4 de octubre de 2017

Línea Proletaria: análisis de la situación actual en Cataluña y de la lucha del pueblo catalán por su autodeterminación

En relación al movimiento popular catalán en defensa de su derecho a la independencia y contra la represión del estado español, es de gran interés el análisis realizado por Línea Proletaria en su editorial del pasado mes de julio, donde en el marco de la crisis del imperialismo occidental y las contradicciones que provoca entre las burguesías nacionales, se hace un balance del régimen tardofranquista español del 78 y cómo afecta esta crisis global a sus clases altas y medias, que "ya no pueden vivir como lo venían haciendo durante los últimos decenios, en concreto desde 1978, cuando la alianza entre capital financiero, burguesías periféricas y aristocracia obrera, trocó la dictadura burguesa en España de fascista en parlamentaria", todo ello acompañado de una parálisis del comunismo revolucionario que sigue en posición defensiva, en vez de aprovechar los movimientos de masas, como el catalán, para tomar la iniciativa ante los intereses de la burguesía local.

Imagini pentru autodeterminación de cataluña
Un análisis que explica también la actitud del comunismo chovinista español, paralizado desde hace 40 años por la complicidad de los grandes partidos de izquierda política con el régimen y la imprescindible labor del sindicalismo colaboracionista, como los de UGT o CCOO, en su eficaz labor de desmovilizar el movimiento obrero y toda movilización popular.

El comunismo revolucionario tiene que seguir la doble tarea del proletariado que indica Lenin en referencia a la cuestión nacional: en primer lugar, luchar por la unidad de la clase trabajadora y contra el nacionalismo, "principalmente el ruso, el central", afirma, pero, subraya Lenin también para avispados y chovinistas, también ha de luchar por el derecho de todo pueblo a su autodeterminación, siempre posicionándose e interviniendo en la medida de lo posible para que la movilización popular en pos de ella esté dirigida y defienda los intereses de la clase obrera local y, por lo tanto, también de la mundial. Es lo que se llama internacionalismo proletario.

A continuación, compartimos la parte del análisis que se refiere a Cataluña. Para leer el artículo completo, pulsar en este link.

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"Mientras tanto, y en el contexto de esta crisis global que hemos delineado y que afecta al bloque imperialista occidental, el régimen español sigue sumergido en una profunda crisis política, cuya principal característica pasa por que los de arriba no quieren y los de en medio no pueden vivir como lo venían haciendo durante los últimos decenios, en concreto desde 1978, cuando la alianza entre capital financiero, burguesías periféricas y aristocracia obrera, trocó la dictadura burguesa en España de fascista en parlamentaria.

Los puntos críticos del sistema se encuentran en los enclaves que habían venido ofreciendo estabilidad al cuerpo democrático del imperialismo español, esos que escenificaban más espectacularmente la alianza de los diversos sectores dominantes, que no eran sino las mediaciones que articulaban desde los 1970 al bloque histórico en su conjunto. La crisis española se alarga indefinidamente y, aunque la convulsa situación mundial puede actuar como acicate para una rápida solución, parece que por sí misma la situación del país no se desahogará fácilmente. Si observamos con perspectiva la historia de las luchas de clases en estas tierras, hoy, para pesar de viejos y nuevos socialdemócratas, de revisionistas y oportunistas, no atravesamos por una segunda Transición, sino más bien, y como hemos señalado en otras ocasiones desde la Línea de Reconstitución, por una Crisis de la Restauración 2.0, farsa posmoderna de la crisis política que desde 1898 hasta la década de 1930 se instaló en el Estado español. A continuación, realizaremos un breve repaso de la actualidad a nivel estatal desde este sincronismo histórico, entre los inicios del siglo anterior y los del actual, y entre los que median el Ciclo de Octubre y una centuria de madurez y parasitismo imperialista global. Veamos.

En primer lugar, hoy asistimos al desmoronamiento del tradicional sistema turnista de gobierno, con dos grandes partidos que venían reuniendo en torno a sí los intereses nucleares de las clases dominantes. Conservadores y liberales representaron las dos caras del régimen de la Primera Restauración, instalado sobre la alianza de la alta burguesía con las clases remanentes de la vieja sociedad, para acabar de imponer las relaciones de clase capitalistas en España. La bicefalia Cánovas-Sagasta la han interpretado desde 1978 socialistas y populares, mediaciones a través de las cuales el capital monopolista ha enraizado con la aristocracia obrera (PSOE) —principal base sociológica de masas del imperialismo maduro— y la pequeña y mediana burguesía (PP). Y en medio del lento hundimiento de las dos fuerzas principales, se abren las cloacas del Estado, los fondos de reptiles y la fosa séptica de la corrupción, para que asciendan los efluvios de la renovación nacional en la forma de un sinfín de nuevas plataformas y facciones parlamentarias. Ayer eran krausistas, radicales y republicanos de mil tendencias que peleaban entre sí por mostrarse los más rebeldes ante el público. Hoy fueron y son los UPyD, VOX, Ciudadanos… pero también los variados gobiernos municipales del cambio y, por supuesto, Podemos. Y todos batallan entre sí por motejar al rival de anti-sistema. Como hace más de cien años, ya hemos empezado a padecer grandes coaliciones nacionales que, lejos de finiquitar la crisis, son la evidencia de su profundo vigor. Expresión de ello es la extensión de Ciudadanos por todo el territorio estatal, fuerza surgida contra el independentismo en Catalunya ante la imposibilidad de los grandes partidos estatales por incidir en la política catalana. Aunque no es la primera vez que ocurre algo así. Antaño, con un proletariado que hizo de Barcelona la Rosa de Foc, la patronal se sacó de la chistera a un agitador radical y republicano, a un Lerroux con su tropa de incendiarios y provocadores para reconducir la espontaneidad de las masas e intentar enfrentarlas con el nacionalismo. Hoy, en ausencia de ese ascendente proletariado, el remilgado Rivera y su cortesano séquito de cuñados paniaguados sirven para zarandear el trapo rojigualdo encauzando, entre otros, a un sector de las masas adoctrinadas en los valores de la España irredenta.

No obstante, es la situación del PSOE la clave para comprender la profundidad de la crisis sistémica del régimen. Tras desplazar en los 1970 al verdadero partido obrero liberal de la época, al PCE, el PSOE ha sido el partido de Estado durante 40 años, en tanto mediación del capital monopolista para con la aristocracia obrera y principal sostén de la articulación multinacional del Estado. De modo que su lenta emulsión, acelerada por el encogimiento de su base sociológica como producto de la reestructuración del bloque occidental, va mostrando los síntomas de la situación general del país. En los tiempos de la Primera Restauración, la aristocracia obrera debió emerger del seno de un movimiento obrero histórica y políticamente en flujo ascendente, como fuerza que ofertaba estabilidad a un orden social que se desmoronaba. Actualmente la aristocracia obrera es miembro de pleno derecho de ese orden social, a la par que se han estrechado sus contornos. Sabedores de ese estrechamiento, los mecanismos que tradicionalmente han corporizado, y corporativizado, estos intereses de clase, los sindicatos, se encuentran replegados sobre sus estructuras. Podemos aspira a ocupar el papel del PSOE, y para ello ha debido volver a tomar las formas del tradicional partido obrero nacional, de la socialdemocracia clásica, en las condiciones legadas por el fin del Ciclo de Octubre. Más adelante insistiremos en esta cuestión.

Imagini pentru huelga obrera cataluñaEn segundo lugar, el engranaje dispuesto para integrar a las burguesías periféricas se rompe por Catalunya. Este mecanismo entre burguesía central y periférica, se sostiene en la común opresión que éstas ejercen sobre los proletarios del país y en la situación del Estado español en el concierto internacional. Si lo contemplamos desde la externalidad que actúa a través de lo interno, de las contradicciones interimperialistas y sus implicaciones en el contexto de las luchas de clases en el Estado español, vemos que en la Primera Restauración el decimonónico encaje territorial se realiza directamente desde el centralismo unitario y su estabilidad se desequilibra cuando los EE.UU., por vía militar, dan al traste con el arcaico sistema colonial español en 1898. Durante la Segunda Restauración, el (pos)moderno sistema de nacionalidades y autonomías, se ve complicado con las maniobras diplomáticas del nuevo Reich sobre el Sur de Europa, poco disimuladas desde la victoriosa Blitzkrieg financiera sobre Atenas. Observado el asunto en clave catalana, ante el desastre del 98 surgiría la Lliga Regionalista, puntal del orden burgués y español que acabaría siendo rebasada por el movimiento catalanista de masas confluyente en el republicanismo. Si a inicios del pasado siglo una mayor sustantividad de la burguesía catalana (la Lliga) podía desarrollarse a través de la autonomía para ampliar la base de la dictadura burguesa en España (aunque tal sustantividad fue desplazada por otra de mayor entidad, cuando el movimiento de masas nacional devino en republicano e independentista), éste era ya el punto de partida en 1978. Desde las operaciones transicionales de la Segunda Restauración, el enclave mediador entre el capital financiero español y la burguesía catalana lo ocupará Convergència i Unió, cuyo principal cabecilla llegaría a ser reconocido como Español del Añopor el diario ABC. Como durante el primer tercio del siglo XX, la unión regionalista catalana se ha roto ante el empuje del movimiento nacional de masas, desplazándose Esquerra Republicana al centro del tablero y situando a la orden del día la construcción de un Estado catalán independiente. Nos detendremos un momento en esta cuestión, fundamental para comprender la crisis en el Estado español, ya que actualmente representa el principal vector político de la misma. Pero ahondaremos en la actualidad de la cuestión catalana desde la lucha por la reconstitución del comunismo.

El 9 de Noviembre de 2014 (9-N) tuvo lugar un referéndum ilegal sobre la autodeterminación de Catalunya. Desde la Línea de Reconstitución defendimos el apoyo condicional a la independencia nacional, aplicando los principios marxista-leninistas a la situación concreta. En nuestro apoyo condicional incluimos como tareas fundamentales de la vanguardia comunista las de luchar en primera instancia por la unidad internacional del proletariado revolucionario, es decir, por impulsar la alianza internacionalista del proletariado —hoy la vanguardia— de las diversas naciones que componen el Estado español en la lucha por la reconstitución ideológica y política del comunismo. Por otra parte, ese apoyo condicional a la independencia mediante referéndum se realizó denunciando cualquier maniobra por parte de la burguesía nacionalista para derivar la decisión soberana e imperativa de la nación catalana a la charca parlamentaria, a la componenda con el Estado español. Desde entonces, desde 2014, los comunistas revolucionarios hemos sido completamente consecuentes con nuestra posición ante el 9-N: hemos trabajado y hemos fortalecido esos vínculos internacionalistas de nuestra clase, que sólo pueden ser efectivos si se realizan a través de la lucha revolucionaria del proletariado (y no por la unidad forzosa que imponen las fronteras estatales del capital) y hemos luchado contra el mercadeo parlamentario (nos posicionamos por el boicot en las elecciones al Parlament del 27-S en 2015). De modo que si Catalunya sigue encadenada a los grilletes del Estado español tres años después del 9-N, no es porque el proletariado revolucionario se haya opuesto a lo que de democrático tiene todo movimiento nacional de un país oprimido (oposición frontal o de perfil en la que se instalaron el grueso de organizaciones revisionistas de la nación opresora), sino por la pusilanimidad e inconsecuencia de las diferentes fracciones de la burguesía independentista catalana, parapetadas en lo que queda de Convergència, en Esquerra Republicana o en la Candidatura d´Unitat Popular.

No obstante, el movimiento nacional de masas en Catalunya sigue en pie reclamando un Estado propio, y la dirección del mismo, comprometida en tareas de gobierno, en apariencia parece más decidida que hace tres años a llevar adelante la independencia, cuya fecha clave es desde hace unos meses la del próximo 1 de Octubre (1-O). La escalada de tensión se encuentra en un punto más elevado, tal como demuestran tanto las maniobras que se realizan desde Madrid para presionar a la Generalitat como los últimos cambios operados por Puigdemont en el ejecutivo catalán a fin de contar con elementos comprometidos con la causa: de aquí al trascendental 1-O, y sobre todo, después del mismo, la burguesía independentista tendrá una nueva oportunidad para ser otra vez consecuentemente inconsecuente y derivar al movimiento nacional a un nuevo circo legislativo; u optar por dar un paso hacia adelante impulsando lo que de democrático hay en su seno, rompiendo con la legalidad española, proclamando la República Catalana y dando los pasos prácticos necesarios para que ésta sea una realidad. Lo que es cristalino como el agua es la posición de la chovinista y opresora burguesía española, que tiene a su disposición similares mecanismos (judicatura, guardia civil, ejército, etc.) que en 1934, cuando dio a los republicanos catalanes una muestra del carácter de clase de la hermandad y la paz que propalaba la república española de trabajadores de 1931.

Por nuestra parte, desde la vanguardia marxista-leninista lo que debemos analizar es el contexto de la lucha de clases en su conjunto, las relaciones entre todas las clases en cuanto a la cuestión catalana y más allá de la misma. En las páginas de este número de Línea Proletaria ahondaremos en esta cuestión. No obstante, cabe decir, sucintamente, que en gran medida la situación es similar a la de hace unos años: el comunismo revolucionario sigue en una posición estratégica de defensiva política, sin capacidad para incidir en la gran lucha de clases, lo que en la cuestión catalana se traduce en la incapacidad para ofrecer una alternativa inmediata a las masas que consideran intolerable continuar bajo el yugo español, siendo la cuestión nacional resoluble políticamente en la era del imperialismo por vía democrática. El referéndum del 1-O, que da la posibilidad de expresarse a las masas, si finalmente sigue hacia adelante se desarrollará por cauces ilegales, significando una oportunidad para que las masas experimenten el desprecio a la legalidad y al orden establecido; el sojuzgamiento nacional de Catalunya sigue siendo el pesebre en que se alimenta la reacción hispánica (hasta el punto de que sirve para coser el deshilachado régimen español, a los viejos partidos turnistas y a los nuevos partidos del cambio) y es una fuente de embrutecimiento de las masas españolas, que transigen, cuando no apoyan abiertamente, la represión del Estado hacia todo el que se mueve.

La vigencia del Estado-nación, a la que hacíamos referencia anteriormente, como base necesaria del mundializado y dominante capitalismo financiero, expresa las contradicciones que el imperialismo provoca en el seno de la burguesía, lo que implica la persistencia de movimientos nacionales, y de la opresión nacional, en países de capitalismo desarrollado. La posición del comunismo revolucionario debe contemplar la posibilidad de la autodeterminación nacional, esto es, el derecho a la secesión de las naciones, también en estos países, como enseñara Lenin en El derecho de las naciones a la autodeterminación, donde indicaba a los revolucionarios de los países de capitalismo desarrollado, aplicar la táctica que Marx y Engels promovieron entre el proletariado inglés ante la cuestión irlandesa.
Imagini pentru clase obrera catalana repulica

En tercer lugar, la Crisis de la Restauración 2.0 ve cómo surge un movimiento de resistencia económica que torna en cuerpo electoral reformista en defensa de los intereses de la aristocracia obrera y que sirve de sostén a un Estado en crisis. Esta tarea la desempeñó históricamente el Partido Socialista Obrero Español, en tanto viejo partido obrero nacional, socialdemócrata, de la II Internacional. A inicios del siglo XX el movimiento obrero en el Estado español estaba en ascenso, demostrando su potencialidad como clase revolucionaria (Semana Trágica; huelga revolucionaria de 1917; etc.). Sin embargo, a medida que esto ocurre el PSOE iría decantándose por el camino del reformismo y la confluencia con los diversos sectores de la burguesía dispuestos a integrar a la aristocracia obrera (posicionamiento mayoritario con el oportunismo internacional frente a la IC; colaboración con el régimen de Primo de Rivera; integración en el Estado republicano; etc.). Podemos emerge hoy como socialdemocracia en el sentido histórico del término, en tanto partido obrero nacional que, en las condiciones de fin del Ciclo de Octubre, encauza el movimiento de masas para cimentar la vertebral alianza que configura a todo Estado imperialista: la sociedad establecida entre capital financiero y aristocracia obrera. Sin embargo, esta socialdemocracia rediviva acaudillada por la espectral farsa de Pablo Iglesias, difiere de su más antiquísima antecesora. Porque nuestro farsante y su patriótico partido no representan aquel devenir dialéctico de una nueva fuerza social de progreso que, ante una coyuntura histórico-universal nueva, la de escisión clasista en el seno del movimiento proletario, elige el camino de la reforma. Hoy tal disyuntiva no existe, pues el entero Ciclo de Octubre nos contempla y el movimiento obrero se dividió hace mucho entre revolucionarios y oportunistas, entre comunistas-internacionalistas y revisionistas-socialchovinistas. Podemos ya no puede insuflar savia nueva al pestilente cuerpo del imperialismo español, pues representa a una clase decadente, el sector aburguesado de los asalariados, que sólo pugna por aferrarse a lo que ya conquistó, esos privilegios y derechos que adquirieron carta de naturaleza constitucional en la última restauración borbónica, con la constitución de 1978, y que ya habían encontrado acomodo en la República de 1931.

Tenemos así las contradicciones en el seno de la clase dominante, del propio capital financiero, de las burguesías periféricas y la aristocracia obrera, que vinculan a nivel estructural la crisis de hoy con la que hace más de un siglo atravesaba el Estado español, pues todas estas clases, con independencia de la correlación concreta de fuerzas entre ellas, ya estaban entonces al pie del cañón imperialista español. La diferencia estriba en que las burguesías periféricas y la aristocracia obrera aparecieron en la escena durante la crisis que se inicia con el siglo XX, mientras en la actualidad es precisamente la erosión de la vinculación de éstas con el gran capital financiero uno de los puntos principales de esta crisis que se alarga. Ello nos habla de la maduración de la formación social española y de cómo su estructura de clases imperialista ya estaba plasmada, en lo esencial, hace más de un siglo.

Sin embargo, a pesar de estos síntomas, es la tesis de la segunda Transición en boca de Podemos y, por ejemplo, del Partido Comunista de los Pueblos de España (PCPE), la que domina entre la vanguardia. Si hubiese que resumir la tesis de la segunda Transición, ésta parte de considerar que en la actualidad un sector de la clase dominante pilota un proceso de Gatopardo con el objeto de teatralizar un cambio en las formas de dominación que permita sostener y dar continuidad a la estructura del régimen de 1978, tal como ocurriera con la Transición de los 1970, en la que no se habría realizado una auténtica ruptura democrática con el fascismo.

Y efectivamente, el régimen de 1978 no es sino la continuación, reforma democrática mediante, del régimen fascista, ese Estado contrarrevolucionario que adaptó su fisionomía original en una guerra de exterminio contra el proletariado revolucionario. Un Estado contrainsurgente que tomó directamente su estructura del régimen republicano, empezando por un Ejército sublevado contra su propio gobierno. Y es que la II República no fue otra cosa que el intento por desarrollar las reformas necesarias para modernizar España en términos imperialistas —proceso en el que el partido socialdemócrata de la época, el PSOE, fue esencial—, tratando de evitar la revolución social e intentando poner fin a la profunda crisis, que duraba décadas, del régimen burgués salido de la Primera Restauración. Tal sistema político, a su vez, se puso de largo tras un breve periodo de abierta y terrorista contrarrevolución, la que puso fin al Sexenio Revolucionario, estancado en una I República que representó la última oportunidad histórica de modernizar España con un programa democrático. Precisamente, en 1873-1874, la burguesía democrática española, siempre débil y pusilánime, prefirió encadenar sus destinos al dominio de la reacción, que aun con toda su parafernalia aristocrática era ya esencialmente burguesa, que aliarse con la joven y revolucionaria clase proletaria. Así, la experiencia del proletariado en el Estado español, lejos de representar una anomalía (como gusta decir a los socialchovinistas y comunistas republicanos), se integra desde sus raíces en la historia que esta clase internacional ha vivido en las diferentes partes del globo: con las revoluciones europeas de 1848, la burguesía dio muestras de su agotamiento histórico como clase portadora del progreso universal; y en la antesala del inicio del Ciclo de Octubre, los bolcheviques ya habían sido capaces de integrar esta lección histórica, en lucha contra el economicismo, comprendiendo que aun con tareas democráticas pendientes —las propias de la Rusia zarista de 1905— es el proletariado, organizado como Partido de Nuevo Tipo, el que debe situarse a la vanguardia de la revolución.

En el Estado español nunca ha existido una ruptura revolucionaria. Las condiciones en que el capitalismo ha venido desarrollándose han permitido que la burguesía se haga con el poder a través de la reforma, permaneciendo inalterable la columna vertebral del Estado, siempre en manos de las mismas clases: con el régimen de 1876, con el de 1931, con el fascismo y con el parlamentarismo actual. La tarea pendiente de la clase obrera en el Estado español es, desde inicios del siglo pasado, cuando el proletariado empieza a mostrar su potencialidad y la sociedad burguesa está consolidada en lo fundamental, la Revolución Socialista, la implantación de la Dictadura del Proletariado para que nuestra clase se haga con el dominio omnímodo del proceso social. Sin embargo, y a pesar de todo esto, el moderno sindicalista de cuello duro y el intelectual pequeñoburgués de la posmodernidad, el revisionista y el oportunista, se darán la mano para continuar con la mistificación de la democracia burguesa entre las masas del proletariado, para jugar al eclecticismo con la república y el “socialismo” entre la vanguardia, hablando de la segunda Transición para a continuación ofrecernos un programa mínimo de reformas, un programa verdaderamente socialdemócrata."



Los subrayados en rojo, la introducción y las imágenes son del responsable de este blog, no del original de Línea Proletaria.

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