31 de agosto de 2013

El tablero egipcio

El mundo árabe-islámico es un caos en el que es difícil adentrarse, algo aprovechado por Estados Unidos y sus aliados para controlar a sus gobiernos como títeres ocultos por el humo de la desinformación, lo que hace imposible conocer lo que pasa realmente y, sobre todo, por que.

Uno de esos misterios es el de Egipto, donde, sobre todo después de la
destitución de Hosni Mubarak, hace dos años, es difícil de comprender los movimientos y cambios de las élites políticas y militares que se han venido sucediendo (mientras que los trabajadores, debido a su endémica desorganización y a la práctica inexistencia de un partido de vanguardia que dirija el camino hacia la toma del poder, no parecen tener ninguna opción de decidir).

El siguiente artículo de Nazanin Armanian, EEUU mueve fichas en Egipto (y en la región), resume bastante bien como los cambios citados no son debidos a ninguna revolución o movimiento organizado por los trabajadores (tampoco por el interclasista concepto de ciudadanos), sino que están teledirigidos desde los despachos de Washington que, como afirma el texto, es el que controla no solo al ejército, al que proporciona 1500 millones de dólares al año para que siga prestando pleitesía al imperio, sino también a los Hermanos Musulmanes, cercanos a los Estados Unidos desde que este país descubrió el filón del islamismo para controlar a los a veces díscolos países árabes.

Lo más curioso es que la "izquierda" europea se desata de emoción y alegría cada vez que uno u otro de los peones del imperialismo da un golpe o consigue un éxito, perdiendo el norte, embaucada como esta de la droga revisionista, de la realidad de que la única manera de que los trabajadores se liberen, en cualquier país del mundo, es acabando con sus explotadores.

Eso es de lo que peca el tal Armanian, que a pesar de la correcta descripción de la situación, sigue teniendo en la cabeza, y por lo tanto como idea de fondo de su artículo, las patrañas de la democracia burguesa, así que considera que la única solución para Egipto es que se instaure, sin explicar muy bien como y, sobre todo, para qué, un parlamentarismo que, en definitiva, permita que las clases dominantes egipcias sigan controlando el país mientras los trabajadores y campesinos se creen el cuento de que ellos también tienen voz y voto.

La única manera de que los países árabe-islámicos consigan una verdadera democracia y recuperen su soberanía nacional es, como en todos los lados, que sus trabajadores se organicen a través de un partido marxista-leninista y que instauren lo que definían Marx y Lenin como "dictadura del proletariado"; es decir, que sea la clase que produce la riqueza, la trabajadora, la que tenga el poder en sus manos y gobierno y distribuya la riqueza para su beneficio. Solo con la toma del poder por los trabajadores Egipto dejará de ser el tablero de juego disputado por otros para convertirse en el campo de lucha por los intereses de los egipcios.

Mientras tanto, las potencias occidentales seguiran haciendo y deshaciendo, dividiendo y fomentando las masacres entre unos y otros, y los más perjudicados de la situación seguirán siendo la mayoria, los explotados y dominados, despojados de la riqueza que ellos producen por los únicos beneficiaros de la situación: la clase parásita local, los hipócritas de la fe, y los piratas con la bandera de las grandes corporaciones capitalistas

 ESTADOS UNIDOS MUEVE FICHA EN EGIPTO

“Quien paga, manda” y aquí es EEUU quien viene proporcionando 1.500 millones de dólares (unos 1.168 millones de euros) al año a Egipto y su ejército en ayuda militar y económica, convirtiéndole en el segundo receptor de ayudas después de Israel.

El peon de EE.UU., Mursi
Los militares que acaban de llevar a cabo un golpe de estado, además, reciben dinero de Arabia Saudita y controlan el 25 por ciento de la economía del país. Washington, a cambio, espera de los gobernantes del país africano, a nivel interno, sean capaces de dar estabilidad al sistema (aunque utilicen métodos mubarakianos o suadíes), y a nivel externo, lealtad a los intereses estratégicos de EEUU y sobre todo no molestar al vecino israelí.

El pecado del ya ex presidente Mohamed Mursi fue su incapacidad de garantizar el orden interno. Continuas protestas de distintos sectores de la población, que culminaron en la recogida de unos 20 millones de firmas por el movimiento Tamarod (desobediencia), encabezado por El Baradei y otras personalidades, contra las políticas de Mursi, ofrecieron la oportunidad de oro al ejército-Pentágono para impedir que en la plaza de Tahrir las protestas tomaran un tono anti-estadounidense, ya que muchos carteles culpaban a EEUU —en concreto a su embajadora Anne Patterson— de proteger a Mursi y ser corresponsable de las calamidades del país.

Los uniformados, acusados de gravísimas violaciones de los derechos humanos, reaccionaron rápido, se presentaron demócratas y cumplieron con el deseo de los manifestantes.

Que Obama en su discurso evitara definir como “golpe de Estado” lo sucedido se debe a dos motivos: que la ley le impide ayudar a un país cuyo gobierno democrático haya sido depuesto por un golpe militar o decreto y que no quería que los egipcios vieran sus manos detrás de la acción militar.

Roma no paga a traidores

No es la primera vez que EEUU actúa contra un gobierno que instala (Egipto. Fracasa la transición ideada por Washington): derrocó a los Muyahidines afganos e impuso a los Talibán para luego derrocarles, y no por ser bárbaros sino por su incapacidad de garantizar el orden necesario en un país clave como Afganistán (Afganistán: Batalla por la hegemonía mundial). Total, al final no hubo ningún gobierno soberano en Egipto.

En 2011 Obama, ante la caída de Mubarak, tenía tres alternativas: el ejército, favorito de Israel y Arabia Saudí; los Hermanos Musulmanes, con los que EEUU tiene fuertes lazos desde 1940; y su opción casi personal, Mohamed El Baradei, el Nobel de la Paz. La primera era inviable por las exigencias democráticas de un pueblo sublevado.

La tercera encontró resistencias entre los israelíes que le tachaban de “agente de Irán”, por insistir en el carácter civil del programa nuclear de Irán cuando fue director de la Agencia de la Energía Atómica y por afirmar que se debería revisar el acuerdo de Camp David. Quedaban los Hermanos Musulmanes, con los que Obama ya había tenido un primer y plácido contacto en la Universidad Al Azhar (Errores de Obama en Oriente Medio), donde pronunció un discurso que iba a poner fin a la política bushiana de invadir a los países musulmanes con recursos (promesa incumplida).

Al final eligió una Cohabitación ‘a la egipcia’, entre los militares y los islamistas, a la que, de momento, se pone fin. Ahora, la prioridad es impedir una guerra civil en las fronteras de Israel, mantener el contrapeso de Irán en la región, y encontrar un rostro afable a la dictadura militar.

Mansur, otro peon de Estados Unidos
EEUU, a través del general al-Sissi, jefe del Ejército —hombre religioso, designado por Mursi—, y en nombre del pueblo egipcio, vuelve a tomar las riendas del país sin poner las “botas en el suelo”. Está por ver el papel de varios miles de agentes de la CIA y de otros servicios de inteligencia occidental que se movían dentro y fuera del palacio presidencial de Heliópolis.

Mantener la amenaza del golpe militar ha sido uno de los instrumentos de Obama para presionar a Mursi, junto con impedir que el Fondo Monetario Internacional le prestase los 4.800 millones prometidos y otros 5.000 millones de euros de la Unión Europea. Ahora, puede abrir la cartera y soltar los millones de dólares que hagan falta para empujar el desarrollo en su “nuevo Egipto”. ¡Hay que ver cómo se puede manipular a un pueblo que está entre la espada y la pared! Es tan antidemocrática y peligrosa la intervención de los militares en la política como la que desempeñan las fuerzas religiosas. La educación de ambas fuerzas —que se presentan con falsas intenciones “supra clasistas”— está basada en los métodos autoritarios y excluyentes.

Otra experiencia… religiosa

Mohamed Mursi, ex diputado del parlamento de Mubarak, que junto a su organización llegó tarde a la revolución egipcia, pero que aprovechó su impulso y desde el poder aplicó ideas de otros tiempos a una sociedad ansiosa de la democracia económica y política, no se dio cuenta de algo primordial: que contaba con el voto de tan solo el 51 por ciento del electorado y que parte de los votos depositados al segundo candidato, Ahmed Shafiq —miembro del antiguo régimen— eran para no votarle a él.

Algo parecido sucedió en Irán en 1980, cuando el ayatolá Jomeini, ante duras críticas hacia su propuesta de instalar una república “islámica”, desechó la propuesta de la mayoría que era la de crear la “república de Irán”, y también la “República Islámica Democrática de Irán”, ideada por los islamistas moderados. 

Convocó un referéndum con sólo dos opciones, “República islámica: ¿sí o no?”, en un clima en el que el “no” se interpretaba como un apoyo al régimen dictatorial del derrocado Sha. Ganó el “sí” obviamente, aunque allí estaban aquellos que al no ser escuchados, se lanzaron a una terrible guerra civil que duró varios años. Autoengañarse trae nefastas consecuencias.

Mursi, como Hermano Musulmán que confundió el gobernar un complejo estado en el siglo XXI con repartir caridad en los barrios pobres, no quiso ni pudo instalar la democracia. Motivos: sus limitaciones ideológicas y su pertenencia a la élite, su visión retorcida de la política (un califato totalitario para Egipto), su incapacidad para crear al menos la sensación de mejoría, por ejemplo en la gestión de los problemas cotidianos (como la recogida de basura, el suministro de agua y electricidad o la seguridad ciudadana).

Heredó un país en bancarrota, con graves problemas estructurales, como el alto índice de analfabetismo y de natalidad, se enfrentó a unas expectativas infladas de un pueblo que no podía esperar más, mientras su intento de islamizar el país sabía a demasiado a los seculares (que temían la talibanización del país) y a poco para sus aliados salafistas, quienes le abandonaron, apoyando el golpe de Estado.

A todo ello, se añadió la corrupción y un amiguismo tan burdo como nombrar gobernador a un miembro del grupo terrorista Jamaa Islamiya, que participó en el atentado de 1997 en la provincia de Al agsar (Luxor) matando a 58 turistas. Los Hermanos Musulmanes, que ya tenían en su contra a minorías religiosas, ateos, seculares, los restos del antiguo régimen, los trabajadores (que en un año organizaron un centenar de huelgas), no podían hacer más para ganar enemigos.

Cambios en la región

Tal como señalamos, el presidente Obama, después de su reelección, remodeló el equipo de defensa y el de política exterior, alejándose —¡no demasiado!— del tradicional apoyo de EEUU a los grupos islamistas, tanto militares como civiles. A veces les quería en un pack de 2×1: el modelo pakistaní de militares islamistas.

La rebeldía de los Talibán, el asesinato de su embajador en Libia a manos de los integristas que colocó en el puesto de Gaddafi, o el asalto a la embajada de Israel en El Cairo por los Hermanos Musulmanes y los salafistas le llevó a impedir que este tipo de grupos alcanzaran el poder en Siria —en la frontera de Israel—, negándoles armas pesadas.

Acto seguido, dio la bienvenida al nuevo presidente de Irán, elogiado por la prensa occidental como “moderado” (recordad que durante las protestas de millones de iraníes contra el fraude electoral de 2009, Obama envió una carta de felicitación a Ahmadineyad), y antes de retirar su apoyo a Mohamed Mursi, forzó la dimisión del otro “hermano”, el jeque Hamad al Thani, el emir de Qatar, por entorpecer sus planes sobre Siria o abrir una oficina para Hamas en su tierra. El jeque era un firme defensor de los movimientos islamistas, incluido los Hermanos Musulmanes egipcios. Él financió con sus petrodólares la caída de Mubarak e inyectó dinero a la campaña electoral de los seguidores de Mursi. De allí que los golpistas egipcios hayan cerrado la cadena Al-Jazeera en El Cairo.

Mubarak, otro peon comido
Se espera una nueva política de Obama, la de adelantarse a los acontecimientos, realizando cambios desde arriba en algunos países de la región y reformas, antes de que se le escape la situación en “primaveras” o “abdicaciones” de reyes y sultanes en Arabia, Kuwait, Bahréin, Emiratos y Amman, a favor de sus hijos. Favorece a esta posición la expansión del movimiento Tamarod a países como Túnez, Irak, Bahréin, y Libia.

Impacto en la región

Salvo el gobierno turco —próximo a los Hermanos Musulmanes—, ningún país ha llorado la caída de Mursi. Arabia Saudita, Kuwait, Emiratos, e incluso el nuevo emir de Qatar, Tamim al Thani, felicitaron al presidente interino egipcio, Adli Mansur. Mientras, Irán, que declaraba “respetar al pueblo egipcio”, no ocultaba su alegría. Pues Mursi no sólo se enfrentó a Irán en el asunto sirio, sino que agitó tanto el clima anti chiita en Egipto que el mes pasado fueron linchados varios fieles de este credo en El Cairo. Otro aliviado es el presidente de Siria Bashar Al Assad: el egipcio mandó cerrar su embajada y pidió intervención extranjera para deponerle.

Israel —que no puede quejarse de Mursi porque respetó el acuerdo de Camp David y destruyó los túneles de supervivencia palestina en su frontera con Gaza— sueña la normalización de las relaciones entre ambos países, aunque teme la acción de los grupos islamistas en sus fronteras. Satisfecho de que Hamas —rama de los Hermanos Musulmanes—, ahora sí quede huérfano, antes ya había perdido la simpatía de Irán, por luchar contra Damasco. Al contrario de Hamas, el líder de la Autoridad palestina, Mahmud Abbas, que elogió al ejército egipcio, vuelve a sacar la cabeza.

Callejón sin salida

Designar un gobierno “tecnócrata” —o sea, un ejecutor de los mandatos del FMI y su autoridad—, como se pretende, agravará aún más el sufrimiento del pueblo y el caos en el país. La profundidad de la crisis de Egipto es mucho más que su caos político. Sólo un gobierno de reconciliación nacional, incluyendo a los Hermanos Musulmanes, puede ser el primer paso hacia el orden y la democracia.

Lo sucedido no es el fin de los Hermanos Musulmanes. En Turquía el gobierno islamista de Arbakan fue derrocado por un golpe militar en 1980; volvieron a ganar las elecciones en 1995 y fueron de nuevo depuestos en 1997; regresaron en 2002 y ahora juzgan a quienes les destituyeron en los 80, aunque se enfrentan a demandas de “desislamización del poder”, no por los militares, sino por los indignados de la Plaza de Taksim. Excluir a una poderosa organización del juego político podrá provocar escisiones en su seno e incluso radicalizar sectores que no dudarían en tomar armas.

Dijo Henry Kissinger, en 2011, sobre la caída de Mubarak: “Es sólo el primer acto de un drama que debe ser actuado”. ¿Qué quería decir?

Nazanin Armanian

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Mi más sinceras felicitaciones por la labor coherente que se realiza en esta web y otras de la red, por esclarecer todo lo que está sucediendo en Oriente Medio y desenmascarar a todos los infiltrados del imperialismo.

León Rojo dijo...

Si hubiera una Guerra Popular que acabara con los reaccionarios de los Hermanos Musulamnes y con el Gobierno titere de Israel, seria algo muy positivo para la región.

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