Vamos a tener el privilegio de publicar entrega por entrega la traducción de un documento excepcional sobre la historia de la lucha revolucionaria en Italia, publicado en Clarté Rouge del Centre MLM-B.
El siguiente es un documento extenso sobre la historia del
movimiento revolucionario y la lucha armada en Italia, centrándose
especialmente en organización comunista revolucionaria armada BRIGADAS
ROJAS. Al ser un documento muy extenso lo hemos dividido en muchas partes que iremos publicando sucesivamente.
La traducción ha sido ealizada por el camarada Sade.
HISTORIA DE LA LUCHA REVOLUCIONARIA EN ITALIA (1960-2008) - 1ª Parte
1. Preámbulo de los autores
Este trabajo pretende ser una
contribución a la memoria, dirigida especialmente a los camaradas y proletarios
de otros países con los que durante años hemos trabajado codo con codo en un
proceso común para construir un Socorro Rojo Internacional. En los intercambios
intensos y vivos que se entablaron por toda Europa, incluida Turquía, en este
proyecto y en esta comunidad de lucha y solidaridad, nació la idea de esta
contribución, al constatar el hambre de conocimientos de, especialmente, los
jóvenes camaradas. Se publicaron muchos textos que, en su mayor, se elaboraron
con la intención de destruir o, en el mejor de los casos, de “convertir en
historia”, es decir, de embalsamar, de transformar una realidad viva en icono
(como decía Marx, con autoironía premonitoria, la mejor manera de asesinar a
alguien, su pensamiento),

Entre los arrepentidos/disociados
y los periodistas profesionales del asesinato de la verdad, la producción de
basura pretende contrarrestar lo que está en juego: sepultar la tendencia hacia
la revolución proletaria.
Existen, pues, pocos textos
serios. Intentamos aquí, modestamente, ofrecer una reconstrucción que dé cuenta
a la vez de los hechos y de los acontecimientos político-ideológicos que los produjeron,
unidos todos ellos inseparablemente a las fuerzas fundamentales (y en última
instancia determinantes) sociales, de clase, hacia la Libertad. Es también,
inevitablemente, un punto de vista. El de los militantes de aquellos años, cuyo
conocimiento [de los hechos] es, necesariamente,
limitado; y basado, en buena parte, en el legado que como balance, en cualquier
caso, elaboró el movimiento revolucionario. Somos conscientes de ello y dejamos
abierto el presente trabajo a las oportunas correcciones y ampliaciones, disculpándonos
por los inevitables errores y lagunas.
Es también un punto de vista
partidista, el de los militantes que siguen trabajando para que la Revolución
viva.
2. Los años 60: emergencia de
una nueva clase obrera
En Italia, 1968 tuvo lugar más
bien en... 1969. Porque, aun cuando 1968 vio la eclosión del movimiento
estudiantil y en los años 60 se produjeron diversas luchas obreras de nuevo tipo,
es decir, de un nuevo ciclo, fue sobre todo en 1969 cuando se asistió a un
verdadero conflicto generalizado, a una explosión social simultánea.
La primavera de 1969 estuvo
marcada por un formidable ciclo de huelgas salvajes que se extendieron como una
mancha de aceite a todas las fábricas de FIAT (más de la mitad de las cuales se
concentraba en el área metropolitana de Turín; unos 120.000 empleados). Huelgas
que fueron más bien una especie de revuelta violenta contra la brutalidad de
las condiciones de trabajo del “obrero masa”. Estas luchas obreras constituían un
nuevo ciclo, en el sentido de que se producían tras la amplia derrota de la
clase, sufrida en los años 50 (1). En relación con el decenio anterior, estas
luchas significaban también la emergencia de una nueva composición de clase.
Composición a la que daba forma la fase de desarrollo tumultuoso del capitalismo
centrado en el nuevo consumismo de masas y la producción correspondiente a gran
escala (bienes de consumo duraderos: electrodomésticos y automóviles). Es
decir, la masificación del modelo taylorista-fordista, en realidad, la esclavitud
en cadena (2).
Durante los años 50 y 60 años
este proceso se vio acompañado de un gran movimiento de urbanización alrededor
de los cuatro polos industriales del Norte: Turín, Milán, Génova,
Venecia-Marghera. Millones de italianos del sur (y de otras regiones pobres)
fueron desarraigados y arrojados brutalmente en guetos metropolitanos. Fue un
movimiento de magnitud similar y con las mismas implicaciones socio-culturales
que las actuales migraciones que llegan del Sur del globo.
Lo cual no hizo sino fortalecer
la carga explosiva de las huelgas que estaban por llegar. Así como el fenómeno
de la escolarización masiva, que puso en movimiento a las masas de jóvenes inmigrantes
y no sólo a los estudiantes clásicos.
Fue éste un fenómeno de gran
alcance. Para una gran parte de la población proletaria no fue poca cosa el elevación,
de golpe, de la edad de escolarización al grado superior (cinco años más, hasta
los 19 años). Significaba una profunda transformación social y cultural. Significaba
una apertura de espacios sociales y de posibilidades de vida, hasta entonces
mucho más estrechas (comenzar a trabajar a los 13 ó 14 años es algo muy
distinto, es un auténtico robo de la juventud). De este modo, los
establecimientos de “educación secundaria” (colegios e institutos técnico-profesionales)
recibieron una oleada de vitalidad y rebelión; se convirtieron en centros de
fermentación, lucha y “contracultura”; al mismo tiempo, las masas que accedían
al sistema educativo provocaron también un cierto desbordamiento del carácter
elitista de la Universidad, que se vio involucrada en los nuevos movimientos de
clase. Todo ello facilitó la sintonía con el gran movimiento rebelde de la
juventud en China –los famosos Guardias Rojos-, con la ola revolucionaria de la
Gran Revolución Cultural Proletaria, donde la crítica y la transformación de la
relación escuela-trabajo y trabajo manual-trabajo intelectual también eran fundamentales.
Recordemos, precisamente, que cuna
fundamental de la lucha armada fue también la Universidad de Trento, con su
Facultad de Sociología recién abierta, punta de lanza, pues, de las nuevas
disciplinas y de la apertura al mundo; asimismo, siendo como era una facultad mucho
más popular que las otras, quienes se matriculaban en ella llegaban desde las
filas de esa nueva escolarización en masa. Fue un centro de iniciativa y debate
del que surgieron varios futuros dirigentes de organizaciones y, en particular,
el núcleo que, con los primeros militantes obreros de Milán y Emilia, formaron
las Brigadas Rojas en los 70. Del mismo modo, desde principios de los 60, los nuevos
militantes que abandonaban el Partido Comunista Italiano revisionista, realizaron
también sus experiencias sobre la base de un enfoque “sociológico” de la nueva
clase obrera, tratando de comprender la nueva composición de la clase, las
tendencias susceptibles de revitalizar el movimiento de la clase.
Ésta fue la rica experiencia y la
producción teórico-práctica de algunas revistas como los Quaderni Rossi, La
Classe, Quaderni Piacentini. Este crisol, con una corriente más clásica del
marxismo-leninismo (que dirigía la lucha contra el revisionismo moderno del
PCI), dio lugar a las experiencias político-organizativas del 68 y 69.
Volvamos al desarrollo de los
acontecimientos. Desde julio del 60 había comenzado a ascender la expresión de
una clase obrera, joven, salida de la emigración, menos marcada por las
derrotas de la posguerra, desligada de la vieja cultura obrera del trabajo y portadora
de un espíritu de rebelión contra la brutalidad de las cadenas de montaje y el
despotismo de fábrica (y social, de los policías), portadora de una actitud
agresiva respecto a la apropiación del producto social. El taylorismo-fordismo había
producido un resultado de clase muy bueno: había llevado al extremo la transformación
del trabajo como “trabajo abstracto”, había hecho cruel y evidente la realidad
del trabajo alienado y degradado.
Había producido un proletariado
extremadamente denso y homogéneo que, en su vida diaria, sentía toda la
violencia de un sistema que lo deshumanizaba, lo convertía en un apéndice de las
máquinas, hacía de él una mercancía. La respuesta obrera se hizo más violenta, fue
una escalada de rechazo y hostilidad a este sistema que favoreció la salida más
lógica: la Lucha Armada para hacer la Revolución, para tomar el poder.
Durante los años 60 el estallido
puntual de una gran huelga o de disturbios callejeros permitió también la
confluencia con la base obrera del ciclo anterior: precisamente en el primer
episodio de julio de 1960, con enfrentamientos especialmente fuertes, y
victoriosos, con la txakurrada (que había matado a numerosos huelguistas y militantes
por aquellos años) en Génova y, más tarde, en otras ciudades, y que frustraron
el intento de poner en el gobierno a los herederos de Mussolini. Es decir, en aquellos
momentos confluyeron la nueva determinación y la experiencia anterior, confluencia
que, por supuesto, fue boicoteada con todas sus fuerzas por el aparato revisionista,
que comenzó a partir de entonces el juego de la criminalización de los jóvenes
extremistas.
En el marco de las luchas, se
desplegaba sistemáticamente una obra propiamente revisionista, a saber, la enervación
de la lucha de clases, la amputación de su instancia de poder revolucionario, mediante
la represión de la violencia de clase, de las emergentes tendencias al
enfrentamiento. El revisionismo comenzaba su andadura en las instituciones
burguesas con la adopción de las categorías y los esquemas del pensamiento
burgués, asumiendo, entre otros, el “perbenismo” y el rechazo de la rebelión violenta.
Más tarde, tuvieron lugar, en concreto,
los disturbios de Turín, Plaza Statuto, en 1962 –tres días de enfrentamientos
seguidos del asalto obrero de la sede del sindicato colaboracionista UIL
(equivalente de FO en Francia y fundado igualmente con el dinero del Marshall
Plan), debido a una grave traición. Y las huelgas violentas del 67 y 68, en
todos los casos en polos industriales, como el textil de Valdagno o el sector
petroquímico de Porto Marghera (ambos en el Véneto).
De nuevo la lucha unía a
numerosas fábricas del polo, lucha que se extendía por toda la zona mediante
cortes y manifestaciones en las calles y que desembocaba finalmente en enfrentamientos
con la policía. En 1968 y 1969, el uso del “squadrismo” fue inmediato y algunos
de sus miembros fueron también la mano de obra de las bombas de la estrategia
de la tensión. La inspiración de los jefes de EEUU en toda esta estrategia se
reveló evidente ya desde la primera bomba, la de la Plaza Fontana, en Milán.
Porque una de sus tácticas heroicas, teorizada en sus doctrinas, es la de no reivindicar
tales atentados y culpar directamente al enemigo. Durante algunos años se
insistió en la “pista anarquista” y del “movimiento”. Algunos camaradas fueron
condenados a varios años de prisión, fueron torturados y uno de ellos, el ferroviario
Pinelli, fue asesinado en comisaría. La gran campaña de contrainformación y de
movilización “contra la masacre de Estado” exigió un arduo trabajo para revertir
esta maquinación monstruosa.
Es más, los terroristas
imperialistas teorizaron y practicaron la infiltración en los grupos y
movimientos revolucionarios susceptibles de manipulación, llegando incluso a
organizar, por propia iniciativa, un grupo armado integrado por elementos marginales
y exaltados a quienes se conminaba a actuar. Acción confusa políticamente, por
supuesto, y, por lo tanto, utilizable para torpedear la situación.
Y no sólo esto: otras muchas
cosas formaban parte de esta teoría de la “guerra civil de baja intensidad” que
se desplegó sistemáticamente en América Latina en los años 60 (bajo el impulso
de la gran y “ilustrada” administración Kennedy). La lista de crímenes perpetrados
en el mundo bajo esta dirección estratégica es enorme. ¡Los métodos aplicados
en Italia no fueron más que una copia! Reactivación de milicias fascistas,
terrorismo ciego, infiltración-manipulación, colaboración con las
organizaciones mafiosas. Todo promovido y dirigido por la citada central clandestina
(La logia P2) y otras estructuras del aparato del Estado.

Según datos oficiales, entre 1969
y 1974 alrededor de 70 personas fueron asesinadas por estas actividades: más de
40 por las bombas de la “estrategia de tensión”, una decena por agresiones
fascistas y otras diez a manos de las “fuerzas del orden” durante
manifestaciones y en comisarías de policía. Frente a ello, las fuerzas
revolucionarias causaron cuatro muertos: un policía en los enfrentamientos producidos
durante una manifestación obrera en Milán; el famoso comisario Calabresi, como
represalia por el asesinato del ferroviario Pinelli en su comisaría de Milán; y
dos fascistas durante el asalto de las BR a la sede central fascista en Padua.
Los datos cuantitativos son ya de por sí “sorprendentes”. Pero también es
importante destacar los datos cualitativos: como se ve, el verdadero terrorismo
es el del Estado contra las masas en lucha. De hecho, la contrarrevolución
nunca reivindicaba (practicaba la desinformación, utilizaba cualquier sigla de
conveniencia); o peor aún, intentaba atribuir sus propios crímenes al
movimiento revolucionario. Hecho cierto que era posible constatar en todas las
latitudes (desde América Latina a Turquía o Indonesia). La cobardía y la abyección
de la violencia reaccionaria es el producto lógico de la “moralidad” del
sistema.
El nuevo elemento, la nueva
expresión de la clase que se manifestaba en aquel momento, estalló de manera
masiva y generalizada en la primavera del 69 en la FIAT. Además de la
radicalidad de las huelgas salvajes, de los primeros brotes de violencia (sabotajes
contra las cadenas de montaje, ataques contra los jefes-policía), se
confirmaban nuevas formas de organización, espontáneas y más cercanas a los colectivos
de trabajo, nuevas formas que iban desde las organizaciones de masas en las cadenas
de montaje –por equipos o sectores que se expresaban, en última instancia, por
medio del delegado, como vanguardia de lucha, reconocida e interna, del equipo
(lo cual hizo saltar por los aires la legitimidad de la representatividad
sindical anterior, mínima y muy desligada de la producción)- hasta la formación
de la Asamblea Autónoma de Obreros y Estudiantes. La bajada de los estudiantes a
las puertas de las fábricas, organizada por los grupos políticos
extraparlamentarios, dio lugar a esta Asamblea en la que, a la salida del
trabajo, se mezclaban obreros y militantes de fuera para seguir y desarrollar
las huelgas salvajes que se sucedían a diario. Estas Asambleas Autónomas fueron
una experiencia muy importante, una forma de organización real de la lucha de
masas y un lugar de discusión y formación para toda una nueva generación de
militantes. Fue aquí realmente donde se formaron los grupos más importantes,
Lotta Continua y Potere Operaio, como resultado de la labor innovadora de los
círculos militantes e intelectuales de los años 60 (llevada a cabo a las puertas
de las fábricas en estilo encuesta [“dans le style Enquête”, en el texto en
francés]) y de esa capacidad de comprender y relacionarse con las nuevas expresiones
obreras. Fue por otra parte a finales de 1969 cuando nacieron sus respectivos
periódicos.
Las luchas se prolongaron hasta
julio, culminando en un nuevo gran tumulto en Turín, sobre la cuestión de la
vivienda: la batalla de Corso Traiano, el 3 de julio de 1969. Una manifestación
convocada a la salida de FIAT Mirafiori, a la que se unieron miles de
proletarios de la fábrica y los barrios, se convirtió en una batalla campal
contra la policía que duró día y noche, se extendió por varios barrios de los
suburbios y se asistió en ella a las primeras intervenciones organizadas de
grupos militantes que concluían con el desarrollo de la violencia revolucionaria.
En el otoño se asistió a un nuevo
salto en la generalización [del movimiento] a nivel nacional, en las fábricas
sobre todo, pero también entre los trabajadores del campo y en algunos otros
sectores. La renovación de la convención nacional de los trabajadores
siderúrgicos prendió el fuego. El Estado atravesaba graves dificultades y la
respuesta represiva no estaba a la altura de la situación: hubo muertos (cuatro
jornaleros en Battipaglia y Avola en el sur, así como un policía durante una
manifestación obrera en Milán).
Pero las verdaderas medidas para retomar
el control de la situación fueron otras, como la intervención de los aparatos
reformistas-revisionistas en el seno de la clase, en especial mediante la
consigna de elegir nuevos delegados y constituir nuevos consejos de fábrica.
Teniendo en cuenta que las
estructuras existentes estaban totalmente sobrepasadas y eran inadecuadas para [hacer
frente a] esta explosión proletaria y que, en cualquier caso, había que hacer
como si se cambiara algo, las nuevas estructuras fueron mucho más consistentes
(se pasó de unos pocos delegados para cientos de asalariados a un delegado por
cada equipo de trabajadores, es decir, para unas pocas decenas de personas) y
se adaptaron mucho mejor a la nueva realidad de las enormes masas de obreros
recién urbanizados y radicalizados.
Durante algún tiempo la fuerza
desbordante de la Autonomía de la Clase se reapropió de estas nuevas
estructuras, lo que obligó a los aparatos revisionistas a soltar lastre para tratar
de recuperarlas en una fase más tranquila. Pero su verdadero sentido se pudo
observar desde un principio toda vez que dichos Consejos se crearon, en
cualquier caso, en competencia y contra las Asambleas Autónomas.
Por otro lado, la aparición
repentina del terrorismo de Estado, con la masacre del 12 de diciembre de 1969
(16 muertos en un banco por una bomba indiscriminada). Acto culminante de toda
una estrategia precisa y diseñada a la sombra de los círculos ocultos del poder
(y bajo la influencia de los círculos imperialistas internacionales), que
constituyó una verdadera declaración de guerra de clases.
Frente a lo que sostienen ciertos
prejuicios, raramente es el proletariado el que abre las hostilidades, al no
ser ni sencillo ni rápido el curso de su lucha, aun radical, en el seno del
proceso revolucionario. La dominación burguesa, por el contrario, está erigida
en forma de contrarrevolución preventiva, pues conoce y teme en extremo los
desarrollos de la lucha de clases.
Estos saltos importantes en la dinámica
de lucha obligaron al movimiento de la clase a “crecer rápido”. Fue en este
punto donde se perfiló y adquirió una dimensión diferente el debate sobre las
perspectivas y, en especial, la cuestión de los resultados políticos y de la
violencia revolucionaria.
Y también todo el peso del
contexto internacional en el que se asistía, en toda su potencia, a la oleada
de luchas de liberación nacional y anticoloniales, el inmenso prestigio de la
guerra popular en Vietnam y de la Revolución en China, que alimentaban también
la nueva oleada de guerrillas latinoamericanas, fuente de gran inspiración para
nosotros que estábamos a medio camino entre las guerras populares y la realidad
de las metrópolis imperialistas.
Digamos claramente que el
contexto internacional, con justa razón, pesó más que otros factores de
influencia al ser internacional la dinámica de la Revolución proletaria: está
determinada localmente pero en relación con las circunstancias principales de
la fase capitalista internacional y de las relaciones globales de fuerza entre
las clases.
Es necesario que esto quede bien
claro, también en este caso contra determinad
as ideas erróneas puestas en
circulación, tales como la suposición, muy italiana, de una situación
democrática especialmente degradada y bajo amenaza de una deriva fascistizante,
que habría legitimado, y caracterizado más tarde, la toma de las armas por el
movimiento revolucionario. ¡Es falso; se trata de una interpretación para uso de
las diferentes corrientes de la “disociación”, con el fin de empequeñecer, de reducir,
el alcance ideológico político de esta elección, su carácter estratégico, su finalidad
de Revolución de clase! Es decir, que no había tanto miedo a un golpe de estado
fascista cuanto más bien la maduración de la idea de “contrarrevolución
preventiva” como forma estable y auténtica estructura interna de las llamadas democracias
imperialistas.

Cualquier movimiento de clase o
de liberación habría chocado inevitablemente con esta estructura profunda del Estado,
más allá de un cierto umbral de lucha y de reivindicación. En ese punto surgiría
ineludiblemente la cuestión: o recular y renunciar a sus aspiraciones depositándolas
en manos de gestores reformistas, o aceptar la guerra de clases.
En cambio sí podemos considerar
la persistencia real de un legado político e ideológico de la Resistencia
antifascista debido a la gran fuerza que tuvo en Italia y que la llevó a
acariciar la posibilidad de su transformación en toma revolucionaria del poder.
La crisis revolucionaria duró hasta 1948, cuando Togliatti decretó abruptamente
el abandono de esta vía, al borde de la gravísima crisis que siguió
precisamente al atentado que acababa de sufrir. Desde su cama en el hospital,
ordenó a miles de insurgentes que habían tomado las armas y controlaban
ciudades obreras importantes (y que comenzaban a atacar al ejército y la
policía), que pararan. “Volved a casa”: ésta fue la gran traición revisionista,
que iba a sumir a las fuerzas de la clase, entre ellos a los Partisanos, en una
crisis profunda, facilitando la restauración, la oleada reaccionaria.
De todo esto, precisamente, quedaban
huellas profundas y aún vivas que fueron una raíz “lejana” que contribuyó al
nuevo auge revolucionario, a su legitimación en términos de continuidad
histórica y también a la transmisión de armas reales.
Las razones de fondo fueron, por
lo tanto, las indicadas: internas de la nueva fase internacional, de las nuevas
formas de explotación capitalistas y de la composición de clase.
Así, en aras de la exactitud, los
dos primeros grupos armados –el Grupo 22 de Octubre y los GAP (Grupos de Acción
Partisana)- fueron una combinación perfecta de los nuevos ejemplos de
militancia y un recordatorio del legado partisano. Se trató, no obstante, de brillantes
estrellas fugaces que rápidamente se consumieron. La determinación de los
nuevos militantes proletarios expresada a través de dichos grupos –fueron sobre
todo atentados con explosivos contra capitalistas en los centros de lucha y contra
financiadores de los fascistas; la creación de una radio pirata que logró algunos
golpes sonados; así como la contribución del célebre editor G. Feltrinelli, que
cayó en combate, y cuya gran labor editorial dio a conocer cantidad de textos
internacionales, en especial los de América Latina- no bastaba, carecía de una
cierta densidad de análisis y de proyecto.
La verdadera historia comienza en
noviembre del 70: primer ataque incendiario contra un jefe de Pirelli.
Por primera vez aparece la firma:
¡Brigadas Rojas!
Notas
(1) Se trata de la derrota de la
tendencia revolucionaria en el seno de la Resistencia durante la larga
posguerra (hasta julio de 1948), cuando las fuerzas de la clase, armadas, trataron
de dar la vuelta a la línea de conciliación y compromiso impuesta por la
dirección revisionista del PCI.
(2) Esta transformación es un
proceso propio, inherente al modo de producción capitalista desde siempre. El
pensamiento pequeñoburgués, estúpido (y pretencioso), el de los profesores de
la ideología dominante, califica estas transformaciones de “novedades
absolutas” sosteniendo en todo momento que
“el mundo ha cambiado totalmente”.
Se trata de un intento de borrar la experiencia de la clase en el ciclo
anterior, de ahogarla en el magma de una sociedad aclasista, de fragmentarla en
un aséptico catálogo sociológico de categorías y profesiones.
¡La diversificación de las figuras
proletarias es el aspecto formal mientras que el aspecto sustancial es la degradación
sistemática del trabajo (y de todo lo vivo) en mercancía! Este doble movimiento
es inherente al capitalismo desde su nacimiento y es la base material donde se
plantean las posibilidades y/o dificultades de desarrollo para la recomposición
de la clase (de la unidad en la lucha).