político-militar), de las etapas de un proceso revolucionario seguido de una transición socialista (con todas las contradicciones que habría que resolver y la continuación de la lucha de clases, agravada incluso en medio del cerco imperialista, etc.). Nada de eso; ¡contadores a cero, lo habíamos comprendido todo y bastaba con imponer nuestra gran inteligencia social, nuestros “combatientes comunes” o nuestro contrapoder territorial!

Nunca haremos suficiente hincapié en el daño producido por la presencia pequeño burguesa que, desgraciadamente, tiene una capacidad muy notable para incrustarse en todos los movimientos. Hay que tener muy presente cómo, en la secuencia de los acontecimientos, esta área fue la más detestable en la capitulación (pasando de un extremo al otro), adoptando de nuevo actitudes arrogantes incluso para defender la m... de su traición. El campeón indiscutido fue el profesor Toni Negri, quien, con un nutrido grupo de conmilitones profesores (no decimos pequeño burgueses por ritual...) encarcelados, elaboró y lanzó a lo grande la campaña de la “disociación”, que consistía en renegar de sus posiciones y aceptar el marco democrático burgués (¡tan difamado antes!), adoptando para ello las distintas formas de renuncia y prestándose a la más repugnante tarea de difusión mediática que cupiera imaginar: mostrar a los bravos enemigos de ayer, que pretendían hacer la Revolución, de rodillas, suplicando piedad, mostrando su arrepentimiento  ideológico a las “víctimas”, etc. Peor aún, aquello se convirtió en un auténtico trabajo político de reciclaje, algunas de cuyas posiciones (y no las menos importantes), se detectan ahora en el nuevo batiburrillo altermundista, pacifista, portoalegrista: todo aquello que puede definirse fácilmente como las nuevas ediciones de la conciliación interclasista, del supuesto reformismo radical… sobre lo que pontifica el gran profesor, el chaquetero.

Lo realmente grave fue el carácter masivo de la desbandada político-ideológica del área subjetivista. Ni que decir tiene que hubo muchos camaradas que se opusieron y resistieron en prisión, pero no quedó nada ni de las organizaciones ni de las trayectorias políticas (el caso más clamoroso fue el de Prima Linea que había llegado a superar a las BR en dimensiones y objetivos). Los camaradas que resistieron se integraron, en especial, bien en el área de debate de las BR, bien en el área anarquista, que tuvo mucha más importancia a partir de los 90.

Pero también en cuanto a las BR, el daño causado por los límites del mecanicismo, y también, en ocasiones, el resurgimiento de un cierto eclecticismo, fueron decisivos. Aunque, en su descargo, deba considerarse la juventud de la experiencia, su novedad y las duras condiciones en que hubo de crecer. El error mecanicista más grave residió en la lectura de la crisis capitalista, de su desarrollo. Y fue una pena puesto que los términos teóricos básicos estaban en consonancia con el marxismo-leninismo, con aportaciones incluso fundamentales en relación con las evoluciones [del marxismo-leninismo] de los últimos decenios. Así, las tesis sobre el Estado Imperialista de las Multinacionales fueron extremadamente ricas y precursoras de los “grandes descubrimientos” sobre la globalización. Pensemos tan sólo que, ya de entrada en el análisis, las BR afirmaban que en nuestra época, las interconexiones internacionales eran tales (preeminencia de las multinacionales y de su poder, división internacional del trabajo, con una continua redistribución de los papeles y las cuotas productivas, organización en cadena imperialista de los Estados) ¡que la dimensión del Internacionalismo Proletario era una prioridad que había que inscribir en el primer lugar del programa político! Y no eran sólo palabras. Lo mismo durante los años 1975 (Resolución de la Dirección Estratégica que formuló por primera vez estas tesis) a 1978, años de afirmación y creciente poder de las BR (y del movimiento revolucionario en su conjunto). Fueron precisamente también estas “intuiciones”, estas anticipaciones, las que dieron su fuerza y credibilidad al proyecto y al programa avanzado.

El mecanicismo consistía en una visión un tanto lineal de la precipitación de la crisis siguiendo el modelo de la gran crisis histórica anterior –la de los años 30- y, por lo tanto, con una degradación paulatina de las condiciones socio-económicas y una agudización de las contradicciones de clase, de la disposición de las masas a la confrontación, a la radicalización. No se asistió al despliegue de toda esta capacidad del sistema para producir contratendencias, amortiguadores, incluidos los instrumentos de división y corrupción de una parte de las masas (los mecanismos de “participación” y de consumismo, etc.) y los instrumentos para descarriar a las masas hacia ámbitos reaccionarios, como la fractura con el proletariado inmigrante, el racismo, el chovinismo, los identitarismos, etc. Es cierto que todo esto se impuso sobre todo después de la derrota táctica de las fuerzas revolucionarias (lo que demostraba por otra parte la estricta dialéctica entre movilización revolucionaria o reaccionaria de las masas) pero, ya en aquel momento, el gran error fue creer posible en la rápida “conquista de las masas para la lucha armada”. Esta consigna, catastrófica, participaba del ímpetu general por militarizar el enfrentamiento, del sometimiento [“aplatissement” en el texto en francés] a la tendencia (que estaba aún lejos verificarse en la práctica) y desdeñaba los avances previos en términos analíticos sobre las etapas a respetar, sobre la maduración de la crisis revolucionaria de la sociedad.

Visto en términos de evolución política, la gran catástrofe fue creer que las condiciones estaban maduras para dar el salto de la “propaganda armada” y del avance de la guerrilla a la fase de “despliegue de la guerra civil”. Éste fue el error fundamental, agravado, si cabe, por otras simplificaciones [“resumées” en el texto en francés] y, más tarde, por la fuerza de las cosas, por la dureza del enfrentamiento, por el concurso de factores humanos que no siempre son fáciles de sintetizar de la mejor manera (piénsese en el peso que a partir de 1977 tuvo la presencia de cientos de presos que vivían en condiciones extremas y que se convirtieron en uno de los factores de la radicalización, de la percepción extremista de la fase).

De todos modos, se pudo ver que las BR y en general la parte del movimiento revolucionario que se basaba en las referencias ideológico-políticas más sólidas, cuya fuente era el marxismo-leninismo, supo extraer lecciones positivas de la grave derrota táctica y retomar el hilo de la construcción y el combate; precisamente porque se trataba de errores y no de todo un dispositivo ideológico espurio y ambiguo.

También nos hemos referido a la presencia anarquista, que se manifestó (como de costumbre) en y alrededor de las cárceles, en la lucha secular contra la autoridad y su símbolo más horrible.

A comienzos de los años 70 se había formado un movimiento de “nuevos anarquistas” que incorporaba en especial las influencias del “situacionismo” francés: los comontistas. Fue una área tan activa como marginal que preconizaba tesis y prácticas muy provocativas, extremas: “Contra el capital, lucha criminal”, “Robo y saqueo, podemos ser aún peores”, etc. Y marginal por la hegemonía que tenía el movimiento comunista en aquel momento.


De este movimiento nació una organización armada: Acción Revolucionaria, que tuvo el mérito de implicarse a fondo en los acontecimientos de aquellos años, con las otras organizaciones, de estar siempre en el frente de las luchas. No tuvo una gran actividad militar, pero su contribución político-ideológica dejó un rastro que, como se ha visto en los últimos años, ha nutrido la nueva emergencia anarquista.

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