13 de mayo de 2017

RBC: !Por la patria! !Por Stalin! De la historia de las protestas políticas en la URSS

La Red de Blogs Comunistas (RBC) ha traducido un texto escrito por Lavrentiy Gurdzhiyev sobre la historia de las protestas políticas en la Unión Soviética, en concreto acerca de los disturbios de los trabajadores del Caúcaso a favor de Stalin después del XX Congreso del PCUS, cuyas mentiras sirvieron de cortina de humo para dar paso a las reformas antisocialistas que los jruschevitas fueron aprobando y que, aunque pasaron  inadvertidas para muchas personas debido a la traicionera retórica marxista-leninista que ocultaba la degeneración procapitalista del país, si que provocó indignación en algunos sectores del Partido y entre la población adquirió a veces tintes de estallido.

El siguiente texto describe los acontecimientos en la capital de Georgia, Tbilis, en 1956 y en 1989, y los de Sumgaít, en Azerbatyan, en 1963 y 1988, comparando las razones y objetivos que marcaron los disturbios en ambas fechas: en 1956 y 1953  la juventud y los trabajadores, imbuídos en el espíritu del estalinismo, lanzaban, entre otras, la siguiente consigna: “¡La patria socialista está en peligro!”; en 1988 y 1989, inflamados por la atmósfera enfebrecida de la Perestroika, gritaban: “¡Abajo el socialismo, abajo la Unión Soviética, abajo los comunistas!”. 

El autor nos recuerda que fueron los que provocaron las protestas de finales de los cincuenta y principios de los sesenta del siglo XX, ahogándolas en sangre, los mismos que aplicaron políticas antisocialistas que fueron haciendo regresar a la URSS hacia el capitalismo y se alegraron, finalmente, de las protestas de finales de los ochenta, en el marco de la destrucción final del socialismo y el reparto del poder y la riqueza entre una minoría ya abiertamente burguesa.

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Jovenes y trabajadores en defensa de Stalin, 4 de marzo de 1956 (Tbilisi, Georgia)

¡POR LA PATRIA! ¡POR STALIN!


DE LA HISTORIA DE LAS PROTESTAS POLÍTICAS EN LA URSS, por Lavrentiy Gurdzhiyev
Traducido el 8 de abril de 2017 al inglés por Polina Brik, del American Party of Labor

Traducido al castellano de la versión inglesa por la Red de Blogs Comunistas (RBC)

En la actualidad, la mayoría de los comunistas soviéticos y extranjeros, y la izquierda en general, han llegado a la conclusión de que, desde mediados de la década de los 50, la línea revisionista y oportunista triunfó en la Unión Soviética y en el resto del campo socialista. A partir del XX Congreso del PCUS cabe distinguir en la historia de la URSS entre los periodos genuinamente soviéticos y los veladamente antisoviéticos. El carácter abiertamente antisoviético y anticomunista de la llamada Perestroika era ya manifiesto. La base ideológica y práctica de los revisionistas y oportunistas durante todos esos años fue un sucedáneo siniestro y camuflado del anticomunismo: el antiestalinismo, a veces declarado, otras encubierto, pero siempre inalterable.

La actuación de fuerzas contrarrevolucionarias, en ocasiones declaradas, solapadas otras, dentro de la Unión Soviética y del movimiento comunista mundial, ha sido ampliamente investigada por historiadores, economistas y periodistas de diferentes países, y es bastante conocida del público progresista. Lo que se ha estudiado mucho menos son los testimonios de resistencia popular e interna del Partido ante la oleada contrarrevolucionaria de Jruschev.

Durante mucho tiempo existió la opinión de que los miembros del Partido apoyaron unánimemente las decisiones del XX Congreso del PCUS y de los congresos posteriores. No fue así. Los disidentes eran minoría, pero una minoría considerable. En algunas organizaciones de base del Partido llegaron a representar hasta el 40% de sus miembros. El antiestalinismo no contaba con un apoyo absoluto ni siquiera en las estructuras más subordinadas y disciplinadas, es decir, en las organizaciones del Partido en el ejército. En honor a la verdad, conviene recalcar que la esencia de las reformas antisocialistas que los jruschevitas fueron aprobando, pasó inadvertida para muchas personas debido a la traicionera retórica marxista-leninista que ocultaba la degeneración procapitalista del país. Aun así, la indignación en el Partido y entre la población adquirió a veces tintes de estallido.

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Mitin de Stalin en Baku
Hay que reconocer que en algunos discursos concretos había un componente antirrevisionista. Sin embargo, lo más corriente eran, en especial, las explosiones espontáneas de cólera de las masas contra la violación de las leyes y normas soviéticas por parte del gobierno. Tales protestas no podían sino conectar con el nombre de Stalin, cuya imagen a los ojos de un gran número de soviéticos encarnaba la legalidad socialista, a pesar de todas las “revelaciones” de Jruschev. 

Una de las protestas masivas menos conocidas fueron los sucesos acaecidos hace medio siglo en apoyo del estalinismo en la ciudad azerí de Sumgaít. Antes de pasar a describirlos, me gustaría plantear una cuestión importante.

Los mentirosos profesionales ligan la idea de “represión ilegal” en la URSS sólo al nombre de Stalin, mientras que a Jruschev se le otorga el mérito de la rehabilitación de quienes resultaron injustamente afectados por aquélla. ¡Qué absurdo! En la década de los 30, cuando Jruschev dirigió durante cinco años las organizaciones del Partido en la región de Moscú y en la capital, desencadenó una ola de terror contra los comunistas y contra no militantes, cuyas víctimas, según los cálculos más prudentes, fueron más de 50.000 personas. Stalin se apresuró a calmar al esforzado Jruschev y en 1938 lo envió a Ucrania.

Allí, como primer secretario del Comité Central del Partido Comunista de la República, Jruschev, de nuevo, se erigió en el campeón en términos de represión. Se ha conservado un telegrama suyo dirigido a Stalin que pone de manifiesto su carácter sanguinario. En él, Jruschev, si no como psicópata, como auténtico sociópata, se queja amargamente de que Moscú, tras un exhaustivo control, aprobará sólo 2 o 3 mil de entre las 17 a 18 mil sentencias mensuales pronunciadas por las autoridades ucranianas.

Una vez más, ¿quién enfriaba el celo patológico de este “humanista” con las manos manchadas de sangre hasta los codos? Stalin. ¿Quién rehabilitó por primera vez a las víctimas del despotismo y bajo la dirección de quién, a finales de los años treinta, se produjo la primera rehabilitación a gran escala? Stalin. Del millón doscientos mil prisioneros que había en un país con 180 millones de habitantes, 350.000 inculpados en causas políticas y penales fueron puestos en libertad. Su inocencia quedó demostrada a diferencia del número considerable de criminales a quienes se rehabilitó indiscriminadamente en los años de Jruschev y de Gorbachov.

La represión de la era de Stalin fue, en realidad, inevitable y previsible lucha de clases bajo las terribles condiciones creadas por el cerco imperialista. Estamos hablando del sufrimiento y la muerte de una insignificante minoría que, por otro lado, causó sufrimiento y muerte a la inmensa mayoría. Fue ése el fatal destino que aguardaba a quienes llevaron la muerte al pueblo. La represión de Stalin se dirigió exclusivamente contra los elementos antisoviéticos y anticomunistas que luchaban contra el socialismo, a menudo con las armas en la mano. En ocasiones, hubo inocentes que sufrieron por culpa de dichos elementos debido a errores judiciales y de investigación. A veces, el número de personas inocentes afectadas aumentaba súbita y dramáticamente a causa de intrigas urdidas por enemigos del pueblo aún sin desenmascarar. Lo más importante e indudable es que la represión, en general, fue de gran ayuda para el desarrollo progresivo del país y para toda la humanidad anticapitalista.

La propaganda burguesa y pseudoizquierdista calla sobre la represión de los verdugos de Jruschev. Y calla sobre la represión y el acoso de Jruschev contra dirigentes y militantes porque su orientación ideológica era inaceptable para los oportunistas y sus fieles lacayos que se alzaron con el poder. En los años 50, Jruschev expulsó de la máxima dirección del Partido al 70% de los miembros del Comité Central de la época de Stalin. Posteriormente, desconfiado y vengativo, modificó la composición del Comité Central en otro 50%. Alteró varias veces la composición de los Comités Centrales de los Partidos Comunistas de las repúblicas, así como la de los comités de las organizaciones regionales, de ciudad y de distrito, en semejante proporción. Fue de ese modo como se impuso la venganza, la persecución de los cuadros, la formación de una corte de delatores y un culto primitivo a una personalidad primitiva.

La fabricación de casos penales y políticos y la difamación en la prensa, las ejecuciones públicas ejemplarizantes de personas honestas y los asesinatos secretos son atributos inequívocos de la represión durante el periodo de Jruschev. Por el mero hecho de chismorrear, se llegó a condenar a ciudadanos corrientes a severísimas penas de cárcel, algo que jamás sucedió con Stalin o que únicamente se castigó por vía administrativa. Los habitantes de Tbilisi, Temirtau, Biysk, Novocherkassk y de otra docena de ciudades del país recibieron balas en respuesta a manifestaciones, reuniones y marchas de protesta contra la política cada vez más antipopular de tiempos de Jruschev.

Pero lo más importante es esto: la represión postestalinista se caracterizó por su tibieza con los antisoviéticos y los anticomunistas. Por el contrario, la represión fue ¡consciente e instintivamente! dura con los estalinistas, que incluso entonces representaban, y siguen representando, un ejemplo sin par de devoción al poder soviético y a los ideales comunistas. A diferencia de los disidentes burgueses, los estalinistas reprimidos no se dedicaron a lloriquear, no recabaron ayuda del extranjero, no escribieron libelos contra nuestra realidad, ni memorias contra la sarta de calumnias que se vertió sobre ellos, ni sobre las torturas que les infligieron los esbirros de Jruschev, ni sobre su destino personal truncado. Y ello, por no arrojar la menor sombra de duda sobre nuestro Estado, aquel Estado que había dejado de existir pero al que, como bolcheviques, como leninistas-estalinistas, permanecieron fieles por siempre.

Aquellos hombres pasan hoy el testigo de esta fidelidad a la cada vez más numerosa generación postsoviética. Después de todo, en esta generación –para alarma e incluso pánico de la burguesía nacional– se está desarrollando un interés creciente por el modo de vida en la era de Stalin, que los jóvenes, en su mayoría, valoran positivamente.

Quiero reseñar que los órganos de la seguridad del Estado de la URSS estaban perfectamente capacitados para poner coto al trabajo subversivo de los disidentes procapitalistas y a sus estrechos vínculos con Occidente. Pero, muy al contrario de lo que proclaman ciertos mitos ampliamente extendidos, cuando actuaron, lo hicieron con comedimiento y, en ocasiones, hasta con reticencias. Ello se debió a que, paulatinamente, tras la época de Stalin, la seguridad del Estado pasó de ser un instrumento digno de confianza y justo de la dictadura de proletariado a convertirse en una maquinaria herrumbrosa del politiqueo pequeñoburgués. Como resultado de todo ello, en lugar de enviar a los disidentes a incómodos campos de trabajo, se les expulsaba ​​a países tan acogedores como los Estados Unidos y Europa, donde se utilizaba todo su antisovietismo para causarnos incluso más daño que cuando estaban en el país. En ese sentido, no existe prueba alguna de que a los estalinistas detenidos por acciones ilegales, aunque de distinto contenido, se les castigara de esa manera. A los estalinistas se les encarcelaba, pero jamás se envió a ninguno a la República Popular China o a la República Popular de Albania, es decir, a los Estados que condenaron activamente la criminal desestalinización.

Las mentiras de Jruschev sobre Stalin provocaron en 1956 los primeros grandes disturbios contra el gobierno, que afectaron a casi toda Georgia y, en especial, a la capital de la república, Tbilisi. Veteranos de guerra, responsables económicos, reconocidas figuras del mundo de la cultura, comunistas, miembros del Komsomol, ciudadanos sin afiliación política, trabajadores, ingenieros, maestros, hombres, mujeres y niños, se echaron a la calle. Muchos se colgaron sus órdenes y condecoraciones. Sin motivo, se les acusó de estar movidos por sentimientos nacionalistas.

Pero entonces, la juventud georgiana, educada en el espíritu del estalinismo, lanzó, entre otras, la siguiente consigna: “¡La patria socialista está en peligro!” Sin la menor vacilación, los revisionistas abrieron fuego contra los manifestantes de Tbilisi. Posteriormente, les acusaron ​​de actividades contrarrevolucionarias y trataron de descubrir, sin éxito, pruebas de una supuesta participación extranjera.

En 1989, en la propia ciudad de Tbilisi, los jóvenes, inflamados por la atmósfera enfebrecida de la Perestroika, gritaban: “¡Abajo el socialismo, abajo la Unión Soviética, abajo los comunistas!” Tras esperar pacientemente, las fuerzas de seguridad los dispersaron, pero nadie disparó contra ellos. El poder de Gorbachov ni siquiera pretendió acusarlos de contrarrevolucionarios, si bien su carácter contrarrevolucionario era más que patente. Asimismo, la impronta de los servicios de inteligencia extranjeros fue tan ostensible, que no hubo necesidad ni de investigar su presunta participación en los hechos. Éstos fueron los frutos de la educación en el espíritu del antiestalinismo.

El escenario y el guion formal fueron los mismos: la capital de Georgia y la manifestación de protesta. ¡Pero cuán sorprendentemente diferentes eran los manifestantes! En poco más de treinta años no sólo habían cambiado las generaciones y las circunstancias, sino también el blanco de la crítica de los actores sociales. Las consecuencias de la desestalinización y el aburguesamiento del pueblo soviético se hicieron palpables. Tbilisi-1956 es estalinismo. Tbilisi-1989 es antiestalinismo.

Otro par de acontecimientos similares ilustrativo: Sumgaít-1963 y Sumgaít-1988. Imaginemos un centro industrial en la costa del mar Caspio con plantas químicas, fábricas de tuberías y de aluminio, maquinaria y materiales de construcción avanzados, una población de más de cien mil habitantes… ¿Qué pasó allí el 7 de noviembre de 1963 durante la conmemoración de la Gran Revolución de Octubre?

Por aquellos días la bacanal de los jruschevitas había alcanzado el paroxismo. En 1961, en el XXII Congreso del PCUS, Jruschev había culminado finalmente su venganza contra el mayor bolchevique después de Lenin: el cuerpo de Stalin fue retirado del Mausoleo. Se demolieron los últimos monumentos consagrados al gran líder, se rebautizaron las últimas ciudades, calles, granjas colectivas y granjas estatales que aún llevaban su nombre. Para el espíritu soviético, tal paso significaba, como mínimo, una violación inaceptable de las normas éticas. La población, desorientada, no organizó protestas masivas pero la indignación a nivel nacional era colosal.

Aún recuerdo cómo tras demoler un monumento dedicado a Stalin en una ciudad de provincia, el lugar que ocupaba se llenó de ramos de flores. Una multitud abatida los lanzaba por encima de un nutrido cordón policial. Por entonces aún vivían algunos veteranos de la Revolución a quienes todo el mundo conocía en dicha ciudad. “Hoy demuelen monumentos a Stalin. Pero esto es sólo el principio. Mañana harán lo propio con los monumentos a Lenin”. Yo, joven colegial, no creí esas palabras proféticas de uno de aquellos veteranos, palabras que han permanecido indelebles en mi memoria.  

El descontento con el poder durante los años posteriores a la muerte de Stalin alcanzó su punto álgido. Millones de trabajadores despreciaban y odiaban a Jruschev, bajo cuyo gobierno subieron los precios, bajaron los salarios, se cerraron iglesias y se suprimieron los huertos unifamiliares. A su vez, la corrupción crecía entre los burócratas y la delincuencia iba en aumento. Los ciudadanos con menos formación, al margen incluso de cualquier actividad política, aquellos que no se planteaban disquisiciones ideológicas y económicas, se daban cuenta de que la URSS se había alejado de su camino y se dirigía hacia otro destino. Con un cierto grado de ingenuidad, se formaron una imagen de la vida sin matices, en blanco y negro, que se resumía en que Stalin era bueno y Jruschev era malo. Y sí, tenían razón. Stalin era un símbolo de una vida mejor y representaba la esperanza de disminución drástica de la injusticia social, tanto para un estudiante ruso, como para un obrero azerí, un intelectual georgiano o un campesino tayiko...
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Molotov, Kruchev y Stalin, antes de la traición de los restauradores
del capitalismo en la URSS


No es de extrañar que el estalinismo fuese considerado por todos como los antípodas del jruschevismo. La lucha entre ambos fue a muerte y en ella los jruschevitas contaron, desafortunadamente, con todas las ventajas, con las ilimitadas posibilidades de maniobra administrativa y todo el poder represivo del Estado.

Muy pronto, este hecho dio lugar a una forma muy concreta de crítica contra el régimen. En los talleres de zapatería (Stalin fue zapatero en su juventud), en los parabrisas de los coches, en las solapas de las chaquetas, por no mencionar en las casas particulares, volvían a verse las imágenes de Stalin, aparentemente erradicadas ya de la memoria popular. Sin embargo, en Sumgaít, ocurrió algo extraordinario en la manifestación festiva de conmemoración de la Gran Revolución Socialista de Octubre.

Antes de relatar lo sucedido, recordaré un hecho significativo que se produjo en un ámbito inesperado, la diplomacia.

El 15 de noviembre de 1963, el embajador de la República de Cuba en la URSS, Carlos Olivares Sánchez, fue recibido por el Comité Central del PCUS a petición suya. Esta vez no se trataba de una cuestión de cooperación bilateral, sino de una queja sin precedentes del embajador. Dijo a los camaradas soviéticos que unos días antes había ido a la embajada el responsable de un grupo de cubanos que se encontraba trabajando en la central térmica de Sumgaít. Esta persona informó al camarada Sánchez de que todo el grupo había sido testigo de una serie de protestas antiestatales el 7 de noviembre. Los trabajadores cubanos se quedaron atónitos ante lo que vieron y oyeron: retratos de Stalin y discursos contrarios a Jruschev. Asistieron al asalto de la multitud a instituciones, tiendas, comisarías; vieron cómo fueron apaleados los dirigentes del Partido y del Komsomol. El jefe de la policía de Sumgaít fue supuestamente secuestrado y asesinado y, más tarde, se produjeron enfrentamientos con las tropas regulares.

Uno de los cubanos también se vio en una situación comprometida al ser atacado mientras fotografiaba la “extraña manifestación”, según la definición del embajador. Sospechando algo, los ciudadanos le acusaron de ser un informador, un traidor y, de acuerdo con el embajador, “le amenazaron con enseñarle las leyes de la hospitalidad caucásica”. Los estudiantes cubanos le pidieron el traslado a otra región de la URSS, lejos del Cáucaso”. El embajador, sorprendido por los detalles del incidente –que los cubanos calificaron de “disturbio estalinista”–, estaba preocupado por la seguridad de sus compatriotas. Pero, según parece, lo estaba aún más por el hecho de que no hubiera aparecido una sola palabra en los medios de comunicación soviéticos sobre un incidente político de tal envergadura.

Es difícil determinar el grado de veracidad de la información que el Comité Central del PCUS transmitió al embajador. Sin embargo, lo que está fuera de toda duda es que el dirigente del Partido de Azerbaiyán en ese momento, V. Akhundov, fue muy astuto al informar a Moscú sobre los acontecimientos de Sumgaít. Tranquilizó a los dirigentes de la Unión asegurándoles que había viajado en persona a Sumgaít y hablado con los alborotadores, que los destrozos no pasaban de casos aislados de vandalismo y que la pandilla de gamberros había permanecido en prisión 15 días. Supuestamente se había enterado de que al trabajador cubano no le habían propinado una paliza por razones políticas, sino por motivos banales: intentó ligar con la novia de un local y recibió lo que se merecía. Los propios cubanos, presuntamente, habrían reconocido también el comportamiento impropio de su desventurado camarada y habrían manifestado su deseo de seguir en Sumgaít.

No dispongo de información sobre si los cubanos se fueron o no finalmente de la ciudad azerí. Es abundante, sin embargo, el material que contiene un análisis exhaustivo de muchos aspectos de la era de Stalin y de la era posterior a Stalin. Sobre esa base, se puede afirmar con seguridad que, durante la era de Stalin, era prácticamente imposible distorsionar informes y mentir a las autoridades superiores. El castigo por prácticas semejantes era duro e inevitable. No obstante, con la llegada al poder de Jruschev, la mentira, el ocultamiento de la verdad y el fraude se convirtieron en un estilo de conducta impune para los funcionarios del Partido y del Estado, incluidas altas autoridades.

A lo anterior, debemos agregar lo siguiente: en Georgia y Azerbaiyán, las ofensas contra los sentimientos nacionales estaban relacionadas objetivamente con el estallido social. Georgia no podía perdonar a Jruschev el asesinato político de Stalin y el asesinato físico de uno de sus hombres más cercanos, Lavrenty Beria (a quien se calumnió tanto como al propio Stalin). Ambos eran georgianos. Azerbaiyán vivió una experiencia similar con el fusilamiento de Mir-Djafar Bagirov, aliado igualmente fiel de Stalin, amigo de Beria y uno de los hijos más notables del pueblo de Azerbayán en el pasado siglo.

Viejo bolchevique y chekista, participante en la Revolución y la guerra civil, Bagirov fue primer secretario del Comité Central del Partido Comunista de Azerbaiyán durante veinte años. Detenido en 1956 y acusado de cargos urdidos por los jruschevitas, fue condenado a muerte en una parodia de juicio. Con él, a un gran número de miembros del Partido azerí, de funcionarios estatales y de los cuerpos de seguridad cuya única culpa era, las más de las veces, haber sido nombrados por Bagirov, les cesaron de sus cargos y les expulsaron del Partido. Sin embargo, Bagirov gozaba de una inmensa popularidad entre los obreros y los campesinos. Después de su detención, ciudades y pueblos enteros de la república escribieron cartas en su defensa al Soviet Supremo de la URSS. Querido por el pueblo, Bagirov fue la personificación de la oposición al régimen de Jruschev.

En una palabra, los disturbios más violentos de los trabajadores se produjeron en el territorio del Cáucaso y terminaron en forma de severa represión de las posiciones prosoviéticas, es decir, de las masas y de los militantes proestalinistas, por parte de los jruschevitas. Casualmente, durante su estancia en Pitsunda (Abjasia) en 1964, Jruschev fue detenido y, de hecho, conducido por la fuerza a Moscú, donde el Pleno del Comité Central del PCUS le cesó.

Mientras el Kremlin difamaba a Stalin, los ciudadanos de Sumgaít mostraban su amor por él. En el curso de una investigación posterior, el Fiscal de la República Socialista Soviética de Azerbaiyán, S. Akperov, informó al Fiscal General de la URSS, R. Rudenko, de lo siguiente: en la ciudad de Sumgaít no era la primera vez que se mostraban retratos de Stalin durante una manifestación. Tales casos ya habían sucedido en las manifestaciones del 1 de mayo de 1962 y 1963 y en las conmemoraciones de octubre de 1962. Los manifestantes solían llevar pequeños retratos de Stalin o tarjetas postales con las que nadie se metía; sin embargo, esta vez alguien había llevado una pancarta gigante a la plaza.
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Jules Perahim, El camino hacia la paz (representación del significado de
Stalin para los trabajadores y los pueblos de la URSS y del mundo)

Hay que recordar que el jruschevismo, con su feroz antiestalinismo, imperaba en el país, y que los dirigentes de Moscú podían considerar las muestras de indulgencia para con los desafíos con tintes de sedición –la oposición a la postura oficial sobre Stalin– como un delito. Las autoridades locales, temerosas de ser acusadas de indulgencia con los estalinistas, lo cual fácilmente podía suponer el final de sus carreras, la expulsión del Partido o algo peor, decidieron acabar con “esta errónea tradición popular”, como solían decir.

En otras palabras, no podían tolerar ningún tipo de agitación. El gobierno de la ciudad decidió combatir el amor del pueblo por Stalin de manera expeditiva. Se dio la orden a los oficiales de policía, a los druzhinniki (activistas públicos que les ayudaban) y a los funcionarios encargados del paso de las columnas de manifestantes, de que retiraran cualquier retrato de Stalin que pudiera aparecer.  

A las 10 de la mañana, se pusieron en marcha las columnas de obreros por la plaza central de la ciudad. Tocaba la orquesta. Los oradores lanzaban consignas y brindis en honor del PCUS y de su dirigente, el fiel leninista” Nikita Jruschev. El fiel leninista”, satisfecho de sí mismo, miraba a los manifestantes desde su enorme retrato que colgaba de la fachada del Palacio de la Cultura, situado en la plaza. Nada rompía el orden solemne cuando, de repente, todo se fue al traste. Para horror de los dirigentes que estaban en el podio y júbilo de los ciudadanos corrientes que asistían al desfile, un retrato de Stalin comenzó a ondear sobre las columnas de manifestantes.

A las 11:30 de la mañana, comenzaron los disturbios en la plaza. Según los informes de la fiscalía azerí, la causa no fue ni siquiera la aparición del mencionado retrato, sino el hecho de que uno de los manifestantes llevara un alfiler con el rostro de Stalin. Un probo funcionario del Partido trató de quitárselo. Peor aún. El druzhinniki esposó al estalinista” y lo arrastró hasta el coche de la policía. Los manifestantes, lejos de asustarse, defendieron a su camarada. En cuestión de segundos, dispersaron a los druzhinniki, apalearon al zafio funcionario y apedrearon el coche de la policía.

Aquel enfrentamiento causó una gran impresión en la columna de trabajadores de la fábrica de tuberías. Envalentonados, los obreros se detuvieron, dieron media vuelta y se dirigieron hacia la tribuna. Como las intenciones de la columna no auguraban nada bueno para las autoridades de la ciudad que se encontraban en el palco, pusieron éstas pies en polvorosa. Más tarde, a modo de justificación, dichas autoridades se quejaron y aseguraron a varias comisiones de encuesta que habían entablado, supuestamente, un diálogo pacífico con los manifestantes que aplacó su comportamiento.

Para espanto de los funcionarios del Partido, en lugar de las consignas habituales, por los altavoces se hacían llamamientos a favor de la dimisión de Jruschev y del Politburó, y se exigía el abastecimiento de alimentos para la población. (Debido a las reformas de mercado iniciadas por los jruschevitas, absolutamente contrarias a la economía socialista, la distribución se encontraba en un estado deplorable no sólo en Azerbaiyán, sino en todo el país). Entre los silbidos y burlas de las columnas de trabajadores que iban llegando, se oyeron insultos descarnados contra Jruschev. Por el contrario, por los altavoces tronaban los vivas exultantes a Stalin.

En uno de los coches adornados para la fiesta que pasaba por la plaza, según se informó posteriormente en un mensaje reservado al Comité Central del PCUS, apareció de repente un joven, cuya identidad aún no se ha determinado, que empezó a agitar una fotografía de Stalin. Un grupo de druzhinniki trató de llamar al orden al infractor. Como respuesta, un grupo de unas 100 personas arremetió contra los druzhinniki y se produjo una pelea”.

De hecho, la muchedumbre constaba al principio de cientos de personas, a las que se fueron sumando miles, que resistieron ferozmente a las fuerzas del orden. Pronto, los manifestantes, con un apoyo cada vez mayor de los vecinos de la ciudad, pasaron a la ofensiva total y la policía tuvo que retirarse. Arrancaron el enorme retrato de Jruschev que colgaba en el Palacio de la Cultura y lo hicieron jirones. Con estruendoso alborozo de las masas, también derribaron los retratos de los dirigentes del PCUS de las gradas.

Después, los trabajadores llevaron a la tribuna a un miembro de la policía de la ciudad a quien habían tomado como rehén. Lo inmovilizaron, lo metieron en un autobús y lo llevaron a la comisaría con la intención, muy probablemente, de negociar el destino de varios rebeldes” a quienes la policía había logrado detener al principio. Al mismo tiempo, los manifestantes que se habían subido al techo del autobús llamaban a gritos a levantarse contra el régimen de Jruschev.

Simultáneamente, el sonido de los cristales rotos de las comisarías resonaba por todas partes. Los policías, que hasta ese momento no habían hecho uso de sus armas de fuego, empleando tan sólo las porras, optaron por encerrarse y atrincherarse, por lo que el ayuntamiento quedó indefenso. Muebles, archivos e incluso algunos miembros del consistorio salieron volando por las ventanas del edificio tomado por los manifestantes.

A su vez, los ciudadanos se concentraron a las puertas de la comisaría central de Sumgaít donde comenzaron a levantar el pavimento y a lanzar adoquines contra las ventanas y los guardias. Doblegaron la resistencia de los policías que les disparaban y penetraron en las dependencias policiales y en las celdas donde se encontraban los detenidos. Dos coches patrulla que había en el patio resultaron dañados y todas las motos quemadas.

Más tarde, la policía afirmó haber disparado al aire. Sin embargo, en los alrededores del edificio, resultó herido de bala un muchacho de 12 años que, según la versión oficial, fue la única víctima del ataque contra la comisaría central de Sumgaít. No obstante, según testigos presenciales, el número de heridos de bala en dichos sucesos ascendió a 20 o 30 personas. Se cree que las autoridades ocultaron la muerte de dos asaltantes. Además, se informó oficialmente de que un miembro de las fuerzas del Ministerio de Interior había resultado muerto en los incidentes y otro herido por arma de fuego.

A pesar de que Sumgaít se encuentra a tan sólo 30 kilómetros de Bakú, capital de Azerbayán, la llegada de refuerzos para apoyar a la policía local se demoró mucho. Sólo a la caída de la tarde llegaron unidades armadas de las fuerzas del Ministerio de Interior para reprimir la revuelta. Hasta altas horas de la noche se sucedieron las redadas y las detenciones, pero era imposible arrestar a toda la ciudad.

Jruschev estaba furioso. ¡El pueblo se había levantado contra su propia persona! En todo ello Jruschev vio las intrigas de estalinistas organizados que buscaban su desquite político.            

Desgraciadamente, no hubo resistencia organizada frente a la deriva oportunista. Es cierto que un año más tarde se produjo la destitución de Jruschev, planificada, sin duda, al detalle, pero no por los estalinistas, sino por los capitostes de la misma línea oportunista y revisionista. Antes de saltar en el tiempo desde 1963, me referiré a tales sucesos brevemente.

El régimen de Jruschev resultó ser el colmo de la zafiedad y de la incompetencia de los titiriteros que actuaban entre bambalinas. Si el culto a la personalidad de Stalin era de una solemne majestuosidad, el autobombo que cultivaba Jruschev era pomposo hasta lo caricaturesco. Mientras las cosas no dejaban de empeorar en el país, Jruschev se pasaba el tiempo viajando por el extranjero. Acompañado de un séquito imponente, despilfarrando el dinero del pueblo, visitó 36 países de todos los continentes excepto Australia. Visitó muchos países varias veces. Hasta sus aduladores más incondicionales estaban hartos de los caprichos, las excentricidades y los impredecibles bandazos del zarandillo Jruschev.

El sector favorable a Jruschev en el seno del movimiento comunista mundial también degeneró y se descompuso: el XX Congreso del PCUS no sólo desunió y escindió, sino que, literalmente, desgarró y despedazó el movimiento comunista internacional. Los jruschevitas extranjeros, incluidos quienes, en apariencia, actuaban guiados por las buenas intenciones, despreciaron los mandatos no sólo de Stalin, sino también de Lenin y Marx, en relación con la más estricta de las obligaciones: preservar la unidad de los comunistas como la niña de sus ojos.

Desafortunadamente, Jruschev, al ser destituido en 1964, no fue juzgado por sus crímenes, sino tan sólo expulsado y sustituido por Breznev. La nueva dirección del país consiguió ralentizar el proceso catastrófico de desintegración, pero no prohibió el antiestalinismo sino que lo camufló bajo la calificación de fenómeno antipopular. Por lo demás, el desmantelamiento de los cimientos comunistas por medio de la desestalinización de la economía y la política no se detuvo. La paradójica formación soviético-antisoviética de los cuadros se reflejó involuntariamente en la mentalidad de los comunistas extranjeros y de los amigos de la URSS. Fuera de nuestro país, el proceso de desestalinización “estalló” precisamente en la época de Breznev.

Los responsables de la destrucción del socialismo en la URSS 
Llegados a Sumgaít desde Moscú por orden de Jruschev, los inspectores de los servicios centrales del KGB acusaron a las fuerzas del orden locales de negligencia en su cometido y de haber tratado de proteger y justificar a las incompetentes y deshonestas autoridades de la república.

Según las autoridades azeríes, no había pasado nada extraordinario: tan sólo una algarada. Según la versión de los investigadores de Moscú, se trató de un levantamiento por motivos económicos y políticos con tintes, incluso, de insurrección premeditada. En su informe, se mencionabannimiedades” como el estado de ánimo o las conversaciones de los manifestantes que iban en las columnas, señalando que nadie sonreía ni daba muestras de estar de fiesta. Discutían de la carestía de los precios, la escasez de productos alimenticios y la corrupción en las estructuras del poder. Y, ni que decir tiene, se acordaban de Stalin...

Como la manifestación fue espontánea, no resultó posible descubrir a los “organizadores” de los disturbios. Seis personas fueron condenadas a varios años de prisión como instigadores”. Además, se les procesó por motivos penales y no políticos. De ese modo, se evitaba castigar a la dirección local del Partido, algo que inevitablemente habría dado amplia publicidad al mensaje proestalinista de los trabajadores, que, a su vez, podría haberse traducido en una oleada de descontento y de huelgas políticas por todas la Unión Soviética. Los jruschevitas debieron de considerar que la mejor manera de salir del paso era echar tierra sobre los sucesos de Sumgaít.

Quizá merezca la pena mencionar los nombres de algunos de los participantes en aquellos acontecimientos –todos ellos personas corrientes–, según la documentación que nos ha llegado. M. Alimirzoyev y Y. Makhmudov fueron los dos jóvenes obreros que arrancaron los retratos de los miembros del Politburó; el obrero N. Shevchenko zarandeó a un policía; otro obrero, A. Mahmudov, fue quien gritó por megafonía “¡Por la patria! ¡Por Stalin!” y quien llamó a derrocar al gobierno. A lo que azeríes, armenios, rusos, lezguinos, tártaros, ucranianos, ávaros, moldavos y miembros de otras nacionalidades que vivían y trabajaban en Sumgaít respondieron con clamorosos hurras.

El nombre de A. Kerimov, de triste recuerdo, figura en los archivos como el del rudo funcionario del Partido que le arrancó el alfiler con la efigie de Stalin a un manifestante. Hasta se conocen los nombres del muchacho herido en las proximidades de la comisaría central –A. Aivazov– y del estudiante cubano a quien golpearon –D. Grant.

Este último, como es evidente, no recibió una paliza por el fantástico motivo de haber tratado de ligar con la novia de un local. Que un extranjero se pusiera a hacer fotos a una multitud airada no era en modo alguno tranquilizador. Pero, ¿qué cabía esperar de los cubanos? Inocentes como eran, los cubanos, por decirlo de manera suave, no comprendieron absolutamente nada del estalinismo y creyeron a pies juntillas la propaganda jruschevita. A su vez, la Cuba revolucionaria procedió a menudo de modo estalinista en la escena internacional y, en muchos ámbitos, también en el plano interno los cubanos se comportaron como verdaderos comunistas, es decir, estalinistas. El hecho de que Fidel Castro no fuera consciente de ello y de que, más intuitiva que científicamente, actuara a la manera estalinista, no empequeñece sus extraordinarios méritos. Bajo su dirección, una pequeña nación insular se mantuvo firme frente a la monstruosa agresión del imperialismo, ante las narices mismas de un país de trescientos millones de personas que era el poderoso, pero inepto, enemigo del Estado soviético.

Muchos comunistas cubanos se sienten incómodos por sus pasadas críticas a Stalin y guardan silencio sobre esta página gris de su historia. Es más, hasta cierto punto, merecen el digno título de estalinistas. Y si algunos cubanos aún no perciben esta circunstancia correctamente, es, de nuevo, por su imperfecto conocimiento de la alta doctrina filosófica de Marx, Engels, Lenin y Stalin.

Lo repito una vez más: el hecho de que los obreros azeríes, llevados por la desesperación, convirtieran a Stalin en el arma con que arrasar las instituciones, golpear a los funcionarios y echarlos de la ciudad, no es sorprendente. Jruschev personificaba los fracasos en el desarrollo del país y la injusticia; Stalin, los éxitos y la preocupación por el pueblo. Por lo tanto, los trabajadores no se levantaron, en realidad, contra el poder soviético, sino en su defensa. Lo defendían de Jruschev, de la mentira, de la vuelta del país al camino capitalista. Sin saberlo, querían salvarlo ya del futuro desastre que iba a acaecer bajo Gorbachov.

Tampoco otras informaciones, cuyos detalles duermen en archivos secretos, resultan, pues, sorprendentes. Los obreros de Sumgaít iban a repetir el 1 de mayo de 1973, con ocasión del vigésimo aniversario de la muerte del dirigente, actos similares en recuerdo de Stalin. Sin embargo, esta vez el KGB estaba sobre aviso y adoptó medidas preventivas para impedir los altercados. También intervinieron otros factores en este caso. En particular, el consumismo cada vez mayor de sectores considerables de la sociedad soviética, su despolitización y pérdida de valores, en especial la conciencia de clase, de obreros y campesinos...

He aquí la trágica continuación de la historia: la misma ciudad de Sumgaít, 27 a 29 de febrero de 1988.

¿La misma? ¡Oh, no! El escenario es el mismo, pero las pasiones son ahora completamente diferentes. El régimen de Gorbachov se ha impuesto en el país y los habitantes de la ciudad, cuyo tono ya no lo marcan los obreros sino elementos del hampa, se enfrentan efectivamente al poder soviético. Aparentemente, los disturbios adoptan la forma de salvaje pogromo antiarmenio. Los armenios eran el segundo grupo nacional más numeroso de Azerbayán. Antes de la Revolución de Octubre, las hostilidades y choques entre azeríes y armenios eran constantes. La política nacional leninista-estalinista, juiciosa y estrictamente científica, acabó con ellos, así como con otros antagonismos. La incompetencia política de Jruschev y Breznev reavivó el conflicto, lo que aprovechó Gorbachov para sus planes de destrucción.

El balance del pogromo de 1988 en Sumgaít fue, oficialmente, de docenas de personas muertas. En realidad fueron centenares. Antes de dichos acontecimientos, la Administración no pudo –léase no quiso– proteger a los azeríes del estallido de sentimientos chovinistas en tierras armenias. Cuando el chovinismo revanchista se trasladó a tierras de Azerbayán, tampoco pudo proteger allí a los armenios.

Es más correcto afirmar, sin embargo –y hay muchas pruebas en ese sentido–, que Gorbachov y su banda provocaron deliberadamente la matanza entre azeríes y armenios e imposibilitaron la adopción de medidas para ponerle coto. A las fuerzas que, con enorme retraso, se enviaron a Sumgaít, se les había prohibido el uso de armas de fuego contra los sublevados. Resultó de pronto que en una ciudad otrora famosa por su internacionalismo, la población era totalmente vulnerable a los virus del antisovietismo y el antisocialismo. Decenios de antiestalinismo habían corrompido al pueblo.

Las manifestaciones de intolerancia étnica eran infrecuentes en el vasto espacio multinacional de la URSS estalinista. La dictadura del proletariado sabía cómo lidiar con los males sociales, nacionales, etc. En los 50, no obstante, los revisionistas del Kremlin liquidaron en los niveles legislativo y ejecutivo la dictadura del proletariado, que era el corazón mismo del Estado socialista.

La época de Stalin llegaba a su fin y con ella la posibilidad de un nuevo mundo: comenzaba el retroceso, una vuelta atrás dialéctica y prolongada. En el interior de la Unión Soviética, no sólo hubo acciones e inacciones destructivas y sin sentido, sino también saltos adelante en términos de desarrollo, actos extraordinarios de creación acelerada, renacimientos puntuales de la cultura, la ciencia y la tecnología. En el exterior, se produjeron éxitos diversos en la extensión de la influencia comunista en el mundo. Sin embargo, debido a la decadencia general provocada por la desestalinización, esos saltos se hicieron cada vez menos frecuentes y enérgicos, al tiempo que los fracasos se volvieron cada vez más habituales.

Había pasado un cuarto de siglo entre la primera rebelión de Sumgaít y la segunda. Aquella buena vida despreocupada bajo el antiestalinismo crujió, mientras algunos ponían todo su empeño en sembrar un chovinismo putrefacto. Fueron éstos quienes se alegraron y se beneficiaron del hundimiento de la URSS. El humanismo del Estado postestalinista desapareció y retornó la barbarie. El pueblo soviético recogió en todos los rincones de su patria y de diferentes maneras los frutos del antiestalinismo. Aún seguimos recogiendo hoy en día los frutos del naufragio del poder soviético. Se puede decir aún más. Fue el vector antiestalinista de desarrollo el que hundió la Unión Soviética, estimulando la agresión indisimulada de Occidente contra los países y naciones que no se someten a sus planes y provocando millones de víctimas. La agresión se extiende y se agrava. Ésos son, efectivamente, los frutos que está recogiendo todo el planeta.

Lavrentiy Gurdzhiyev
Traducido el 8 de abril de 2017 al inglés por Polina Brik, del American Party of Labor
Traducido al castellano de la versión inglesa por la Red de Blogs Comunistas (RBC)

11 de mayo de 2017

Y toda China cambiará de color

Y en mayo de 1963, Mao dijo:

«La lucha de clases, la lucha por la producción, y la experimentación científica son los tres grandes  movimientos revolucionarios para construir un poderoso país socialista. Constituyen una garantía real de que los comunistas se verán libres del burocratismo e inmunes al revisionismo y el dogmatismo, y permanecerán siempre invencibles; una garantía segura de que el proletariado, en unión con las amplias masas trabajadoras, podrá llevar adelante la dictadura democrática. 

Si no se desplegaran estos movimientos y se permitiera salir a escena a los terratenientes, campesinos ricos, contrarrevolucionarios, elementos nocivos y monstruos y demonios, nuestros cuadros cerrarán los ojos y muchos, en vez de distinguir entre los enemigos y nosotros, llegarán hasta a colaborar con ellos y serán corrompidos, divididos y desmoralizados y, en consecuencia, serán arrastrados al campo enemigo o los enemigos lograran infiltrarse en nuestras filas; y si muchos de nuestros obreros, campesinos e intelectuales cayeran víctimas de las tácticas blandas o duras del enemigo, entonces no haría falta mucho tiempo, tal vez unos cuantos años, o una década, o varias décadas a los sumo, para que se produjera fatalmente una restauración contrarrevolucionaria a escala nacional, el partido marxista-leninista se transformará en partido revisionista o en partido fascista, y toda China cambiará de color
.» (El Libro Rojo).

10 de mayo de 2017

Crónica de la visita a la Exposición del Centenario de la Revolución de Octubre de 1917 de Espacio de Encuentro Comunista, Valdemoro, Madrid

Recientemente los camaradas de Espacio de Encuentro Comunista han organizado en Valdemoro, Madrid, una nueva exposición sobre el Centenario de la Revolución Soviética.

Una camarada de aquella localidad madrileña nos ha enviado sus impresiones después de la visita, que publicamos a continuación.

La exposición se puede visitar hasta el próximo día 14 en la Biblioteca pública Ana María Matute, en la Avenida de Hispanoamérica s/n de Valdemoro.

Como dice la camarada, "Tenemos mucho que aprender de la historia y hay que reivindicar el pasado, especialmente acontecimientos como la Revolución Soviética, en pro de nuestros derechos, hacer que la lucha del pasado no sea sólo un símbolo, sino una causa a defender y a continuar, para reconocer y honrar la memoria y la dignidad aquellos que la iniciaron y, por supuesto, también la nuestra".

!Felicidades a los camaradas del EEC por su esfuerzo de difusión de aquella Revolución que cambió el mundo!


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Visita a la Exposición del Centenario de la Revolución Soviética organizada por Espacio de Encuentro Comunista en Valdemoro

En estos días en los que se celebran las fiestas patronales de Valdemoro, ha llegado a esa localidad
del sur de Madrid una interesante exposición en recuerdo del Centenario de la Revolución de Octubre, que la clase trabajadora mundial celebra este año.  Después de visitarla, la convicción de que mirar hacia aquella revolución que cambió el mundo se reafirma, a la vez de la importancia de su repetición.

En la sala de exposiciones de la Biblioteca Ana Matute de la localidad madrileña parece que se ha vuelto a los años 80, cuando las exposiciones eran culturales, instructivas, sencillas, directas y clarificadoras. Clarificadores cartones colgados en las tres paredes principales de la sala, con textos resaltados en rojo y negro guían al interesante durante el recorrido. Textos llenos de una información que durante estos últimos años se ha intentado ocultar a los ojos de los estudiantes porque el comunismo lleva ya unos años que no está de moda.

Pero Espacio de Encuentro Comunistas y, junto a esta organización, las bases de la Comarca de Las Vegas, ha organizado esta pequeña gran exposición con el fin de recuperar el espíritu comunista y, más concretamente, la victoria del pueblo ruso contra el capitalismo durante la Revolución de Octubre de 1917, que abriría las puertas a las luchas similares en todo el mundo.

En esta exposición podemos ver los elementos claves de ese período que discurre desde los años 17 al 21 del siglo pasado. Empezando por la situación del pueblo ruso en esos años, cuando el hambre y la pobreza creados por el poder de la Rusia Imperial provocó que las enormes diferencias de clases provocarán la revuelta general contra del capitalismo imperante, dirigida y organizada por el Partido Bolchevique.

Muchos creerán que fue una etapa tan lejana a nuestro días que no tiene ningún sentido recuperarla en estos primeros años del siglo XXI, pero creo que, muy al contrario, estamos más cerca de aquella situación de lo que imaginamos.

El arranque de la revolución surgió de forma pacífica  en 1905, con la intención del pueblo manifestándose pacíficamente e intentando hacer entrega al Zar de un manifiesto de reivindicaciones en pro de su mejora social y económica. Pero la respuesta fue una dura represión gubernamental con varios fallecidos y muchos detenidos. Aquello provocó la reacción del trabajador, del ciudadano, con nuevas  manifestaciones, huelgas y protestas que asustaron al poder zarista y que nuevamente, tomó la fuerza por la mano y realizó una represión continua y descabellada.

Pero fue el año 1917 cuando las dos revoluciones dieron paso a un nuevo estado.

En el período comprendido entre febrero y octubre de 1917 tuvieron lugar dos revoluciones. Mientras que la de febrero provocó el destronamiento del zar y la creación de un Gobierno provisional burgués, la de Octubre acabó con ese débil gobierno por parte de los bolcheviques y dio arranque al primer estado socialista de la historia.

El motivo político, al estar el poder en manos de los zares y en manos de la iglesia, ambos de espalda al pueblo, a la sociedad, y el motivo social de miseria del pueblo, provocó el levantamiento de estos últimos al grito de paz,pan y tierra, los elementos básicos  justicia que reclamaba aquellos años el pueblo ruso.

Quizá, el explicar aquí, la historia de la revolución esté de más, pero lo que sí interesa ver, y creo que esta exposición lo ha demostrado, es la similitud existente entre aquellos principios del XIX con los años que hoy vivimos. Zares o Reyes, gobiernos liberales capitalistas, laxitud con el poder eclesiástico, oídos sordos y ceguera a la realidad de la población. Todo ello muestra una reiteración de la historia en nuestros días. La revolución rusa se enfrentó contra el capitalismo asfixiante y aniquilador, profundizó la lucha de clases invirtiendo el poder dirigente, dejando el control de industrias y del gobierno en manos de los soviets obreros, del proletariado, del trabajador y del campesino a través del gobierno del pueblo.

La revolución fue una ofensiva contra la explotación de clase, la explotación de genero, contra toda explotación,  y convirtió en necesidad la fuerza de la cultura para crear los verdadero cimientos de la sociedad.

La guerra civil, la intervención internacional contra el gobierno de los trabajadores,  la creación de los
soviets, la III internacional, la revolución cultural y las vanguardias artísticas, todo ello queda reflejado en esta exposición. La posterior proyección del la película/documental “Octubre”, de Serguéi Eisenstein,  puso la guinda final a esta interesante jornada homenaje a esta revolución centenaria y, a la vez, actual.

Pero lo que invita a pensar esta fugaz visita al mundo obrero del siglo pasado, a la sociedad hirviente de hace 100 años, es comprobar que no estamos ni mucho menos mejor que antes, sino más bien al contrario en muchos aspectos sociales. Ha vuelto la represión, tanto física como contra la libertad expresión. El término comunista sigue siendo un estigma en el vocabulario de hoy en día. La cultura y la educación pasa por sus  peores momentos de nuestra historia. El capitalismo manipulador sigue siendo la guadaña de nuestras vidas en todos sus segmentos. Y mientras parece que en algunos rincones algunas voces intentan gritar de nuevo "paz, tierra y pan", la situación “borreguista” que tenemos en este siglo, donde la manipulación ha hecho verdaderos estragos, provoca que el fuego incipiente de lucha y protesta se extinga sin remisión.

La revolución de octubre del 17 fue dura pero, sin embargo, aunque esto la propaganda del capital no lo suele contar, no provocó un gran número de bajas en realidad. Fue una lucha movida por la necesidad y la razón. Es evidente que hoy en día necesitamos un nuevo asalto a los palacios de invierno. Esta sociedad no puede seguir huérfana respecto a la lucha sindical y obrera. Estamos retrocediendo, con conocimiento resignado, en nuestros derechos y dignidad como clase social, con los tejemanejes criminales del capitalismo, por su propia esencia carente de escrúpulos y de límites, más allá de sus propias egoístas necesidades. 

Tenemos mucho que aprender de la historia y hay que reivindicar el pasado, especialmente acontecimientos como la Revolución Soviética, en pro de nuestros derechos, hacer que la lucha del pasado no sea sólo un símbolo, sino una causa a defender y a continuar, para reconocer y honrar la memoria y la dignidad aquellos que la iniciaron y, por supuesto, también la nuestra.

Tortuga Roja (Valdemoro)

3 de mayo de 2017

Dos monumentos a Robespierre erigidos por los trabajadores soviéticos

 Estatua del revolucionario francés Maximilien Robespierre,
de la escultora rusa Beatrice Y. Sandomirskaya (1894-1974).
Fue inaugurada el 3 de noviembre de 1918 y destruida
 cuatro días más tarde por los contrarrevolucionarios
Después de su asesinato en la guillotina en aquel infausto 28 de julio de 1794 (10 Termidor del año II de la Revolución), el recuerdo de Robespierre fue pisoteado por sus enemigos, aquellos que anteponían su enriquecimiento, sus intereses personales y sus ambiciones a los del pueblo. La contrarrevolución intentó borrar su memoria y hundir en el mar del olvido al que fue, junto a Saint-Just, Marat y otros jacobinos, fue uno de los grandes líderes revolucionarios que intentaran crear el reino de la felicidad para todos los hombres en la tierra, en lugar de en un supuesto más allá, luchando contra la incipiente burguesía capitalista que, al final, dado que las condiciones materiales no eran todavía las adecuadas para el triunfo de la Revolución, al contrario, no pudieron evitar que se desarrollara.

Mientras Napoleón Bonaparte, la figura histórica que surgiría después de su asesinato como símbolo de los restos desvirtuados de aquella Francia de la Igualdad, la Fraternidad y la Libertad, como encarnación del triunfo de la burguesia y el capital, fue recordado en efigies, monumentos y calles en casi todos los paises de Europa y el mundo, de Robespierre todo se intentó borrar.

No obstante, aquel que consideraba que la igualdad era imprescindible para alcanzar la libertad, que los enemigos eran los ricos, o que la virtud estaba en la vida austera y sin lujos, se convirtió en una pesadilla para los estafadores, especuladores, bandidos, explotadores y aprovechados de los años de la Revolución Francesa y hasta la actualidad.
Sin embargo, hubo dos monumentos a Robespierre erigidos en 1918 por las masas populares, por el pueblo, tras el primer triunfo real en la historia de una revolución popular, en este caso, dirigida por los trabajadores.

En primer lugar, el monumento a Robespierre en San Petesburgo, la futura Leningrado, un monumento que se deterioró por el paso del tiempo, porque los trabajadores lo erigieron con los materiales que tenían a mano, como cuenta Albert Mantfred, en el tercer capítulo de Tres retratos de la Revolución, en el que hace un análisis marxista de la figura del revolucionario de Arras. Este monumento ya no se conserva, aunque en el momento de la primera edición de esta obra, editada en 1979 por la Editorial Progreso en Moscú, todavía existía a las orillas del Neva un malecón denominado con el nombre del terror de la burguesía francesa y mundial, Robespierre.

En segundo lugar, existío otro en Moscú, realizado por los propios trabajadores y hecho estallar por los contrarrevolucionarios el mismo año en el que se erigió, en 1918, como describe Elizabeta Drabkina, en su obra Pan duro y negro.

A continuación, compartimos los fragmentos que los dos autores citados dedican a los monumentos dedicados a Maximiliano Robespierre, únicos en el mundo y elevados en memoria de sus sueños de un mundo justo, de su lucha por un mundo sin explotación, y de su esfuerzo por dirigir una revolución contra la incipiente burguesía que, entonces, era todavía imposible de llevar hasta el final porque no existían aún las condiciones materiales para ello, como poco más tarde demostrarían Marx y Engels, ciertamente sus continuadores.

Los relatos que compartimos a continuación nos recuerdan como el revolucionario francés fue amado tanto por los saint-culottes contemporaneos, los desposeidos del siglo XVIII, como por los trabajadores y campesinos rusos en su lucha por emanciparse de la miseria y la explotación, que le consideraron uno de los suyos. En realidad, Robespierre fue el lider de las aspiraciones de las masas explotadas, excluidas, saqueadas, y por ello fue y será recordado siempre como uno de los que marcaron el camino hacia la construcción de un mundo donde la igualdad y la solidaridad sean los dos pilares básicos de la libertad.

"El interés del pueblo es el interés común; el interés de los ricos es un interés privado". "Es necesario dotar a los descamisados de armas, pasión, conocimientos. O exterminamos a los enemigos interiores y exteriores de la República, o perecemos con ella" , son frases del lider jacobino recordadas por Elizabeta Drabkina.

Los que acabaron con él, los termidorianos, volvería a actuar más tarde también en la Revolución Soviética, tras la muerte de Stalin, como también actuarian en China tras el fallecimiento de Mao. Porque, como señaló este último, el enemigo de la revolución está siempre agazapado, dentro del propio partido, entre los aliados, y la lucha contra él, la lucha de clases, ha de ser continua, sin bajar nunca la guardia y, sobre todo, sin piedad.

Monumento a Robespierre (Elizabeta Drabkina,  Pan duro y negro).

En cierta ocasión nuestros muchachos de la Unión de la Juventud armaron un alboroto increíble:

Robespierre el día de su ejecución, por David
- ¡Es una vergüenza! ¡Pronto será el aniversario de la Revolución y hay que ver lo que está pasando! ¡Como bajo el régimen zarista!

- ¿Qué había ocurrido? ¿Qué pasaba?

- ¡Te imaginas! Por todo Moscú han colgado retratos de burgueses. Jetas mofletudas, lustrosas, con monóculo; y ellos se repantigan y con descaro muestran los dientes a la revolución proletaria.

- ¡No digas tonterías! Eso no puede ser.

- ¿Que no puede ser? ¡Vamos y lo veréis!
Fuimos… En la travesía Stoléshnikov, en la Neglínnaia y en la Tverskaia habían colgado enormes anuncios de cigarrillos "Sir" a todo lo largo de las fachadas. En ellos se veía a un mundano gentleman con monóculo. Fumaba un cigarrillo y arrojaba una bocanada de humo.

- ¿Qué dices ahora?

- Efectivamente, es una vergüenza.

Decidimos ir a protestar al Soviet de Moscú. Nos escucharon con atención, cosa poco frecuente incluso en aquellos tiempos poco burocráticos; tomaron nota de lo que decíamos y prometieron descolgar inmediatamente aquellos carteles o embadurnarlos. Al día siguiente, en efecto, aparecieron en las calles obreros con cubos de pintura. A grandes brochazos liquidaron aquellas fisonomías burguesas y demás anuncios, con el asenso de los espectadores: "Han colgado ahí esa porquería ensuciando toda la ciudad. Puro mercantilismo. ¡Como si a la gente no le hiciera falta otra cosa!"
Durante el mes siguiente, en Moscú, se inauguraron probablemente más monumentos que a todo lo largo de su historia precedente y futura.

Un domingo, precisamente cuando se celebraba el I Congreso del Komsomol, se inauguraron de golpe cuatro monumentos: a Shevchenko, a Koltsov, a Nikitin y a Robespierre.

- ¿A dónde vamos? -se preguntaban los muchachos en la residencia de los delegados al Congreso-.

¿Al de Koltsov? "¡Animo, Sivka!" No, no es de nuestra época. ¿Al de Nikitin? "Me cayeron en suerte tristes canciones...", tampoco nos va. Merece la pena contemplar a Shevchenko, y mejor aún a Robespierre: "El interés del pueblo es el interés común; el interés de los ricos es un interés privado". "Es necesario dotar a los descamisados de armas, pasión, conocimientos. O exterminamos a los enemigos interiores y exteriores de la República, o perecemos con ella". En una palabra: ¡Incorruptible! ¡Vamos, camaradas, al monumento a Robespierre!

Se había decidido erigirlo en el Jardín de Alejandro. Cuando llegamos, el monumento estaba tapado con un trozo de tela y el pedestal rodeado de guirnaldas de flores naturales. Se habían congregado no menos de cinco mil personas. Los representantes de los distritos obreros llegaron portando banderas rojas y coronas de crisantemos blancos y color lila.
La cabeza de Luis XVI, Luis Nicolas Lemasle


Apareció Piotr Guermoguénovich Smidóvich, presidente del Soviet de Moscú. La orquesta interpretó La Marsellesa. Smidóvich tiró de la tela y el monumento a Robespierre quedó descubierto a los presentes. Se concedió la palabra al comunista francés Jacques Sadoul.

Dos meses atrás, Jacques Sadoul era todavía funcionario de la misión militar francesa. Su biografía era poco corriente. Abogado, hijo de una combatiente de la Comuna de París, ingresó siendo muy joven en las filas del Partido Socialista y fue elegido secretario de la federación de dicho partido en el departamento de Vienne. Durante la primera guerra mundial, se adhirió a los social-patriotas, trabajó en el Ministerio de Abastos, siendo la mano derecha del rabioso chovinista Albert Thomas, quien le envió en septiembre de 1917 a la misión francesa en Rusia como hombre capaz de hacer entrar en razón a los obreros rusos y persuadirles de que continuaran siendo carne de cañón para los imperialistas de la Entente.

Cuando Sadoul llegó a Rusia y se entrevistó con Lenin y otros bolcheviques, cuando vio con sus propios ojos la revolución rusa, comenzó a apartarse de las posiciones del social-patriotismo francés. Sus nuevos puntos de vista los expuso en una serie de cartas enviadas a Francia, que luego reunió en un libro bajo el título de ¡Viva la Revolución Proletaria! En agosto de 1918, Sadoul rompió definitivamente con la misión militar francesa e ingresó en el Partido Comunista,

Era un auténtico francés, alegre, vivo, ingenioso, galante. Al pasar junto a él por Moscú, con guerrera y enormes zapatones de soldado, Sadoul inclinaba su elegante figura, te tendía la mano al atravesar la calle, lo que te hacía darte cuenta de repente de que eras una dama.

Jacques Sadoul se encontraba al pie del monumento a Robespierre y dirigiéndose al pueblo ruso pronunciaba un discurso como comunista y como francés.

- La burguesía ha tratado por todos los medios de minimizar la importancia de la Revolución Francesa y deshonrar a Maximiliano Robespierre -decía-. A nadie odiaba tanto como a este honesto y fiel revolucionario. El Poder soviético erige un monumento a Robespierre, mientras que Francia carece de un monumento semejante. La burguesía ha calumniado a Robespierre del misma modo que ahora difama a nuestros jefes. Robespierre sabía que solamente se puede organizar el nuevo régimen destruyendo todo lo viejo. Al ejercer el terror rojo, no era más que un ejecutor de la voluntad del pueblo, cuya ardiente ira expresaba. ¡Viva la Revolución Francesa pasada y futura!

- ¡Hurra! -gritaron alrededor-. ¡Viva la Revolución! ¡Viva el comunismo! ¡Viva el proletariado francés!

La orquesta tocó La Marsellesa. Mantearon a Sadoul, le besaron, la gente le invitaba a su casa.
En unos días se erigieron, poco menos que en todas las plazas de Moscú, monumentos a revolucionarios, poetas y escritores. Sólo unos cuantos estaban fundidos en bronce; la mayoría eran de hormigón, de un hormigón de pésima calidad. En todas las secciones artísticas había entonces camaradas que, no se sabe por qué motivo, veían el camino real del arte proletario en el futurismo. Por tal motivo los monumentos tenían forma de cubos rectangulares, coronados por troncos achatados representando las cabezas. El tiempo, con su acción destructora, terminó de afearlos por completo. Pero a nosotros, aquellas primeras obras de la Revolución nos parecían hermosísimas, y éramos sinceros de verdad al decir llenos de entusiasmo que los monumentos perdurarían en la eternidad.

Todo esto lo miraba de reojo la roña intelectual, de la que Chéjov decía mofándose: "Es muy inteligente, educado, se ha graduado en la Universidad, incluso se lava por detrás de las orejas". Esta roña oía conferencias filosóficas de Shpet, se consideraba admiradora de la escuela fenomenológica de Husserl, aplaudía los "Jalones", a Miliukov, a Struve y a Tugán-Baranovski, asistía a los estrenos de obras de Maeterlink, leía con pasión a Vladímir Soloviov, declamaba los versos de Viacheslav Ivanov; de día visitaba las inauguraciones del "Mundo del arte" y "La Sota de Oros" y terminaba las noches con cupleteras en los reservados del "Yar", Por todo eso suponía que ella, y sólo ella, era la sal de la tierra rusa. No habiendo sabido o podido todavía unirse a Denikin o Kolchak, participaba en la medida de sus fuerzas en los complots contrarrevolucionarios, usaba de sarcasmos y urdía algo.
Esta roña parecía que palpaba los monumentos con su mordaz mirada, percibía su fealdad, descubría las manchas causadas por la humedad, señalaba con el dedo los defectos y grietas del deleznable hormigón y profetizaba triunfante que los monumentos se vendrían abajo rápidamente. Esto era verdad, pero sólo su verdad, la verdad de los parásitos.

¿Y nuestra verdad? ¿En qué consistía? En que el proletariado llamaba a las grandes figuras del pasado a situarse a su lado, en sus filas. Y las más preclaras mentes, los mejores corazones de la humanidad marcharon con la clase obrera al asedio de los bastiones del capitalismo.

Allí donde hay combates, hay víctimas. La noche del 7 de noviembre de 1918 el monumento a Maximiliano Robespierre, alzado junto a la muralla del Kremlin, fue volado por una mano criminal...

Epílogo del Capítulo III, Albert Mantfred, Tres retratos de la Revolución

Nuestra narración se aproxima a su fin. Que me disculpe el lector si en lugar de un epílogo, de conclusiones fundamentadas y meticulosamente argumentadas,  que  resuman  los  resultados  de  los  procesos  históricos que  hemos  relatado  en  el  presente  libro,  me  permito  evocar  algunos recuerdos personales.

Nací y crecí en Leningrado. Allí fueron enterrados mi madre, mi abuelo,  mis  bisabuelos.  Y aunque  ya  hace  muchas  decenas  de  años  que  no vivo en el lugar en que nací, continúo sintiéndome muy atado a él y de vez  en  cuando  regreso  a  la  ciudad  con  la  que  estoy  íntimamente  familiarizado y en la que todo me recuerda la lejana época de mi infancia y mi juventud.

Estatua de Robespierre por Sarra Lebedeva (1920)
Al  igual  que  muchos  leningradenses de  la  vieja  generación,  al  llegar  a esa ciudad, me alojo en un hotel y el teléfono de mi habitación permanece  mudo.  En  esa  ciudad  ya  no  me  queda  ningún  pariente,  ningún amigo cercano. Tampoco existe ya el cementerio en el que fueron enterrados  mis  padres  y mis  antepasados.  Cada  vez  que  viajo  a  mi  ciudad natal  visito  el  cementerio  Piska-rióvskoie  y  permanezco  allí  durante largo  rato  observando  las  largas  filas  de  tumbas  anónimas,  en  cuyas lápidas sólo figuran los años: 1941, 1942, 1943, 1944. Bajo estas lápidas yace todo aquello que estuvo relacionado con los años de mi infancia, con mi destino.

Al  visitar  Leningrado  deambulo  por  las  calles  de  mi  lejana  infancia  y mi juventud. Y allí, al pasar junto a las casas de piedra que conozco tan bien  y  que no  han cambiado  a lo  largo  de  las décadas,  retorno  mental- mente a los años pasados, a una época que jamás volverá.

Cuando  estoy  en  Leningrado  me  ocurre  algo  extraño:  la  memoria  me hace  retroceder  hacia  los  acontecimientos  del  primer  año  de  Revolución. En  agosto  de  1918,  varios  meses  después  del  triunfo  del  Gran Octubre,  en  Moscú,  en  el  parque  Alexandrovski,  ubicado  junto  a  las murallas del Kremlin, tuvo lugar una gran celebración. En cumplimiento  de  un  decreto  del  Consejo  de  Comisarios  del  Pueblo  firmado  por Lenin  sobre  la  erección  de  monumentos  a  la  memoria  de  destacados revolucionarios del pasado, fue inaugurado solemnemente uno en honor al líder de la Revolución Francesa Maximilien de Robespierre.

El  monumento  al  dirigente  de  la  Revolución  Francesa  fue  uno  de  los primeros  erigidos  en  la  capital  de  la  joven  República  Soviética.  En aquellos primeros  meses  del  Poder  Soviético, cuando  ya  había  comenzado  la  guerra  civil,  cuando  la  República  experimentaba  una  enorme escasez  de  todo de  pan,  combustible,  metal,  armas ,  el  pueblo  que combatía contra los enemigos no tenía bronce ni mármol para construir el  monumento  al  gran  jacobino.  Tampoco  había  tiempo  para  erigir  un monumento que perdurara durante siglos.

Transcurrieron  algunos  años  y  la  imagen  escultórica  de  Robespierre, hecha de un material poco resistente, comenzó a deteriorarse, y al cabo de poco tiempo quedó destruido. Hoy en día resulta imposible encontrar el monumento ni el lugar donde estaba situado.

Cada  vez  que  visito  Leningrado  recuerdo  ese  efímero  monumento  a Robespierre en el parque Alexándrovski de Moscú. He aquí por qué.

Ya he dicho que al llegar a la ciudad de mi infancia y mi juventud recorro los lugares que me son en particular queridos. Si hoy ustedes visitan Leningrado cuna de la Revolución Rusa si recorren la avenida Liteini hasta el final, hasta las orillas revestidas de granito del Neva y doblan hacia la derecha podrán ver un gran letrero de esmalte azul que salta a la vista: Malecón Robespierre.
Malecón  Robespierre...  Ese  nombre  le  fue  otorgado  en  los primeros días  de  la  Revolución,  poco  después  de  la  insurrección  armada  de  Octubre y lo ha conservado hasta nuestros días.

Cada  vez  que  visito  mi  ciudad  recorro  el  malecón  Robespierre,  a  lo largo  de  las  orillas  de  granito  del  Neva.  También  Usted,  lector,  puede hacer ese recorrido. No lo lamentará. Y si desde el malecón Robespierre  contempla  directamente  a  lo  ancho  del  Neva,  en  la  orilla  opuesta verá los contornos bien definidos de la imagen escultórica de Vladímir Ilich  Lenin  sobre  un  carro blindado, con el brazo  extendido hacia adelante.

Observe  ese  esmalte  azul  del  letrero: Malecón  Robespierre  y  el  monumento a Lenin que se alza a lo lejos, del otro lado del Neva.

 En  esa  asombrosa  conjugación  de  nombres,  grabados  en  la  piedra  y  el metal  de  la  ciudad  revolucionaria,  en  ese  mudo  diálogo  entre  dos  épocas tan diferentes Usted oirá la voz de la historia, percibirá el nexo vivo que une las épocas, el principio y el fin, que unen con hilos invisibles el lejano siglo XVIII y sus héroes al mundo nuevo que nació en el XX.
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